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NUNCA
NADIE SUPO NADA
Autor:
José Cadaveria
(Cadiz - España)
Juan despertó de aquel profundo sueño, en el que le había sumido su repentino ataque de catalepsia. Al abrir los ojos observó si se le puede llamar observar que todo era, la más absoluta oscuridad. No tenía ni idea de donde estaba, solo que descansaba, sobre una superficie estrecha y acorchada.
Todavía no podía moverse las sensaciones acudían a él, lentas pero interrumpidamente, la conciencia de estar vivo cada vez mas fuerte, en su pecho palpitaba.
Pasados unos minutos notó como sus fuerzas hacían por fin, apto de presencia, y todavía con la esperanza aferrada a su corazón, que como un caballo desbocado latía como queriendo escapar de su pecho, su razón no se callaba en tan terribles momentos y a su alma susurraba que ya estaba muerto. Levantó lleno de temor sus temblorosas manos, que pronto chocaron, contra una superficie mullida, que palpando por todas las direcciones, lo que la estrechez del habitáculo le permitía, pudo comprobar que sus miedos tenían forma y la más terrible de todas.
Fue entonces que comenzó a gritar. A gritar con aquella voz casi animal que nos otorga la desesperación. Araño aquella superficie que lo retenía, pero solo consiguió con ello desgarrar el satén, y encontrar la dura madera donde dejo clavada, con caliente dolor, cinco de sus sangrantes uñas.
En estos momentos -¿Os imagináis querido lector?- con que terror, con que locura, topó Juan al saberse en esta horrible situación, ¿Qué pasaría por la cabeza de este pobre desdichado, al imaginar tan macabro desenlace?
La desesperanza, se aferró a su corazón con la crueldad más atroz, mordiendo su alma como un parásito que por dentro lo devoraba.
Su mente fue presa de su miedo del pavor en las más siniestras de sus formas: LA REALIDAD, desencadenando con ello la nulidad de toda razón, y pariendo la locura, la rabia y no el miedo sino e terror, más abominable que mente humana halla sufrido jamás.
Comenzó a llorar como nunca antes había llorado al verse tan cruelmente solo y desolado, araño con furia las paredes de su encierro no haciendo caso al agudo dolor de las astillas penetrando entre sus uñas, y con ello haciéndolas saltar. Pronto su respiración debido a ese esfuerzo inútil, se convirtieron en jadeos, el oxigeno comenzaba a escasear.
Aun así sus sentidos se despertaron de forma asombrosa y para más horror. Olía la humedad de la tierra y el hedor a podredumbre de sus “vecinos”, esto le provocó las más violentas convulsiones a causa de las nauseas. Pudo escucha como por encima de él a 2 o 3 metros, sobre la verde hierva, como los grillos tocaban su nocturna melodía, como en la lejanía se oía el ladrar de los perros, y el inconfundible maullido de algún gato en celo.
Y él desde su soledad maldijo a todos ellos, sintió incluso celos de los gusanos triunfantes, que lo debían de devorar.
Todo lo que cabía en su mente era la desesperanza, el saberse vivo, pero muerto para el mundo, destrozaba la razón de cualquiera. Sintió de nuevo una oleada de fuertes nauseas, que esta vez lo hicieron vomitar de forma convulsiva. Fue entonces con aquellos vómitos, que lo asfixiaban cuando su cuerpo al saberse muerto relajó todos sus esfínteres, inundando aquel estrecho y reducido habitáculo con los más repugnantes hedores.
Por suerte para Juan, -pues a la muerte se le puede llamar suerte y bendita, cuando la agonía es tan extrema- sus propios vómitos terminaron asfixiándolo y acabado con el pobre Juan y con su terrible y solitaria tragedia.
Y lo peor de todo querido lector: es que nunca nadie supo nada, y si te paras a pensar esto podría ser, una historia real.
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