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EL
VAMPIRO ESTELAR
por Robert
Bloch
(Relato
integrante del Libro Segundo de Los Mitos de Cthulhu)
Dedicado a H.P. Lovecraft
I
Confieso
que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos.
Desde mi más temprana infancia me he sentido
subyugado por la secreta fascinación de lo
desconocido y lo insólito. Los temores innominables,
los sueños grotescos, las fantasías más extrañas
que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un
poderoso e inexplicable atractivo para mí.
En
literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos;
me he arrastrado entre las sombras con Machen; he
cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas
estrellas, o me he sumergido en las profundidades de
la tierra, guiado por los relatos de la antigua
ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a
intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos
que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma
inclinación por lo sinientro se manifestaba también
en mis preferencias musicales. Mis composiciones
favoritas eran la Suite de los Planetas y otras
del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy
pronto en un perpetuo festín de horrores fantásticos,
refinadamente crueles.
En
cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el
transcurso del tiempo, me fuí haciendo cada vez más
insociable, hasta que acabé por llevar una vida
tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños.
El
hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por
naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí
desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de
elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión
vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo
estuve bordeando el desastre económico más completo.
Entonces fue cuando me decidí a escribir.
Adquirí
una vieja máquina de escribir, un montón de papel
barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la
búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las
ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría
sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de
la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez,
éste era mi propósito.
Mis
primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis
resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados
proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes
se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados
adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente
con que expresar el terror portentoso de lo
desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron
mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas
de este género los rechazaron con significativa
unanimidad.
Tenía
que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé
a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé
laboriosamente las palabras, las frases y las
estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé
duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y
por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un
segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencé
a dominar los trucos más elementales del oficio, y
comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con
cierta claridad. Retorné con el ánimo más ligero a
mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis
relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para
subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la
vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa,
fue la causa de mi ruina.
Quería
escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros
y estereotipados que producía para las revistas, sino
una verdadera obra de arte. La creación de semejante
obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no
era un buen escritor, pero ello no se debía
enteramente a mis errores de estilo.
Presentía
que mi defecto fundamental radicaba en el asunto
escogido Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores
de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían
un material de escaso mérito. Los temas e imagenes
vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto
de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los
principales obstáculos para producir un cuento fantástico
realmente bueno.
Debía
elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente
extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente
teratológico, algo monstruosamente increíble!
Estaba
ansioso por aprender las canciones que cantaban los
demonios al precipitarse más allá de las regiones
estelares, por oír las voces de los dioses antiguos
susurrando sus secretos al vacío preñado de
resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de
la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce
caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo.
Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes
en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía
en deseos de aprender la sabiduría que sólo el
gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y
mis esperanzas se realizarían cabalmente.
Busqué
el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a
escribirme con pensadores y soñadores solitarios de
todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita
de los montes occidentales, con un sabio de la región
desolada del norte, y con un místico de Nueva
Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de
algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de
una ciencia extraña. Primero me citó con mucha
reserva, algunos pasajes del legendario Necronomicón,
luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que
tenía fama de superar a los demás por su carácter
demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado
aquellos volúmenes que recogían el terror de los
Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara
demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo
de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan
y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas
muy extrañas, por lo que decidió apartarse
prudentemente de las ciencias negras y prohibidas.
Finalmente,
después de mucho insistirle, consintió de mala gana
en proporcionarme los nombres de ciertas personas que
a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones.
Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez;
gozaba de una sólida reputación en los círculos
intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba
tremendamente interesado en conocer el resultado de mi
iniciativa.
Tan
pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos,
comencé una masiva campaña postal con el fin de
conseguir libros deseados. Dirigí mis cartas a varias
uiversidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos
afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de
nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba
destinada al fracaso.
Sus
respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba
claro que quienes poseían semejante ciencia se
enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen
develados por un intruso. Posteriormente, recibí
varias cartas anónimas llenas de amenazas, e incluso
una llamda telefónica verdadramente alarmante.
Pero lo que más me molestó, fue el darme cuenta de
que mis esfuerzos habían resultado fallidos.
Negativas, evasivas, desaires, amenazas.... ¡aquello
no me servía de nada! Debía buscar por otra parte.
¡Las
librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en algún
estante olvidado y polvoriento.
Entonces
comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar
mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad.
En ninguna de las librerías que visité habían oído
hablar del espantoso Necronomicón, del maligno
Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes
des Goules.
La
perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda
de South Dearborn Street, en unas estanterías
arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba
buscando. Allí, encajado entre dos ediciones
centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro
negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano,
se leía el título, De Vermis Mysteriis ,
"Misterios del Gusano".
El
propietario no supo decirme de dónde procedía el
libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par
de años en algún lote de libros de segunda mano. Era
evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo
vendió por un dólar. Encantado por su inesperada
venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió
con amable satisfacción.
Yo
me marché apresudaramente con mi precioso botín
debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía
referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y
había perecido en la hoguera inquisitorial, en
Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en
su apogeo. Había sido un personaje extraño,
alquimista, nigromante y mago de gran reputación;
alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa,
cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder
secular. De él se decía que se proclamaba el único
superviviente de la novena cruzada, y exhibía como
prueba ciertos documentos mohosos que parecían
atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos
cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre
los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos
lo seguían coniderando como un chiflado y un
impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso
caballero.
Ludvig
atribuía sus conocimientos de hechicería a los años
en que había estado cautivo entre los brujos y
encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus
encuentros con los djinns y los efreets
de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó
algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios
circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas
del viejo adivino en Alejandría.
En
todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras
de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy
adecuado- las ruinas de un sepulcro prerromano que se
alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que
allí moraba en las sombras, rodeado de demonios
familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan
manuscritos que dicen , en forma un tanto evasiva, que
era asistido por "compañeros invisibles" y
"servidores enviados de las estrellas". Los
campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde
habitaba, no le gustaban cierton ruidos que resonaban
cuando había luna llena, y preferían ignorar qué
clase de seres se prosternaban ante los viejos altares
paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más
oscuro del bosque.
Sea
como fuere, después de ser apresado Prinn por los
esbirros de la Inquisición , nadie vio las criaturas
que había tenido a su servicio. Antes de destruir el
sepulcro donde había morado, los soldados lo
registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres
sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas....
todo había desaparecido de la manera más misteriosa.
Hicieron un minuciosos reconocimiento del bosque
prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de
que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre
fresca en los altares, y también en el potro de
tormento. Pero ni con las más atroces torturas
lograron romper su silencio. Por último, cansados de
interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una
mazmorra.
Y
fue durante su prisión, mientras aguardaba la
sentencia, cuando escribió ese texto morboso y
horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por
los Misterios del Gusano. Nadie se explica como
pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran;
pero un año después de su muerte, el texto fue
impreso en Colonia. Inmediatamente después de su
aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían
distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron
copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva
edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente
se considera auténtico el texto original latino. A lo
largo de los siglos, han sido muy pocos los que han
tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro.
Los secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy
por algunos iniciados, quienes, por razones muy
concretas, se oponen a todo intento de propagarlos.
Esto
era, en resumen, lo que sabía del libro que había
venido a parar a mis manos. Aun como mero
coleccionista, el libro representaba un hallazgo
fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su
contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco
unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir
sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo
insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de
saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.
Por
un momento, me sentí desesperado. No me seducía la
idea de poner un texto de semejante naturaleza en
manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve
una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y
visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un
erudito, leía en su idioma a los clásicos, y
probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le
impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más
le escribí apresudaramente y muy poco después recibí
su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por
encima de todo, debía ir inmediatamente.
II
Providence
es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era
antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La
planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El
piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado
e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio
a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la
espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a
la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una
noche sin luna, una noche lívida en que la niebla
llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía
puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña
habitación iluminada por la luz de la lámpara, la
mesa grande, las sillas de alto respaldo... Los libros
tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban
aparte, en archivadores especiales.
Mi
amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante
el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo
proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su
semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una
apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el
presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la
presencia de unos secretos que acaso no tardarían en
revelarse. Mi compañero era sensible también a esta
atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían
agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible.
No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca,
ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un
fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel
libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El
olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía
consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus
hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes.
Su encuadernación de cuero estaba roída por las
ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual
fuera singularmnente horrible.
Aquella
noche había contado a mi amigo la historia del libro,
y lo había desempaquetado en su presencia. Al
principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por
empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio,
vacilaba.
Insistía
en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia
maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos
se ocultaban en sus páginas, o qué males podían
sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus
secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos
hombres habían muerto por practicar la ciencia
corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que
abandonara mi investigación, ahora que no lo había
leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más
saludables.
Fui
un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con
palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos
echar al menos una mirada al contenido de nuestro
tesoro. Comencé a pasar hojas.
El
resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un
libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y
medio deshechas, impreso en gruesos caracteres
latinos... y nada más, ninguna ilustración, ningún
grabado alarmante.
Mi
amigo no puedo resistir la tentación de saborear
semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un
momento, se levantó para echar una ojeada al texto
por encima de mi hombro; luego, con creciente interés,
enpezó a leer en voz baja algunas frases en latín.
Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató
el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se
puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los
traducía al inglés.
Sus
ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil
cadavérico expresaba una concentración total en los
viejos caracteres que cubrían las páginas del libro.
Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban
como una letanía del diablo; luego, su voz se
debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora.
Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas
porque, en su ensimismamiento, parecía haberse
olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a
hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía
a ciertos dioses de la adivinación, tales como el
Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba
formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos
nombres terribles. Pero más habría temblado, si
hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de
ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo
se volvió hacia mí, preso de una gran agitación.
Con voz chillona y exitada me preguntó si recordaba
las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los
relatos sobre servidores invisibles que había hecho
venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin
comprender la causa de su repentino frenesí.
Entonces
me explicó el motivo de su agitación. En el libro,
en un capítulo que trataba de los demonios
familiares, había encontrado una especie de plegaria
o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había
empleado para traer a sus invisibles servidores desde
los espacios ultraterrestres. Ahora iba a escuchar, él
me lo leería.
Yo
permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que
iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué
no trataría de escapar o de arrancarle de las manos
aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me
quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con
voz quebrada por la violenta excitación, leía una
larga y sonora invocación:
"Tibi,
Magnum Innominandum, signa stellarum nigrarum et
bufaniformis Sadoquae sigillum"...
El
ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como
aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como
llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego
letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi
amigo producían un eco infinito, más allá de las
estrellas más remotas. Era como si su voz, a través
de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones
exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y
lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me
paré a reflexionar.
Y
aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo
respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo
en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El
cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando
un viento repentino que no era de este mundo. En él
cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y
lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se
convirtió en una pálida máscara de terror. Luego,
las paredes crujieron y las hojas de la ventana se
combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se
abría más allá de la ventana, llegó un súbito
estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas,
que parecían producto de la más completa locura.
Aquellas carcajadas que no profería boca alguna
alcanzaron la última quintaescencia del horror.
Lo
demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se
lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar,
manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la
luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una
mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo
se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás,
en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente,
sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su
figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos
vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente
como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez
más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora
provenía de dentro de la habitación!
Las
estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío
silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi
silla, con los ojos clavados en aquella escena
aterradora que se desarrollaba ante mí.
Mi
amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con
aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo
combado, suspendido en el espacio, se dobló
nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de
su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor.
Aquella
sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el
aire, y cesó la risa, que se convirtió en un
gorgoteo nauseabundo. Dominado por en vértigo del
horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba
alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué
entidad del espacio había sido invocada tan repentina
e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso
vampiro que yo no podía ver?
Después,aun
tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi
compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último,
cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil.
Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso.
Junto
a la ventana, en el rincón, se hizo visible un
resplandor rojizo.... sangriento. Muy despacio,
pero en forma contínua, la silueta de la Presencia
fue perfilándose cada vez más, a medida que la
sangre iba llenando la trama de la invisible entidad
de las estrellas. Era una inmensidad de
gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja
escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se
abrían y cerraban con horrible codicia... Era una
cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin
rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado
de garras, que había brotado del cielo estelar. La
sangre humana con la que se había nutrido revelaba
ahora los contornos del comensal. No era espectáculo
para presenciarlo un humano.
Afortunadamente
para mi equilibrio mental, aquella criatura no se
demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el
cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el
espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido,
y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí,
comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través
de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y
lejana, arrastrada por las ráfagas del viento,
mientras regresaba a los abismos de donde había
venido.
Eso
fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el
cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había
desaparecido. En la pared había huellas de sangre y
abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi
amigo era una calavera ensagrentada vuelta hacia las
estrellas.
Permanecí
largo rato sentado en silencio, antes de prenderle
fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí,
porque sabía que las llamas destruirían toda huella
de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde.
Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco
me vio nadie partir, ya que huí antes de que las
llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas,
sin rumbo, por las torcillas calles, sacudido por una
risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas
inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban
furtivamente a través de los desgarrones de la niebla
fantasmal.
Al
cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado
para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso,
estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora,
mientras escribía esta relación de los hechos.
Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia
de que mi amigo había fallecido en un incendio que
destruyó su vivienda.
Solamente
a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas,
los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco
laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en
un vano intento por disipar los recuerdos que me
asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa
demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo
aquí.
Tengo
la certeza de que veré, una vez más, aquella
temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido
de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que
es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que
llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también,
de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.
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