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Historia
de una Vida Vacía
Por
Disorder
adversarius666@hotmail.com
Siempre
supe que yo no era como los demás.
Uno va creciendo y, según lo hace, compara sus actos
con los de la gente que le rodea al tiempo que
modifica su conducta para ser sencillamente uno más.
Pero este nunca fue mi caso: mis pasos nunca me
condujeron por el camino de otros, y los intentos de
ellos por llevarme hacia su senda siempre resultaron
infructuosos. Tal vez en ello tuvieron buena parte de
culpa las explicaciones vacías que recibía cada vez
que me interesaba y preguntaba "por qué".
"Porque sí", era la escueta respuesta que lo resumía
todo. No es que fueran estas las palabras textuales,
pero era el denominador común de todas las razones que
daban sentido a las normas que, supuestamente, debían
gobernarme; a saber: las cosas son así porque siempre
han sido así y yo no soy nadie para cambiarlas. Pues
bien, esto funcionaba con todo el mundo menos conmigo,
(probablemente a causa de esa absurda costumbre de
buscar la causa de todo), y no pasaba un día de mi
niñez sin que yo cuestionase alguno de esos grandes
pilares establecidos por la tradición, ante el espanto
de mi padre, quien siempre tuvo lo que yo llamaba "una
asquerosa mentalidad fascista".
Esto que acabo de explicar es sin duda alguna el rasgo
más característico que definió mi personalidad en la
primera etapa de mi vida. Y no se si es bueno o malo
y, en este último caso, a quién habría que echarle la
culpa... ¿A una combinación de genes? ¿Al entorno en
el que crecí? La verdad es que no me importa,
simplemente soy lo que soy: una sucesión de hechos
movidos por una mentalidad que me ha conducido a lo
que hoy es el final de mi historia.
Amen.
* * *
Fueron tres golpes, uno detrás de otro, los que
sonaron graves y secos en la puerta de madera. El
sacerdote cerró los ojos durante unos segundos antes
de contestar, como si tratara de sobreponerse a la
molestia que le suponía el hecho de que se le
interrumpiese durante su tiempo de oración.
-Adelante.
Visconti se puso en pié a tiempo para recibir la
entrada de Gioberti. Las dos figuras frente a frente
eran similares en cuanto a solemnidad, aunque
completamente opuestas en otros aspectos.
Visconti era alto y de facciones duras, en las que era
difícil imaginar una sonrisa. El pelo prematuramente
blanco y los ojos azules no contribuían a darle una
apariencia menos severa. A sus cuarenta y tres años se
consideraba en la plenitud de todas sus facultades, y
pensaba que aún tenía tiempo antes de que comenzaran a
declinar. De carácter decidido y voluntad indomable,
su decisión se traducía en movimientos rápidos y
vigorosos.
Gioberti en cambio era bastante inferior en estatura.
A pesar de ser más de veinte años mayor, su pelo no
era tan cano y su rostro normalmente dejaba entrever
el cansancio de alguien que cree haber hecho ya todo
lo que tenía que hacer, y que solo espera pasar el
resto de sus días en relativa tranquilidad. Los
hábitos cardenalicios parecían ser el único nexo de
unión entre los dos hombres.
Sin embargo esa noche Gioberti no parecía cansado ni
sereno, y sus ojos danzaban de un lado a otro
mostrando una actividad muy inusual en él.
-¿Ocurre algo malo? -preguntó Visconti.
-Algo... ¿malo? Algo terrible de verdad, pero... -el
sacerdote jugueteaba con las manos, nervioso, y bajaba
la mirada como si buscara las palabras adecuadas-. Lo
mejor será que venga conmigo, porque sencillamente...
no sé cómo decirlo.
Gioberti salió de la cámara a paso ligero y el otro se
apresuró a seguirle.
* * *
Yo no tuve una infancia difícil: no crecí en ningún
estrato marginal de la sociedad, y mis padres estaban
muy lejos de parecerse a uno de esos matrimonios
destrozados. Por el contrario, mi familia era de clase
media-alta y vivía en un hogar perfectamente normal.
En ocasiones demasiado normal para mi gusto.
Tenía una hermana mayor y un hermano pequeño, y mi
relación con ellos variaba del uno al otro tanto como
del calor al frío. Ella era silenciosa y reservada,
nunca contaba nada y daba la sensación de que vivía en
otro mundo, tenía su propia vida. Mi casa no era para
ella más que una pensión donde comer y dormir. Se
marchó en cuanto encontró un trabajo que se lo
permitió, y perdí el contacto con ella definitivamente
cuando se fue a otra ciudad en la que le ofrecieron
una oportunidad mejor. Ahora mismo no recuerdo ni una
sola vez en la que ella y yo conversáramos, ni una
sola en la que ella me ofreciera su ayuda si yo tenía
un problema... aunque yo tampoco se la pedí nunca.
Con el pequeño era diferente. Nunca conocí niño más
cariñoso que aquel, siempre tratando de jugar conmigo
y haciéndome reír. Si yo estaba triste, el también se
ponía triste y, cuando le ocurría algo, acudía a mí
incluso antes que a mamá y papá.
Mis padres también eran polos opuestos. El no toleraba
que yo me saltase las normas: su educación y
mentalidad le hacían tener un estricto sentido de la
tradición, a él no le importaba que algo no tuviera
demasiada lógica siempre y cuando estuviera respaldado
por las "buenas costumbres". Según él, había que ir a
misa los domingos, llegar Virgen al matrimonio, hacer
la mili y vestir "correctamente".
Mi madre sin embargo se lo tomaba todo a broma. No es
que fuera en contra de las reglas, al contrario, las
cumplía todas porque no le costaba nada y así se
evitaba problemas: era lo más sencillo. Así, si mi
lema era: "¿Por qué ha de ser así?"; y el de mi padre:
"Porque siempre ha sido así"; el de mi madre venía a
decir algo así como: "¿Y por qué no?". A ella, lejos
de enfadarse, le hacía gracia cuando yo me planteaba
alguna de esas verdades absolutas de papá. Pero su
actitud tampoco me agradaba, porque para ella yo me
ponía en contra de todo simplemente porque estaba en
la edad de ello, cosa que no era cierta.
Y así era poco más o menos mi familia. Los días
transcurrían en su seno sin apenas diferencias entre
unos y otros: yo seguía con mi rebeldía y los demás
cada uno con su peculiar forma de ser.
Hasta aquí todo bien.
Lamentablemente nada permanece invariable durante
mucho tiempo y las cosas, si no mejoran, suelen
empeorar. De esta forma llegamos al día en que el peso
del mundo entero se desplomó sobre mí. Yo tenía
dieciséis años recién cumplidos, y mi hermanito habría
hecho once al día siguiente.
El estaba deprimido pues sabía que su cumpleaños se
acercaba y nadie parecía acordarse de ello, y él,
orgulloso como era, jamás lo habría recordado. Como
puede suponerse, se trataba simplemente de prepararle
una fiesta sorpresa.
El caso es que a mí me apenaba verle tan retraído, así
que le pregunté si quería venirse conmigo a la playa.
El aceptó con una sonrisa en los labios y un aire
triste en los ojos.
Aún hoy me mortifica pensar que todo podría haber sido
distinto si yo no me hubiera descuidado, si no le
hubiera perdido de vista. Es asombroso cuando uno se
pone a imaginar lo que habría variado el desarrollo de
los acontecimientos si se hubiera adoptado tal o cual
actitud, la diversidad de realidades que se desdoblan
en un punto según los actos que se lleven a cabo. Lo
que habría dado yo por poder retroceder en el tiempo y
volver a ese punto en concreto. ¿Se habría ahogado él
si yo hubiera permanecido atento? ¿Y si no le hubiera
invitado a venir conmigo? ¿Y si a nadie se le hubiera
ocurrido eso de la fiesta sorpresa?
Cuando me di cuenta de que no podía verlo en el mar,
no me puse nervioso porque pensaba que se habría
sumergido un momento, o que se habría movido hacia
otro lugar de la playa, o que tal vez había salido del
agua y estaba por ahí comprando un helado. ¿Es
necesario que explique todo lo que se siente a partir
de ahí? Cuando el tiempo pasa y te vas dando cuenta de
que eso ya no es normal; cuando tratas de calmarte
inventando historias que puedan darle cierta lógica a
su ausencia; cuando ya, desesperado, empiezas a
preguntarle a la gente; cuando al fin, con lágrimas en
los ojos, vas a pedir ayuda y alguien que no puede ni
imaginar la angustia que te domina te pide por favor
que te tranquilices... ¿Es necesario que lo explique?
No encontraron su cadáver hasta casi un día después.
Yo acompañé a mi padre a identificarlo.
Horrible.
Estaba hinchado y de un tono azulado, aquello no podía
ser mi hermanito. Una boca desmesuradamente abierta al
contrario que los ojos, mostraba sin duda la agonía
del momento en que, sin poder aguantar más, había
respirado una enorme cantidad de agua.
Hinchado y azul.
Horrible.
En el velatorio ya era otra cosa: convenientemente
arreglado y vestido, su apariencia era la imagen misma
de la serenidad y la inocencia, allí, en su pequeño
ataúd. En aquella habitación, entre numerosos
parientes que lloraban sin cesar, fue donde llegué al
más profundo agujero de tristeza en que me haya
adentrado nunca. Me preguntaba una y otra vez cómo
Dios podía consentir que sucedieran cosas como
aquella. Pocas veces a lo largo de mi vida me había
acordado de Dios, y nunca había estado muy seguro de
creer en su existencia, aunque prácticamente no me
importaba. Digamos que yo no tenía razones para tener
fe, puesto que él no me había dado ninguna señal, así
que si al fin y al cabo resultaba ser real, pensaba yo
que él no podría reprochármelo. Sin embargo ese día
deseé con todas mis fuerzas que existiera, para así
poder maldecirlo y renegar de él, y decirle a la cara
que no me importaba ya pasar la eternidad en el
infierno, porque no podría sufrir más que en ese
momento, tan grande era la pena que sentía.
Sin embargo, tampoco hubo señal esa tarde.
¿Cómo habría sido él si hubiera vivido? ¿Cómo habría
sido yo?
Es muy tarde ya para hacerse estas preguntas vacías.
Muy tarde.
* * *
-Por el amor de Dios, ¿es que no va a decir nada?
La pregunta de Visconti quedó en el aire, y a modo de
respuesta sólo recibió el eco de los pasos apresurados
de los dos sacerdotes que retumbaban a lo largo del
corredor. Retratos de la Virgen y otras imágenes
religiosas pintadas por afamados autores
renacentistas, iban quedando atrás a medida que ellos
recorrían un camino que pronto desembocó en un pasillo
que ambos conocían bien.
El rostro de Visconti se ensombreció de pronto.
Al final del todo había una puerta cerrada y, junto a
ella, aguardaba un tercer hombre. Sus vestiduras le
delataban como obispo y su condición física denotaba
un gusto por la comida y la bebida demasiado habitual
para un eclesiástico. De Lucca solía ser un individuo
alegre, lo más normal era ver una sonrisa adornando su
cara regordeta, pero en esa ocasión su expresión era
grave.
-¿Se trata de él? -preguntó Visconti.
-Sí -respondió De Lucca.
-¿No van a decirme de una vez lo que sucede?
-Le he traído aquí para que lo vea con sus propios
ojos -explicó Gioberti-, es demasiado terrible para
contarlo.
El cardenal se quedó durante unos instantes quieto,
con la vista clavada en el rostro de su interlocutor,
como si tratara de calibrar hasta que punto podía ser
terrible el asunto que estaba a punto de descubrir.
Finalmente, puso su mano en el pomo y abrió la puerta
con un movimiento rápido y decidido.
Era aún peor de lo que había imaginado.
* * *
Las semanas que siguieron a la muerte de mi hermano
fueron demenciales. Yo veía en todas partes su rostro
amoratado, y en mis sueños sus gritos me atormentaban
desde las profundidades del mar, pidiéndome ayuda.
Pero lo peor era mi familia. Era una tortura ver a mi
madre haciendo lo de cada día como si nada hubiera
ocurrido, intentando fingir que todo seguía igual. En
una ocasión puso un cubierto de más al preparar la
mesa, como si aún aguardara que el saliera de su
cuarto y se sentara, tarde como siempre, ante su
plato. Cuando mi padre le comentó el error ella
estalló al fin, y su llanto histérico llenó la casa.
Yo no lo soportaba.
Y para acabar de rematarlo, ellos me culpaban a mi.
Nadie decía nada, pero yo lo sabía: estaba en los ojos
de todos.
En ese ambiente, creo que nadie podrá reprocharme el
hecho de que pasara cada vez menos tiempo en el hogar.
En la calle hice nuevos amigos para los siguientes
cinco años y en las drogas encontré una salida fácil
para olvidar mi desolación. Esto inició una espiral
por la que me arrastraría durante media década.
En ese tiempo, mi típica actitud de rechazar lo
públicamente aceptado se radicalizó hasta un punto
exagerado, llegando al absurdo. Ya no era sólo ir en
contra de lo que la lógica me decía que no tenía
necesariamente que ser así, sino de llevarle la
contraria prácticamente a todo. Se trataba de decirle
al mundo entero que me daba igual, de provocar el
rechazo de la gente, el escándalo, de afirmarme a mí
mismo negando lo demás.
Pasando a otro aspecto, también me volví un ser
extremadamente frío. El estar colocado casi de
continuo, hacía que mis emociones se apagaran, carecía
casi de sentimientos: después de todo, lo que quería
en un principio era matar la pena.
Desgraciadamente, también maté muchas otras cosas.
El amor, por ejemplo. Nunca quise a ninguna de las
chicas con las que estuve, para mi no se trataba más
que de satisfacer una necesidad. Pero tampoco creo que
esto fuera consecuencia de mi situación en aquel
momento, ya que hoy puedo asegurar que jamás he estado
enamorado, lo que siempre me ha llevado a dudar de que
el amor exista realmente como algo único y diferente.
Tengo que aclarar que quizás esté dando una impresión
demasiado oscura y grave de mi realidad por aquel
entonces. La verdad es que mis días transcurrían igual
que siempre, estudiaba al principio, y trabajaba ya en
el último tramo de este acto. La única diferencia
estaba en que mi carácter era realmente intratable, y
que estaba evadiéndome continuamente. Lo cierto es que
no tenía lo que se dice un problema, entendiendo como
tal algo más concreto y tangible que lo que he
explicado. Al menos no lo tuve hasta el final.
Volviendo a la historia de mi vida, es importante que
cuente ahora otro capítulo tan trascendental como el
de la muerte de mi hermano, en cuanto al cambio que se
operaría en mí tras el.
Volvía yo una noche a casa después de varias horas de
excesos, y mis sentidos y mi juicio estaban lejos de
ofrecerme una visión fidedigna de mi entorno. Para ser
más explícito, diré que había estado bebiendo
bastante, y además había ingerido LSD y aspirado un
cóctel de heroína y cocaína.
No sé cómo, vislumbre de reojo la sombra de unos
cartones amontonados, y al observarlos más de cerca,
vi que algo se movía (o más bien respiraba) bajo
ellos. Con una curiosidad demasiado valiente, aparté
los despojos con el pié y me encontré con algo que no
esperaba: los ojos miedosos de un niño que temblaba,
no sabía si de frío o de terror. Estaba vestido con
ropas gruesas, oscurecidas por la mugre y rotas en
muchas partes. Tenía la cara y las manos sucias, casi
negras.
-¿Por qué te escondías? -le pregunté yo desvariando.
El respondió algo en voz baja, pero yo no pude oírle.
Para mí sólo se movieron sus labios. De pronto me di
cuenta de que su rostro ya no era el del principio:
sus facciones habían cambiado para convertirse en una
grotesca imitación de mi difunto hermano.
No pude soportarlo y para cuando mi mente reaccionó,
mi bota ya le había golpeado en plena cara con toda la
fuerza que pudo. El se retorció por el suelo con un
chillido agudo, pero antes de que empezara a llorar yo
ya le estaba golpeando de nuevo, una y otra vez. Mis
patadas caían sobre su cabeza, su pecho, su estómago,
su espalda... estaba frenético, sólo quería destruir
su recuerdo. Cuando me paré por fin, estaba sangrando
por la nariz y la boca, gemía y respiraba con
dificultad y algo desde su garganta sonaba a gorgoteo.
Entonces una voz, la de mi hermano, habló en mi
cerebro y me suplicó entre el llanto que por favor no
le matara. Esto me enfureció más, y para ahogar sus
palabras me eché sobre él y agarrándole la cabeza
comencé a estamparla contra el suelo sintiendo como
crujía y se abría, manchando mi mano con aquello que
se esparcía sobre el suelo.
Después me fui y esa noche no escuché más voces.
Al día siguiente... Dios mío, al día siguiente.
Al día siguiente me sentí más horrorizado de lo que me
haya sentido nunca, y aún más por el hecho de no tener
la certeza de que aquello hubiera ocurrido realmente:
no estaba seguro de si había sido una alucinación, una
pesadilla o un hecho real. Porque mis manos estaban
limpias, y era esta incertidumbre lo que más me
atormentaba.
Hoy sin embargo estoy casi seguro de que todo pasó, y
de que me lavé en algún lugar de camino a casa, del
cual no recuerdo absolutamente nada.
A partir de ahí me hundí en una depresión de la que me
costó varios meses salir. Durante este tiempo era raro
que yo saliera más que para ir a trabajar, y no
hablaba con nadie si no era que alguien se dirigiera
primero a mí, y en este último caso usaba las palabras
justas sin alzar siquiera la vista.
Pero al final tuve que tomar una determinación para
encauzar mi vida, y así tuvo lugar al fin el primer
capítulo importante de esta obra en que tuve un papel
protagonista. Es decir, que lo que ocurrió, ocurrió
porque quise, que la decisión fue mía.
Así fue que me hice cura.
No es que me hubiera convertido, de hecho creía en
Dios tan poco como antes, y si por alguna razón de
repente se hubiera hecho la luz y viera clara su
existencia... le habría odiado.
No, la razón de que hiciera lo que hice fue que
necesitaba romper con todo, olvidar mi pasado para
librarme de las pesadas cargas que soportaba. En el
seminario me concentraba en el estudio, y esto me
ayudaba en mis objetivos. De esta manera fui
recobrando la cordura, pagando quizás un precio
demasiado alto: y es que mi existencia se tornaba de
pronto en algo completamente falso, de tal forma que
el mismo día que tomaba mis votos, renegaba por dentro
de la iglesia católica como fuente de todos aquellos
convencionalismos que yo había rechazado años antes.
Desde entonces comencé a vivir mi gran mentira: como
sacerdote celebraba la eucaristía, bautizaba a nuevas
víctimas de la moral cristiana, perdonaba a los demás
pecados que yo cometía, y trataba de convencer a la
gente de dogmas en los que yo no creía, eso sí, sin
poner mucho empeño. De toda esa época lo único que
recuerdo como algo que mereció la pena fue el periodo
que pasé como misionero en Zambia.
Pero mi historia es la ironía en estado puro. El día
en que fui investido obispo, de buena gana habría
dejado escapar una carcajada histérica en medio de la
catedral.
Y para qué seguir...
Creo que todo lo que he contado es más que suficiente
para comprender de qué manera un hombre puede tirar su
vida por la ventana, consagrándola a defender todo
aquello que siempre repudió; de qué manera los
acontecimientos pueden precipitarse a partir de un
sólo hecho crucial que uno no ha provocado; y de qué
manera el tener que convivir con una doble realidad
puede conducirnos a la única salida posible: la
locura.
¿Locura?
Bueno, tal vez... desde un punto de vista
convencional, por supuesto.
* * *
A Visconti se le cayó el alma a los pies. Había
esperado cualquier clase de excentricidad del anciano,
que ya en los últimos meses había dado muestras de una
actitud muy peculiar que siempre había sido mantenida
en secreto. Pero aquello...
-¿Saben? -comentó De Lucca-. Yo estaba presente el día
en que fue ordenado cardenal, y por la expresión de su
rostro en cierto momento, me pregunté si este hombre
creía realmente en Dios.
Ninguno de los dos respondió, absortos como estaban en
la macabra escena.
La habitación era un amplio despacho enmoquetado, con
muebles de buena madera y las paredes adornadas en
teoría con obras de arte que representaban motivos
religiosos. Pero en esta ocasión todos los cuadros
estaban vueltos del revés. También había una chimenea
con restos de ceniza y leña, pero sin fuego. Sobre la
mesa, papeles manuscritos y una pluma. En el suelo, el
cadáver.
Su mano aún aferraba el atizador que se había clavado
en el estómago y la sangre empapaba sus vestiduras
blancas.
-Bueno, habrá que comunicar... -empezó Gioberti.
-¡NO! -interrumpió Visconti-. Por lo que al mundo
respecta, Su Santidad ha muerto de viejo.
Nadie replicó.
De Lucca tomó de la mesa la primera página con el
sello del Vaticano y empezó a leer:
HISTORIA DE UNA VIDA VACÍA
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