|
LOS
PARIENTES DEL PUEBLO DE DELFOS
Por Lord Dunsany
1.
Las Criaturas Salvajes:
Soplaba el viento del norte, y los últimos días de
Otoño se sucedían en tonos rojos y dorados. Sobre
los pantanos la tarde se elevó solemne y fría.
Y todo estuvo tranquilo.
Entonces la última paloma volvío a su hogar en los
árboles, en la distante tierra seca, cuyas formas se
habían tornado misteriosas en la niebla.
Y nuevamente estuvo tranquilo.
Mientras la luz se desvanecía y la bruma se hacía más
profunda, el misterio se arrastró desde todos los
rincones, acercándose.
Luego los verdes chorlitos llegaron trinando, y todos
descendieron.
Y nuevamente todo fue quietud, salvo cuando uno de los
chorlitos se elevaba y volaba un poco, profiriendio el
grito de la desolación. Y la tierra se volvió
sosiego y silencio, esperando la primera estrella.
Entonces apareció el pato y la mareca, bandada tras
bandada: y toda la luz del día se desvaneció del
cielo excepto una banda roja de luz. Sobre la luz
aparecieron, negras e inmensas, las alas de una
bandada de gansos batiendo el viento sobre los
pantanos. Ellos, también, bajaron entre los juncos.
Y repentinamente, las estrellas aparecieron y
brillaron en la calma, y luego hubo silencio en los
inmensos espacios de la noche.
Súbitamente, las campanas de la catedral del pantano
estallaron, llamando a la oración vespertina.
Hace ocho siglos, en el borde de la ciénaga, los
hombres habían construido la gigantesca catedral, o
quizá hace siete siglos atrás, o tal vez nueve
--todo era uno para las Criaturas Salvajes.
De esta forma la oración vespertina se llevaba a
cabo, y las velas se encendieron, y las luces
brillaron, a través de las ventanas, rojas y verdes
en el agua, y el sonido del organo atravesó errante
la marisma. Pero desde los lugares profundos y
peligrosos, bordeados por brillantes musgos, las
Criaturas Salvajes llegaron saltando para danzar sobre
el reflejo de las estrellas, y mientras danzaban las
luces del pantano se elevaban y caían sobre sus
cabezas
Las Criaturas Salvajes son, en apariencia, de alguna
forma humanas, sólo que todas marrones de piel y de
apenas dos pies de altura. Sus orejas son puntiagudas
como las de las ardillas, sólo que lejos más
grandes, y saltan hasta alturas prodigiosas. Viven
todo el día bajo las charcas profundas de las ciénagas
mas solitarias, mas por la noche salen y danzan. Cada
Criatura Salvaje tiene una luz del pantano sobre su
cabeza, que se mueve cuando la Criatura Salvaje se
mueve; ellas no tienen alma, y no pueden morir, y son
parientes del pueblo de los Elfos.
Danzan toda la noche en las marismas pisando sobre el
reflejo de las estrellas (pues la superficie desnuda
del agua no las sostiene por sí misma); pero cuando
las estrellas comienzan a palidecer, se sumergen, una
a una, en los estanques de su hogar. O si acaso se
demoran más tiempo, sentadas sobre los juncos, sus
cuerpos se desvanecen a la vista así como palidecen
los fuegos del pantano en la luz, y durante el día
nadie puede ver a las Criaturas Salvajes, parientes
del pueblo de los Elfos. Ni siquiera de noche puede
alguien verlos, salvo aquellos que nacieron, como yo
mismo, en la hora del crepúsculo, justo en el momento
que la primera estrella aparece.
2.
Quiero tener un Alma:
En la noche que relato, una pequeña Criatura Salvaje
se había arrastrado por el yermo, hasta llegar a los
mismos muros de la catedral y danzó sobre las imágenes
de los coloridos santos que yacían en el agua junto
al reflejo de las estrellas. Mientras brincaba en su
fantástico baile, vio a través de las ventanas
pintadas hacia el lugar donde la gente oraba, y escuchó
el órgano vagabundeando sobre la ciénaga. El sonido
del órgano erraba por los pantanos, pero las
canciones y plegarias de la gente fluía desde la
torre más alta de la catedral como finas cadenas de
oro, y llegaban hasta el Paraíso, y los ángeles del
paraíso subían y bajaban hasta la gente, y desde la
gente hacia el Paraíso nuevamente.
Entonces algo parecido al descontento perturbó a la
Criatura Salvaje, por primera vez desde la creación
del pantano; y ni el fango gris y suave, ni la
frescura de el agua profunda parecieron ser
suficientes, ni la primera llegada desde el norte de
los tumultuosos gansos, ni el salvaje regocijo de las
aves silvestres, cuando todas las plumas de sus alas
cantan, ni la maravilla de la serena helada que llega
cuando el cazador se va, y adorna los juncos con
escarcha y viste al silencioso yermo con una niebla
misteriosa donde el sol se vuelve rojo y débil. Ni
siquiera la danza de las Criaturas Salvajes durante la
noche maravillosa. Y la pequeña Criatura Salvaje
anheló tener un alma, e ir a adorar a Dios.
Y cuando la oración vespertina hubo terminado y las
luces se extinguieron, se devolvió llorando donde sus
parientes.
Pero la noche siguiente, en cuanto las imágenes de
las estrellas aparecieron en el agua, se fue brincando
de estrella en estrella hasta el extremo más lejano
de las tierras pantanosas, hasta un gran bosque donde
vivía la más Antigua de las Criaturas Salvajes.
Y encontró a la más Antigua de las Criaturas
Salvajes sentada bajo un árbol, protegiéndose de la
luna.
Y la pequeña Criatura Salvaje dijo: "quiero
tener un alma para adorar a Dios, y conocer el
significado de la música, y admirar la belleza
interna de la ciénaga y poder imaginar el Paraíso".
Y la más Antigua de las Criaturas Salvajes le dijo:
"¿Qué tenemos nosotras que ver con Dios? Sólo
somos Criaturas Salvajes, parientes del pueblo de los
Elfos.
Mas sólo contestó: "Quiero tener un alma".
Entonces, la más Antigua de las Criaturas Salvajes
dijo: "No tengo ningún alma para darte; pero si
tuvieras un alma, algún día tendrías que morir, y
si conocieras el significado de la música comprenderías
el significado del dolor, y es mejor ser una Criatura
Salvaje y no morir".
3.
Dándole vida a un alma:
Sin embargo, ellas, que pertenecían a la parentela
del Pueblo de los Elfos sentían compasión por la
pequeña Criatura Salvaje; y a pesar de que las
Criaturas Salvajes no podían lamentarse por mucho
tiempo, no teniendo almas con las que lamentarse,
sintieron por un instante una amargura en el lugar
donde sus almas debieron estar, cuando vieron el dolor
de su camarada.
De esta forma, la parentela del Pueblo de los Elfos
salió por la noche para crear un alma para la pequeña
Criatura Salvaje. Y anduvieron por los pantanos hasta
llegar a las tierras altas, entre las flores y las
hierbas. Y allí recogieron una gran pieza de telaraña
que había tendido la araña al atardecer; y estaba
cubierta de rocío.
Sobre este rocío habían brillado todas las luces de
los largos bancos del cielo abovedado, cuando todos
los colores cambian en los placenteros espacios de la
tarde. Y sobre él había resplandecido la noche
maravillosa con todas sus estrellas.
Entonces las Critaturas Salvajes bajaron hasta el límite
de su hogar con su telaraña cubierta de rocío. Y allí
reunieron un poco de la bruma gris que se posa por las
noches sobre las marismas. Y a ella le agregaron la
melodía del yermo que es llevada al atardecer por los
pantanos sobre las alas del dorado chorlito. Y también
le agregaron las lastimeras canciones que los setos se
ven obligados a entonar ante la presencia del
arrogante Viento del Norte. Y entonces, cada una de
las Criaturas Salvajes entregó alguna apreciada
memoria del antiguo pantano, "porque podemos
prescindir de ella", dijeron. Y a todo esto le
agregaron unas cuantas imagenes de las estrellas que
reunieron de las aguas. Sin embargo, el alma que los
parientes del Pueblo de los Elfos estaban creando no
tenía vida.
Entonces le agregaron los susurros de dos amantes que
paseaban solos, tarde en la noche. Y luego, esperaron
el amanecer. Y la majestuosa aurora apareció, y las
luces del pantano sobre las Criaturas Salvajes
palidecieron en el resplandor, y sus cuerpos se
desvanecieron a la vista; y aún seguían esperando en
el margen del pantano. Y hasta ellas que esperaban
llegó, sobre campos y marismas, desde el suelo y
fuera del cielo, el canto de las aves.
Esto también agregaron las Criaturas Salvajes al
pedazo de niebla que habían cogido en las marismas, y
lo envolvieron todo en su telaraña cubierta de rocío.
Y el alma vivió.
Y allí se encontraba, en las manos de las Criaturas
Salvajes, no mayor que un erizo; llena de maravillosas
luces, verdes y azules que cambiaban constantemente,
moviéndose de aquí para allá, y en el centro gris
brillaba un resplandor púrpura.
Y a la noche siguiente fueron donde la pequeña
Criatura Salvaje y le enseñaron el alma chispeante. Y
le dijeron: "si debes tener un alma e ir a adorar
a Dios, y convertirte en mortal y morir, pon esto
sobre tu pecho, a la izquiera, un poquito por encima
del corazón, y entrará y tu serás humana. Sin
embargo, si la tomas no podrás jamás deshacerte de
ella a no ser que te la arranques y se la des a otro;
y nosotras no la tomaremos, y la mayoría de los
humanos ya tiene un alma. Y si no puedes encontrar a
un humano sin alma algún día morirás, y tu alma no
podrá ir al Paraíso porque sólo fue creada en el
pantano.
En la distancia la pequeña Criatura Salvaje divisó
la catedral y sus ventanas iluminadas para la oración
vespertina, y el canto de la gente elevándose al Paraíso,
y los ángeles yendo de arriba a abajo. Entonces se
despidió con lágrimas y agradecimientos de las
Criaturas Salvajes, parientes del Pueblo de los Elfos,
y se alejó saltando hacia las tierras verdes y secas,
sosteniéndo el alma en sus manos.
Y las Criaturas Salvajes lamentaron que se hubiera
ido, pero no pudieron lamentarlo por mucho tiempo
porque no tenían almas.
4.
Volviéndose humana:
En
en límite del pantano la pequeña Criatura Salvaje
observó por algunos instantes sobre el agua, hacia
donde los fuegos del pantano saltaban de arriba a
abajo, y luego oprimió el alma contra su pecho, a la
izquiera, un poquito por encima de su corazón.
Instantáneamente se convirtió en una hermosa mujer
que se encontraba helada y asustada. De alguna manera
se cubrió con un atado de setos, y se dirigió hacia
las luces de una casa que se encontraba cerca. Y empujó
la puerta y entró, y encontró a un granjero y a su
esposa sentados frente a su cena.
Y la esposa del granjero llevó a la pequeña Criatura
Salvaje con el alma del pantano hacia su cuarto, y la
vistió y trenzó su pelo, y la condujo abajo
nuevamente, y le dio la primera comida que había
comido. Y luego la esposa del granjero le hizo muchas
preguntas.
- ¿De donde has venido?-le dijo.
- Desde el pantano.
- ¿Desde cuál dirección? -dijo la esposa del
granjero.
- Sur -dijo la pequeña Criatura Salvaje con su nueva
alma.
- Pero nadie puede venir por el pantano desde el sur
-dijo la esposa del granjero.
-No, no pueden hacerlo -dijo el granjero.
- Yo vivía en el pantano.
- ¿Quién eres tú? -le preguntó la esposa del
granjero.
- Soy una Criatura Salvaje, y he encontrado un alma en
el pantano, y somos parientes del pueblo de los Elfos.
Conversando al respecto posteriormente, el granjero y
su esposa acordaron que ella debía ser una gitana que
había estado perdida, y que se mostraba extraña por
el hambre y la exposición.
Esa noche la pequeña Criatura Salvaje durmió en la
casa del granjero, mas su nueva alma se mantuvo
despierta toda la noche, soñando con la hermosura del
pantano.
Tan pronto como el amanecer llegó al yermo y brilló
sobre la casa del granjero, miró desde la ventana
hacia las aguas brillantes, y vio la belleza interna
de la ciénaga. Porque las Criaturas Salvajes sólo
aman el pantano y sólo lo conocen por sus
vagabundeos, pero ahora ella percibía el misterio de
sus distancias y el glamour de sus peligrosos
estanques, con sus hermosos y mortales musgos, y sintió
el milagro del Viento del Norte, que llega dominante
desde desconocidas tierras heladas, y la maravilla de
las mareas de la vida cuando el ave silvestre trina al
atardecer en las tierras pantanosas, y al manecer
pasan hacia el mar. Y supo que sobre su cabeza, sobre
la ventana del granjero, se extendía el Paraíso,
donde tal vez Dios estaría, en ese momento,
imaginando el amanecer, mientras los ángeles tocaban
bajito sus laúdes, y el sol venía elevándose sobre
el mundo a sus pies, para alegrar los campos y las
marismas.
Y todo lo que el cielo pensaba, el pantano lo pensaba
también; pues el azul de la ciénaga era como el azul
del cielo, y las formas de las grandes nubes del cielo
se convertían en las formas del pantano, y a través
de ambos corrían momentáneos río de púrpura,
vagabundos entre los bancos de oro. Y los resueltos ejércitos
de setos aparecieron desde la penumbra, con todos sus
pendones ondeando, hasta donde la vista alcanzaba. Y
desde otra ventana vio la vasta catedral reuniendo su
ponderosa fuerza, elevándola en torres que se alzaban
desde los pantanos.
Y dijo, "jamás dejaré la ciénaga".
5. El Pastor Murnith:
Una hora después se vistió, con gran dificultad, y
bajó a comer la segunda comida de su vida. El
granjero y su esposa eran gente amable, y le enseñaron
cómo comer.
- Supongo que los gitanos no tienen cuchillos ni
tenedores -le dijo uno al otro, posteriormente.
Después del desayuno el granjero salió y visitó al
pastor, que vivía cerca de la catedral, e
inmediatamente regresó, y de nuevo volvió a la casa
del pastor con la pequeña Criatura Salvaje y su nueva
alma.
-Esta es la dama -dijo el granjero-. Este es el Pastor
Murnith.
Y luego se fue.
-Ah -dijo el pastor- entiendo que estuvo perdida la
otra noche en el pantano. Fue una noche terrible para
estar perdida en la ciénaga.
- Yo amo el pantano -dijo la pequeña Criatura Salvaje
con su nueva alma.
- ¡Por supuesto! ¿Cuántos años tiene? -dijo el
Pastor.
- No lo sé -contestó ella.
- Debería saber qué edad tiene -dijo él.
- Oh, cerca de noventa -dijo ella-, o más.
- ¡Noventa años! -exclamó el Pastor.
- No, noventa siglos -dijo ella-, soy tan vieja como
el pantano.
Entonces contó su historia -de cómo había anhelado
ser humana y adorar a Dios, tener un alma y contemplar
la belleza del mundo, y cómo todas las Criaturas
Salvajes le habían hecho un alma de telaraña y bruma
y música y extrañas memorias.
- Pero si esto es verdad -dijo el Pastor Murnith-, está
muy mal. Dios no podría haber tenido el propósito
que usted tuviera un alma. ¿Cuál es su nombre?
- No tengo nombre -respondió.
- Debemos encontrar un nombre cristiano y un apellido
para usted. ¿Cómo le gustaría que la llamaran?
- Canción de los Juncos -dijo ella.
- Eso no servirá -dijo el Pastor.
- Entonces me gustaría llamarme Terrible Viento del
Norte, o Estrella de las Aguas -dijo ella.
- No, no, no -dijo el Pastor Murnith- eso es
totalmente imposible. Si le agrada podríamos llamarla
Señorita Rush. ¿Qué le parece Mary Rush? Tal vez
sería mejor que tuviera otro nombre--digamos Mary
Jane Rush.
De esta forma, la pequeña Criatura Salvaje con el
alma del pantano tomó los nombres que le ofrecieron,
y se convirtió en Mary Jane Rush.
- Y debemos encontrar algo que pueda hacer -dijo el
Pastor Murnith-. Mientras tanto podemos darle un
cuarto aquí.
- Yo no quiero hacer nada -replicó Mary Jane-; yo
quiero adorar a Dios en la catedral y vivir junto al
pantano.
Y luego apareció la señora Murnith, y durante el
resto de aquel día Mary Jane se quedó en la casa del
Pastor.
Y allí, con su nueva alma, percibió la belleza del
mundo; pues éste llegó gris y nivelado desde las
distancias brumosas, y se extendió por los pastizales
y los sembradíos hasta el antiguo pueblo provisto de
gabletes; y solitario en la distancia se erguía un
antiguo molino de viento, y sus honestas aspas hechas
a mano giraban y giraban en los libres vientos del
Este Inglés. En las cercanías, las casas de gabletes
se inclinaban hacia las calles, plantadas hermosamente
sobre los robustos maderos que crecían en los tiempos
antiguos, glorificándose entre ellas de su hermosura.
Y sobre ellas, contrafuerte tras contrafuerte,
creciendo y elevándose, subiendo torre por torre, se
erguía la catedral.
Y vio a la gente moviéndose en las calles, pausada y
lentamente; e invisibles entre ellos, susurrándose
unos a otros, sin ser escuchados por los hombres y
preocupados sólo por las cosas pasadas, se
arrastraban los espíritus del pasado. Y dondequiera
que las calles corrieran hacia el este, dondequiera
que hubieran huecos entre las casas, siempre allí se
abría la vista a la imagen del grandioso pantano,
como un compás de música extraña y espectral que
persiste en una melodía, elevándose una y otra vez,
interpretada en el violín por un único músico, que
no toca ningún otro compás, y que es de cabellos
oscuros y lacios y tiene barba al rededor de los
labios, y su bigote cuelga largo y bajo, y nadie
conoce la tierra de donde proviene. Todo esto eran
cosas buenas de ver para un alma nueva.
6.
Te amo:
Entonces
el sol se puso sobre los verdes campos y sembradíos y
vino la noche. Una a una las alegres luces de las
joviales ventanas iluminadas tomaron su lugar en la
noche solemne.
Luego tocaron las campanas, lejos, en la torre de la
catedral, y su melodía cayó sobre los tejados de las
antiguas casas y se posó sobre sus aleros hasta que
las calles estuvieron repletas, y luego fluyó sobre
los campos verdes y las sembradíos hasta que llegaron
al recio molino y trajeron al molinero para la oración
vespertina, y lejos hacia el este y hacia el mar el
sonido resonó sobre las remotas ciénagas. Y todo fue
como ayer para los viejos espíritus en las calles.
Entonces la esposa del Pastor llevó a Mary Jane a la
misa vespertina, y ésta vió trescientas velas
colmando el pasillo de luz. Sin embargo, los fuertes
pilares se elevaban allí en la vastedad oscura,
gigantescas columnas perdiéndose en la penumbra,
donde mañana y tarde, año tras año, hacían su
trabajo en la oscuridad, sosteniendo el techo de la
catedral. Y estaban más inmóviles que los pantanos
cuando la helada ha llegado y el viento que lo ha traído
ha cesado.
Repentinamente, el sonido del organo se precipitó
sobre esta calma, rugiendo, y de inmediato, la gente
oró y cantó.
Mary Jane ya no podía ver sus oraciones ascendiendo
como delgadas cadenas de oro, pues eso era sólo una
tendencia élfica, pero imaginaba claramente, en su
nueva alma, a los serafines pasando por los caminos
del Paraíso, y a los ángeles cambiando de guardia
para cuidar al Mundo por la noche.
Cuando el Pastor hubo terminado el servicio, el señor
Millings, un cura joven, subió al púlpito.
Habló de Abana y Pharpar, los río de Damasco; y Mary
Jane se alegró que existieran ríos con tales
nombres, y escuchó maravillada sobre Nínive, la gran
ciudad, y sobre muchas cosas extrañas y nuevas.
Y la luz de las velas brilló sobre el cabello claro
del cura, y su voz bajó por el pasillo, y Mary Jane
se alegró de que él estuviera allí.
Pero cuando su voz se detuvo sintió una repentina
soledad, como jamás había sentido desde la creación
de la marisma; ya que las Criaturas Salvajes jamás
están solas y nunca son infelices, sino que bailan
toda la noche sobre el reflejo de las estrellas, y
como no tienen alma no desean nada más.
Después de realizada la colecta, antes de que nadie
se moviera para marcharse, Mary Jane caminó por el
pasillo hacia el señor Millings.
- Te amo -le dijo.
7. Todo allí era horrible:
Nadie
simpatizó con Mary Jane. "Qué infortunio para
el señor Millings", decían todos; "un
joven tan prometedor".
Mary Jane fue enviada a una gran ciudad manufacturera
de las Midlands, donde se le había hallado trabajo en
una fábrica textil. Y en ese pueblo no había nada
bueno que un alma pudiera ver. Porque la ciudad no sabía
que la belleza era ser deseada; así que hizo muchas
cosas maquinalmente y se volvió apresurada en todas
sus maneras, y se vanangloriaba de su superioridad por
sobre las otras ciudades y se hizo rica y más rica, y
no había nadie para compadecerla.
En esta ciudad habían hallado alojamiento para Mary
Jane, cerca de la industria.
A las seis de aquellas mañanas de noviembre, a la
hora que, lejos de la ciudad, el pájaro silvestre se
levanta de la tranquilidad del pantano y pasa a los
turbulentos espacios del mar, a las seis la fábrica
prorrumpía en un largo aullido y reunía a los
trabajadores, y allí trabajaban, guardando dos horas
para comer, durante el día completo y hasta la
oscuridad, hasta que la campana diera las seis
nuevamente.
Allí trabajaba Mary Jane con otras muchachas, en un
cuarto largo y deprimente, donde unos gigantes
demenuzaban la lana en largas tiras de hilo con sus
chirriantes manos de acero. Y a lo largo de todo el día
se sentaban a hacer su trabajo desalmado. Sin embargo,
el trabajo de Mary Jane no estaba con ellos, sólo su
rugido estaba siempre en sus oídos mientras sus
ruidosos miembros de metal se movían adelante y atrás.
Su labor era atender una criatura menor, pero
infinitamente más astuta.
Ésta tomaba la tira de lana que los gigantes habían
hilado, y la enrollaba y enrollaba hasta que la había
torcido, convirtiéndola en una hebra resistente y
delgada. Entonces tomaría en su garra de dedos de
acero la hebra que había unido, y la llevaría,
contonéandose, aproximadamente 5 yardas más allá y
regresaría con más.
Esas criatura ya había dominado toda la sutileza de
los habilosos trabajadores, y gradualmente los había
desplazado; había sólo una cosa que no podía hacer,
no era capaz de tomar las puntas de una hebra cortada,
para amarrarla nuevamente. Para esto se necesitaba un
alma humana, y esa era la tarea de Mary Jane: tomar
las puntas cortadas; y al momento que ella las unía,
la ocupada criatura sin alma las ataba por sí misma.
Todo allí era horrible; incluso la lana verde que se
enroscaba, que no era ni el verde de la hierba ni el
verde de los juncos, sino que un triste y lodoso verde
que era propio de una ciudad lóbrega, bajo un cielo
sombrío.
Cuando miraba hacia los tejados del pueblo, también
allí había fealdad; y las casas lo sabían bien,
porque, con un espantoso estuco, imitaban en una
grotesca mímica a los pilares y los templos de la
antigua Grecia, pretendiendo ser aquello que no eran.
Y saliendo y entrando de aquellas casas, y viendo la
pretensión de la pintura y el estuco, año tras año
hasta que se descascaraba, las almas de los pobres dueños
de aquellas casas buscaban ser otras almas, hasta que
se aburrían de ellas.
8.
Una Canción Salvaje:
Al
atardecer Mary Jane regresaba a su alojamiento. Sólo
entonces, cuando la oscuridad había caído, podía el
alma de Mary Jane percibir alguna belleza en aquella
ciudad, cuando las lámparas se encendían y aquí y
allá brillaba alguna estrella a través del esmog. En
ese momento ella hubieria salido al campo a observar
la noche, sin embargo, la vieja mujer a la que había
sido confiada no la hubiera dejado hacerlo. Y los días
se multiplicaron por siete y se convirtieron en
semanas, y las semanas pasaron, y todos los días eran
lo mismo. Y durante todo el timpo el alma de Mary Jane
clamaba por cosas hermosas, y no encontraba ninguna,
salvo los domingos, cuando iba a la iglesia, y al
dejarla, encontraba la ciudad más gris que antes.
Un día decidió que era mejor se una Criatura Salvaje
de las solitarias marismas que tener un alma que
clamaba por cosas hermosas y no encontraba ninguna.
Desde ese día tomó la determinación de deshacerse
de su alma, y le contó su historia a una de las
muchachas de la fábrica, diciéndole:
- Las otras muchachas visten pobremente y realizan un
trabajo desalmado; seguramente alguna de ellas no
tiene alma y podría tomar la mía.
Pero la muchacha de la fábrica le dijo: "Todos
los pobres tienen alma. Es todo lo que tienen".
Entonces Mary Jane observaba a los ricos cada vez que
los veía, y en vano buscó alguno que no tuviera
alma.
Un día, a la hora en que las máquinas descansaban y
los seres humanos que las atendían descansaban también,
cuando el viento venía de la dirección de los
pantanos, el alma de Mary Jane se lamentó
amargamente. Y mientras se encontraba fuera de las
puertas de la fábrica, su alma la urgió
irresistiblemente a cantar, y una canción salvaje
salió de sus labios alabando la ciénaga. Y a su
canción se agregó clamando, su añoranza del hogar y
del sonido del Viento del Norte, tiránico y
orgulloso, con su adorada dama la nieve; y cantó
acerca de los cuentos que los juncos murmuraban unos a
otros, cuentos que el trullo y la vigilante garza
conocían. Y sobre las calles repletas su canción se
alejó llorando, la canción de los lugares desolados
y de las tierras salvajes y libres, llenas de
maravillas y magia, porque en su alma de factura élfica
ella tenía el cantar de las aves y el rugido del órgano
en la marisma.
Justo en ese momento, el Signor Thompsoni, el conocido
tenor inglés pasaba por ahí con un amigo. Ambos se
detuvieron y escucharon; todos se detuvieron y
escucharon.
- En toda Europa no ha habido nada como esto en mi
vida -dijo el Signor Thompsoni.
Y así llegó el cambio a la vida de Mary Jane.
9.
Toma mi alma:
La
gente se había anotado para esto, y finalmente se
arregló que ella tomara la parte principal en la
Opera del Convent Garden, en pocas semanas.
Así que fue a Londres para aprender.
Tanto Londres como las lecciones de canto eran mejores
que la Ciudad de las Midlands y aquellas terribles máquinas.
Sin embargo, Mary Jane aún no era libre para ir y
vivir como ella deseaba, junto a los pantanos, y aún
estaba determinada a deshacerse de su alma, pero no
podía encontrar a nadie que no tuviera la propia.
Un día le dijeron que los Ingleses no la escucharían
siendo la Señorita Rush, y le preguntaron por cuál
otro nombre más apropiado le gustaría ser llamada.
- Me gustaría llamarme Terrible Viento del Norte
-dijo Mary Jane- o Canción de los Juncos.
Cuando le dijeron que eso era imposible y le
sugirieron Signorina Maria Russiano, ella accedió al
momento, tal como había accedido cuando se la
llevaron de la parroquia; no sabía nada sobre las
formas de los humanos.
Finalmente el día de la Opera llegó, un frío día
de invierno.
Y la Sognorina Russiano se presentó al escenario
frente a un teatro lleno.
Y la Signorina Russiano cantó.
Y en la canción iban todas las añoranzas de su alma,
el alma que no podía ir al Paraíso, sino que sólo
podía adorar a Dios y conocer el significado de la música,
y la añorazan invadió aquella canción italiana como
el misterio infinito de las colinas, que se eleva
junto al sonido de los cencerros de las ovejas.
Entonces, en las almas que estaban en aquel teatro
repleto, se elevaron pequeñas memorias de hace un
buen tiempo que desde entonces estaban completamente
muertas, y que vivieron nuevamente mientras duraba
aquella maravillosa canción.
Y un extraño frío recorrío la sangre de todos los
que escuchaban, como si estuvieran en el borde de las
desoladas marismas y el Viento del Norte soplara.
Y a algunos los movió al dolor y a otros al
arrepentimiento, y a otros a una inmensa alegría, y
entonces la canción repentinamente se alejó
gimiendo, como los vientos del invierno en el pantano,
cuando la Primavera aparece desde el Sur.
De esa forma concluyó. Y un gran silenció cayó como
la bruma sobre toda aquel teatro, que se quebrara al
final en una conversación parlanchina que Celia, la
Condesa de Birmingham, disfrutaba con una amiga.
En un silencio mortal la Signorina Russiano se
precipitó del escenario; apareció nuevamente
corriendo entre la audiencia, y se abalanzó sobre
Lady Birmingham.
- Tome mi alma -le dijo- es una alma hermosa. Puede
adorar a Dios, y conocer el significado de la música
y puede imaginar el Paraíso. Y si va con ella a los
pantanos podrá ver cosas hermosas; allí hay un
atiguo pueblo cosntruído de adorables maderos, con
espíritus en sus calles.
Lady Birmingham la miraba. Todo el mundo estaba de
pie.
- Mire -dijo la Signorina Russiano- es un alma
hermosa.
Y escarbó en su pecho, a la izquiera un poquito más
arriba del corazón, y allí estaba el alma, brillando
en sus manos, las luces verdes y azules moviéndose y
el resplandor púrpura en el medio.
- Tómela -dijo- y podrá amar todo lo que el bello, y
conocer los cuatro vientos, cada uno por su nombre, y
las canciones de las aves al amanecer. Yo no la
quiero, porque no soy libre. Póngala en su pecho, al
lado izquierdo, un poquito por encima de su corazón.
Todavía todos se encontraban de pie, y Lady
Birmingham se sentía incómoda.
- Por favor, ofrézcasela a alguien más -dijo.
- Pero todos ellos ya tienen almas -dijo la Signorina
Russiano.
Y todos siguieron de pie. Y Lady Birmingham tomó el
alma en su mano.
- Quizá me traiga suerte -dijo.
Sintió que quería rezar.
Con los ojos casi entrecerrados dijo,
"Unberufen". Y puso el alma sobre su pecho,
a la izquierda, un poquito por encima de su corazón,
esperando que la gente se sentara y la cantante se
fuera.
Instantáneamente una pila de vestidos se desplomó
delante de ella. Por un momento, en la sombra entre
los asientos, aquellos que habían nacido en la hora
del crepúsculo pudieron haber visto una pequeña cosa
marrón, brincando libre de las vestiduras, y luego
saltar a la luz brillante del recibidor, y hacerse
invisible a cualquier ojo humano.
Avanzó por un instante, luego halló la puerta, e
inmediatamente se econtró en las calles iluminadas.
10.
Danza sobre las estrellas:
Aquellos
que nacieron en la hora del crepúsculo quizá la
vieron brincando rápidamente dondequiera que las
calles corrían hacia el norte y hacia el este,
desapareciendo a la vista humana al pasar bajo las lámparas
y reapareciendo más allá de ellas, con una luz del
pantano sobre su cabeza.
Hubo un perro que la percibió y la persiguió, y fue
dejado atrás.
Los gatos de Londres, que han nacido todos a la hora
del crepúsculo, maullaban temerosamente cuando
pasaba.
Inmediatamente llegó a las calles más humildes,
donde las casas son más pequeñas. Entonces se dirigió
derecho hacia el nor-este, saltando de techo en techo.
Y así, en pocos minutos, llegó a espacios más
abiertos, y luego a las tierras desoladas, donde
crecen los jardines del mercado, que no son ni pueblo
ni campo. Hasta que finalmente, los buenos y negros árboles
aparecieron, con sus formas demoníacas en la noche, y
la hierba estaba fría y húmeda, y la bruma nocturna
flotaba sobre ella. Y un gran búho blanco apareció,
subiendo y bajando en la oscuridad. Y de todas estas
cosas la pequeña Criatura Salvaje se regocijó de
manera élfica.
Y dejó Londres atrás, enrojeciendo el cielo, y ya no
pudo distinguir su desagradable estruendo, sino que
nuevamente pudo oír los ruidos de la noche.
Y ahora pasaría por una brillante aldea, cómoda en
la noche; y luego nuevamente hacia los oscuros y húmedos
campos abiertos; y adelantó a más de un búho
mientras se arrastraba por la noche, una pariente del
pueblo de los Elfos. Algunas veces cruzaba anchos ríos,
saltando de estrella en estrella; y, eligiendo su
camino, evitando los caminos escabrosos y llegó antes
de la medianoche a las tierras Inglesas del Este.
Y allí escuchó el grito del Viento Norte, dominante
y furioso, mientras guiaba hacia el sur a sus
aventureros gansos; mientras los setos se inclinaban
ante él, cantando débil y quejumbrosamente, cual
remeros escalvos de algún fabuloso trirreme, doblándose
y meciéndose bajo las ráfagas del látigo, todo el
tiempo entonando una lastimera canción.
Y sintió el agradable aire húmedo, que por las
noches cubre a las tierras Inglesas del Este, y
nuevamente llegó a algún peligroso y antiguo
estanque donde el musgo verdre crecía, y allí se
sumergió más y más abajo dentro del agua oscura,
hasta que sintió nuevamente la familiar emanación
subiendo a través de los dedos de sus pies. Y de este
modo, desde el adorable hielo que es el corazón del
rezumadero, emergió renovada y regocijante para
danzar sobre las imágenes de las estrellas.
Yo tuve la suerte de encontrarme esa noche en el
extremo del pantano, ovidando de mi mente los asuntos
de los hombres; y observé los fuegos del pantano
saltando desde todos los lugares peligrosos. Y durante
toda la noche llegaron por grupos hasta formar una
gran multitud para perderse danzando a través del
pantano.
Y yo creo que toda esa noche reinó una gran alegría
entre los parientes del Pueblo de los Elfos.
FIN
|