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FABULAS
Y CUENTOS
por El Marqués
de Sade
LA
FLOR DEL CASTAÑO
Se
supone, yo no lo afirmaría, pero algunos eruditos nos
lo aseguran, que la flor de¡ castaño posee
efectivamente el mismo olor que ese prolífico semen
que la naturaleza tuvo a bien colocar en los riñones
de¡ hombre para la reproducción de sus semejantes.
Una
tiema damisela, de unos quince años de edad, que jamás
había salido de la casa paterna, se paseaba un día
con su madre y con un presumido clérigo por la
alameda de castaños que con la fragancia de las
flores embalsamaban el aire con el sospechoso aroma
que acabamos de tomamos la libertad de mencionar.
-¡Oh!
Dios mío, mamá, ese extraño olor dice la jovencita
a su madre sin darse cuenta de dónde procedía-. ¿Lo
oléis, mamá ... ? Es un olor que conozco.
-Callaos,
señorita, no digáis esas cosas, os lo ruego.
-¿Y
por qué no, mamá? No veo que haya nada de malo en
deciros que ese olor no me resulta desconocido y de
eso ya no me cabe la menor duda.
-Pero,
señorita..
-Pero,
mamá, os repito que lo conozco: padre, os ruego que
me digáis qué mal hago al asegurarle a mamá que
conozco ese olor.
-Señorita
-responde el eclesiástico, acariciándose la papada y
aflautando la voz-, no es que haya hecho ningún mal
exactamente; pero es que aquí nos hallamos bajo unos
castaños y nosotros los naturalistas admitimos, en
botánica, que la flor del castaño...
-¿Que
la flor del castaño ... ?
-Pues
bien, señorita, que huele como cuando se eyacula.
UN OBISPO EN EL ATOLLADERO
Resulta
bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas
tienen de los juramentos. Creen que ciertas letras del
alfabeto, ordenadas de una forma o de otra, pueden, en
uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinitamente
al Eterno como, dispuestas en otro, ultrajarle de la
forma más horrible, y sin lugar a dudas ese es uno de
los más arraigados prejuicios que ofuscan a la gente
devota.
A la
categoría de las personas escrupulosas en lo que
respecta a las b y a lasf pertenecía un anciano
obispo de Mirepoix que a comienzos de este siglo
pasaba por ser un santo; cuando un día iba a ver al
obispo de Pamiers su carroza se atascó en los
horribles caminos que separan esas dos ciudades: por más
que lo intentaron los caballos no podían hacer más.
-Monseñor
exclamó al fin el cochero a punto de estallar-,
mientras permanezcáis ahí mis caballos no podrán
dar un paso.
-¿Y
por qué no? -contestó el obispo.
-Porque
es absolutamente necesario que yo suelte un juramento
y Vuestra Ilustrísimo se opone a ello; así, pues,
haremos noche aquí si Ella no me lo permite.
-Bueno,
bueno contesto el obispo, zalamero, santiguándose-,
jurad, pues, hijo mío, pero lo menos posible.
El
cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor
sube de nuevo... y llegan sin novedad.
¡QUE ME ENGANEN SIEMPRE ASI!
Hay
pocos seres en el mundo tan libertinos como el
cardenal de..., cuyo nombre, teniendo en cuenta su
todavía sana y vigorosa existencia, me permitiréis
que calle. Su Eminencia tiene concertado un arreglo,
en Roma, con una de esas mujeres cuya servicial
profesión es la de proporcionar a los libertinos el
material que necesitan como sustento de sus pasiones;
todas las mañanas le lleva una muchachita de trece o
catorce años, todo lo más,, pero con la que monseñor
no goza más que de esa incongruente manera que hace,
por lo general, las delicias de los italianos, gracias
a lo cual la vestal sale de las manos de Su Ilustrísimo
poco más o menos tan virgen como llegó a ellas, y
puede ser revendida otra vez como doncella a algún
libertino más decente. A aquella matrona, que se
conocía perfectamente las máximas del cardenal, no
hallando un día a mano el material que se había
comprometido a suministrar diariamente, se le ocunió
hacer vestir de niña a un guapísimo niño del coro
de la iglesia del jefe de los apóstoles; le peinaron,
le pusieron una cofia, unas enaguas y todos los atavíos
necesarios para convencer al santo hombre de Dios. No
le pudieron prestar, sin embargo, lo que le habría
asegurado verdaderamente un parecido perfecto con el
sexo al que tenía que suplantar, pero este detalle
preocupaba poquísimo a la alcahueta... «En su vida
ha puesto la mano en ese sitio comentaba ésta a la
compañera que la ayudaba en la superchería-; sin
ninguna duda explorará única y exclusivamente
aquello que hace a este niño igual a todas las niiñas
del universo; así, pues, no tenemos nada que temer
... »
Pero
la comadre se equivocaba. Ignoraba sin duda que un
cardenal italiano tiene un tacto demasiado delicado y
un paladar demasiado exquisito como para equivocarse
en cosas semejantes; comparece la víctima, el gran
sacerdote la inmola, pero a la tercera sacudida:
-¡Per
Dio santo! -exclama el hombre de Dios-. ¡Sono
ingannato, quésto bambino ragazzo, mai non fu putana!
Y lo
comprueba... No viendo nada, sin embargo,
excesivamente enojoso en esta aventura para un
habitante de la ciudad santa, Su Eminencia sigue su
camino diciendo tal vez como aquel campesino al que le
sirvieron trufas en lugar de patatas: «¡Qué me engañen
siempre así!» Pero cuando la operación ha
terminado:
-Señora
-dice a la dueña-, no os culpo por vuestro error.
-Perdonad,
monseñor.
-No,
no, os repito, no os culpo por ello, pero si esto os
vuelve a suceder no dejéis de advertírmelo,
porque... lo que no vea al principio lo descubriré más
adelante.
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