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HISTORIAS,  NARRATIVA...

M O R E I A
Por Andrés Moreno Galindo

"Nunca hubiera permitido que me dejaras solo, Moreia. Ninguna fuerza de esta tierra o ajena a ella se cruzaría entre nuestras miradas, nada perturbaría nuestro amor, tan silencioso y a la vez tan expresivo. Y por nuestro amor he resultado vencedor en una lucha ante la cual los más aguerridos hombres retrocederían espantados.
Mil veces te juré que te amaría incluso después de la muerte, y tu siempre inclinabas la cabeza en mi dirección y me dirigías aquella mirada triste de niña desprotegida. ¡Cuántas veces te sorprendí firmemente agarrada a la balaustrada del viejo torreón de nuestra casa, con tu cabello negro y brillante como ala de cuervo ondeando al cortante viento del otoño naciente! Yo no preguntaba. Me limitaba a cubrir tus pálidos hombros con un echarpe, y tú te acurrucabas entre mis brazos y me mirabas triste, silenciosa. Mi pobre Moreia, lánguida y etérea, siempre con un deje de hermosa melancolía en tus ojos negros.
Siempre te recordaré, mi pequeña Moreia, sentada frente al fuego que crepitaba en la chimenea, durante las noches de invierno, mirando hipnóticamente las llamas, tu blanco rostro arrebolado por el calor. Y fuera de nuestro hogar sólo existía la larga y fría noche sin fin, un vacío amargo y desesperanzador que solamente tu presencia podía mantener alejado. Tú eras la luz que brillaba intensamente en un mundo ominoso y lúgubre, un mundo sin futuro ni esperanza, un mundo de soledad donde la semilla de la maldad florece por doquier, ese mundo del que tú me salvaste, Moreia.
Vienen a mí, como salidas de entre las brumas de una horrible pesadilla, las imágenes de mi propia desesperación cuando la vida comenzó a escapar de tu cuerpo lenta pero constantemente en cada suspiro que exhalaban tus labios. La naturaleza de tu enfermedad era desconocida. Yo, un famoso médico, me veía impotente para encontrar un remedio a tu mal, y eso multiplicaba por mil mi terrible dolor. Podía ver como tu debilidad se acentuaba día a día; apenas encontrabas fuerzas para apretar mi mano, que yo raramente soltaba. Tu respiración era imperceptible, y sólo tus ojos conservaban toda la luminosidad de antaño, aunque esa luz me espantaba, pues veía en ella el deslumbrante fulgor que precede a la muerte. No recuerdo cuanto tiempo duró tu agonía. Sólo sé que cuando tu boca pronunció mi nombre por última vez y tus lívidos párpados velaron tus ojos, murió un cuerpo, pero dos almas partieron de este mundo.
Días y días de negra desesperación, de beber hasta que un neblinoso velo oscurecía mis ojos y embotaba mi mente, de vagar pos los lóbregos pasillos de mi solitaria casa gritando mil veces mi dolor, mil veces tu nombre, hasta caer al suelo sin lágrimas ya que derramar. Fue en medio de aquella locura de dolor e infinita congoja, que decidí abandonar el mundo de la cordura y el pensamiento y buscarte, Moreia, en la irracionalidad, en la magia, en la superstición, apurar en definitiva hasta la última gota de la última hedionda pócima que me ofreciera un atisbo de esperanza.
Había en la ciudad Miskhan un hombre al que todos temían y odiaban al mismo tiempo. El viejo brujo Joss había pasado gran parte de su vida en Haití, y vivía en una enorme y ruinosa mansión con una extraña cohorte de sirvientes negros, silenciosos y de mirada vacua e inexpresiva. Todo el mundo evitaba pasar cerca de su casa, pues era de general creencia que el viejo Joss practicaba oscuros ritos aprendidos de los brujos de Haití. Mas no estaba yo para consideraciones morales ni religiosas de ningún tipo. Recuperaría a Moreia a toda costa, y así, una oscura y ventosa noche me dirigí hacia la casa del viejo Joss. No sentía miedo, pues el único sentimiento que mi corazón era capaz de albergar era el deseo de volver a tener a Moreia conmigo, de la manera que fuera y pagando el precio que fuese necesario. Tras atravesar un amplio y tenebroso jardín poblado de enormes árboles, llamé con determinación a la puerta del viejo brujo. Un criado abrió la puerta. Parecía mirar a través de mi. Sus ojos no denotaban ningún tipo de sorpresa, inexpresivos y helados. Le di mi nombre y le expresé mi deseo de hablar con su amo. El criado, silenciosamente, giró sobre sus talones como un autómata y se ausentó durante cinco eternos minutos, al cabo de los cuales volvió, haciéndome una señal con la mano para que le siguiera. Atravesamos varias estancias casi vacías de muebles, las frías paredes de piedra sin ningún tipo de adorno o revestimiento. Una levísima corriente movía la llama de las velas, proyectando lúgubres sombras sobre los desnudos muros. Flotaba en el ambiente un extraño olor a humedad y moho. Por fin, el silencioso criado se detuvo ante una puerta, la cual empujó, facilitándome a continuación el paso a una estancia que parecía ser una gigantesca biblioteca o sala de estudio. Se hallaba sumida en penumbras, iluminada apenas por el fuego de una chimenea, ante la cual se hallaba de pie el viejo Joss. Cuando estuve dentro, el criado cerró la puerta tras de mi. El viejo Joss se volvió, y un escalofrío recorrió toda mi espalda. Su rostro era tan inexpresivo o más que el de su criado, y solamente unos negros ojillos rezumaban malignidad en su cara surcada por arrugas. Contuve rápidamente ese pequeño arrebato de miedo y le expuse el motivo de mi visita con determinación.
No quiero recordar en estas páginas las horribles palabras del viejo Joss, ni el monstruoso precio que a cambio me exigió. Solamente diré que asentí a todo, y que al cabo de media hora salí, o mas bien debo decir huí, de aquella horrible casa con un frasquito lleno de unos polvos grisáceos apretado contra mi corazón y una loca determinación en mi mente. Me dirigí hacia el cementerio donde estaba enterrada mi amada Moreia. Esperé agazapado tras su tumba a que fuera medianoche, y cuando llegó la hora indicada ejecuté los siniestros ritos que Joss me había explicado, esparciendo al mismo tiempo los polvos en la tierra de la tumba. Mientras pronunciaba los arcanos conjuros que había memorizado, el polvo pareció ser absorbido por la tierra. Esperé durante media hora más, y después comencé a cavar frenéticamente con las manos, mis dedos sangrando, mis uñas destrozadas. Al fin, di con el féretro y pude oír claramente una respiración ahogada bajo la madera. Llorando enloquecido de alegría, levanté la tapa. No di gracias al cielo porque me había enemistado con él eternamente, pero eso dejó de tener importancia cuando la mirada de Moreia me envolvió como antaño, tan bella como siempre.
Ahora Moreia está otra vez conmigo. No podemos salir de casa, pero eso no me importa, no nos importa. Nuestra vida sigue igual que siempre, y nuestro amor más fuerte que nunca, tan fuerte que por ella me he atrevido a desafiar a la Muerte, pero el precio de mi condenación eterna me parece poco, demasiado poco, por una simple mirada de mi amada".

Efectivamente, doctor, estas son las notas que fueron encontradas en la biblioteca de Lord Webster. ¡Pobre diablo! Toda su vida solo, vagando por los pasillos de esa maldita casa, acabó enloqueciendo. Jamás olvidaré aquella horrible escena, doctor. El vecindario nos había alertado sobre el prolongado confinamiento de Lord Webster en su mansión. Él era el último de su linaje, no tenía descendencia, y además el hundimiento de la bolsa lo había sumido en la ruina más absoluta. Tuvo que despedir a su servidumbre, y subsistía gracias a la caridad de sus proveedores, que no habían olvidado las incontables y desinteresadas aportaciones de la familia Webster a la comunidad, y seguían suministrándole provisiones sin pretender cobro alguno, una cosa bastante rara, por cierto, en estos miserables tiempos que vivimos. Lord Webster, sin duda avergonzado por su penosa situación, se encerró en su mansión y prácticamente no salía de ella. Tras varios meses de no ver a Lord Webster por el pueblo, los ciudadanos que le apreciaban, que como ya le he dicho eran muchos, comenzaron a preocuparse seriamente por su salud. Por fin, nos atrevimos a visitar a Lord Webster para comprobar si se encontraba bien. ¿Me podría servir un poco más de brandy, doctor? Tengo convulsiones sólo de pensar en aquella infausta tarde. El caso es que nadie respondió a nuestra llamada, aunque habíamos observado luz en una habitación. Temiendo que alguna enfermedad mantuviera a Lord Webster postrado en cama y sin poder valerse por sí mismo, forzamos la puerta de la casa. Al instante, un espantoso hedor a descomposición nos asaltó con fuerza. Pensamos que Lord Webster había muerto y que era su cadáver el que se descomponía, y nos preparamos para un macabro hallazgo. Avanzamos hacia el comedor, de donde provenía la luz y que, además, parecía ser el foco del espantoso hedor a putrefacción. Lord Webster se hallaba allí, y no estaba muerto. Estaba comiendo tranquilamente, pero no sentimos alivio. La mesa estaba puesta para dos personas. Al lado de Lord Webster, caído grotescamente sobre el respaldo de la silla, se hallaba el cadáver de una mujer horriblemente descompuesto. El pobre loco miraba arrobado de amor aquel espantoso rostro, cuyas cuencas vacías eran un nauseabundo hervidero de gusanos, y cogía amorosamente una de sus manos, preguntándole suavemente por su falta de apetito. La llamaba Moreia. Nos costó Dios y ayuda separarle de aquellos repulsivos despojos, y desde aquel día permanece encerrado en el manicomio, preso de continuos delirios, siempre llamando a Moreia. ¿Me pregunta por el cadáver, doctor? Sin duda fue desenterrado por el propio Webster del cementerio local. Pertenecía a una campesina muerta semanas atrás. Ese vociferante lunático que se consume gritando en el manicomio jamás estuvo casado. Moreia solamente existe en el lamentable caos que reina en la cabeza de ese desdichado infeliz.

FIN 

Andrés Moreno Galindo
Barcelona - España
elgatodehank@hotmail.com 

  MY BELOVED DARKNESS & VIA NOCTURNA
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  ® 2007

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