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HISTORIAS,  NARRATIVA...


Sangre  a domicilio...

Cuando Andrés Reyes de recientes catorce años, saltó dentro de aquella casa que le pareció sin moradores, pensaba que la casa llevaba sola los pocos días que iban de las vacaciones de invierno, pero una vez adentro se maldijo por lo bajo por que al ver el interior lleno de polvo, con los muebles tapados con sábanas y un sin fin de rincones llenos de telas de araña, todas cosas que pronto le hablaron de que aquella extraña y sombría casa llevaba sola no días sino meses..., o quizás años.

Lo segundo que le ocurrió a Andrés Reyes de flamantes catorce años recién cumplidos, fue casi vomitar al sentir el asqueroso olor que flotaba casi como una niebla en aquella casa..., encendió prontamente la barata linterna que portaba, adquirida el fin de semana pasado en una miserable feria libre que eventualmente se instalaba en el también miserable barrio en que vivía el joven Andrés Reyes, en la astronómica suma de...,100 pesos, y como increíblemente ese día, su inveterado vicio de fumar pasta base de cocaína le había perdonado, o quizás dejado pasar que tenía otra moneda que no recordaba portar ese día, le había podido comprado un paquete de cuatro pilas para cargar e incluso re-cargar la linterna por el mismo precio que le había costado el pequeño ingenio chino, que ahora lanzaba un regular haz de luz al segundo piso de la casa en la comuna de Providencia, en que Andrés Reyes pretendía emprender su nueva “carrera delictual”, ya que estaba algo aburrido de su ocupación de “robo con sorpresa”, ya no quería seguir siendo un “lanza”, ahora con un robo a un “lugar no habitado” quería “progresar” a ser “monrrero”.

Ya en pie, Andrés Reyes, observo el lugar bajo la luz de su barata linterna china, se encontraba en una habitación de regular tamaño, solo que al recién estrenado ladrón de casas, le pareció inmenso, por estar acostumbrado a sobrevivir en un departamento entregado por el gobierno, con tan poco espacio que cabrían fácilmente dos de aquellos departamentos gubernamentales en la habitación en que ahora se encontraba, Andrés Reyes se sentía mareado por el apestoso olor de aquel lugar, mezcla de encierro – “azumagado” diría la joven madre de Andrés Reyes- y mugre y además pensaba el joven ladrón , también flotaba junto al hedor del lugar, el vomitivo olor a..., carne putrefacta.
Sudando frío, Andrés Reyes se animo por fin a entrar en los interiores de la casa que creía “vacía”, alumbro un obscurísimo pasillo y por primera vez en aquella noche sintió el deseo imperioso de simplemente huir de ahí, temblaba al ver las imágenes que contenían unos cuadros que descubrió colgados en las murallas de aquel pasillo, ahora, si el ignorante Andrés Reyes de actuales catorce años como dijimos prácticamente recién cumplidos, hubiera hipotéticamente completado su educación básica, (Andrés Reyes solo había llegado al quinto básico), quizás hubiera escuchado al menos el apellido Goya, y si seguimos imaginando quimeras, si Andrés Reyes a pesar de su marginalidad, y de su adición casi en su niñez a la heroína sudaca, la pasta base, hubiera logrado llegar a cursar algunos cursos de la educación media, posiblemente conocería algunos de los cuadros que ahora contemplaba y que le llenaban de terror..., pero el estómago le dolió de pronto , no de miedo, ni de la eterna compañera de nombre hambre, sino que de su quizás prima, llamada adicción, y ella pudo más que sus miedos y le llevo a caminar por el siniestro pasillo oscuro, alumbrándose con la luz incierta de su linterna china. 
Andrés Reyes se vio de pronto recordando las cosas más tristes de su corta niñez, el abandono paterno casi al nacer, tal como le había ocurrido a su madre con sus otros cuatro hijos y sus padres, de sus dos hermanos y hermanas, solo una de ellas, evangélica , “canuta” le decían todos en su casa, estaba libre y llevando una vida relativamente“normal”, sus dos hermanos cayeron primero detenidos algunas veces por pequeños robos, al fin fueron encarcelados luego de que sus delitos aumentaron en peligrosidad, el mayor solo duro un año de su condena de cinco ya que un buen día en la penitenciaria de Santiago, dos “sablazos”, con armar hechizas, construidas por los mismos internos en el penal, terminaron con su vida a los veintiocho años, el segundo hermano actualmente de veintitrés años, aun permanece cumpliendo condena por un robo a una empresa de muebles, en donde resulto muerto un guardia del lugar y herido un policía, su hermana mayor, de veinte años ejerce regularmente de puta en el centro de la ciudad y como se dijo, solo su hermana evangélica, casada a los dieciséis con un tipo de veintiocho, esta felizmente casada, según lo que ella considera que significa ese estado, ya que para ella vivir en una “mediagua” con su marido pastor, tres niños de otras parejas del pastor y otro de ella en camino, comiendo un día si y otro no, es estar “felizmente casada”, eso si , y como ella siempre dice todas estas maravillas son gracias a la “ayuda del señor y Jesús”.
Andrés Reyes recién comprendía que el hacerse ladrón de casas, solo era su forma de tratar de sobrevivir en un mundo que le negaba todo..., según lo entendía ahora, y que solo le dejaba la adicción, como suicidio y libertad, mordió fuerte y se toco y sobo su plano estómago porque otra dolorosa contracción , le volvía a recordar que el no estaba ahí esa noche para filosofar, ni para pensar en sus problemas, solo estaba ahí para robarse lo que fuera que pudiera vender para poder satisfacer a su vicio.
Casi suspirando por su puta suerte de niño marginal y drogodependiente, Andrés Reyes, continuo su camino por entre las sombras del pasillo de la casa que según el estaba “vacía”, llego hasta unas escaleras y descendió presuroso hasta el que presumía debía ser el living del lugar, las sombras le parecieron más densas al llegar a bajo y sorprendido noto que a la luz de su baratija china que llamaba linterna, se notaba claramente que el color de esa como niebla que se veía casi a ras de piso, era de color “verde”.
Cada vez más aterrado, Andrés Reyes, ilumino hacía el fondo del imponente salón que era el living de aquella lóbrega casa y vio un ataúd que reposaba sobre cuatro pilares y flanqueado por cuatro soportes de velas, que se encontraban naturalmente apagadas en sus cuatro costados.
A Andrés Reyes, luego de este descubrimiento le chocaban las rodillas y la mano que sostenía la pequeña importación china que le alumbraba le temblaba ahora si producto del miedo y no por la adicción , se le vinieron de pronto a su mente atropelladamente todos los recuerdos de ataúdes que guardaba en su sub-conciente, desde el barato y casi de plumavit en que enterraron a su hermano muerto de la cárcel, hasta los elegantes y de caoba que el no conocería jamás como una madera noble, en que enterraban a los vampiros que había visto algunas veces en la películas que pasaban por la televisión abierta cada tanto, sin embargo, no pudo dominar el impulso de acercarse al féretro, solo cuando estuvo a unos pasos noto que el ataúd no tenía tapa alguna.
Empinándose algo en sus deterioradas zapatillas, Andrés Reyes pudo alumbrar el interior del ataúd, y su faz ya pálida de por si por su hambre sempiterna y su vició de fumar pasta base de cocaína, se volvió ahora de un blanco marmóreo, porque en el interior del ataúd unos ojos rojos y malignos le dejaron petrificado de espanto al piso, luego el sonido de una ronquísima carcajada hizo correr sus esfínteres y por último la especie de zarpa que cayo en su hombro derecho y que comenzó a apretárselo en forma brutal le hizo dar un alarido.
Andrés Reyes, de catorce mal vividos años dejo este mundo cuando el Doctor Mortis había bebido más de la mitad de su sangre, por fin cuando nada de ella quedo en sus venas, el siniestro Doctor, chasqueo de gusto su lengua y soltó el cuello de su presa, que cayó pesadamente al suelo polvoso de la casa en Providencia, que no estaba tan vacía como pensaba el ahora, difunto Andrés Reyes, mientras el Doctor Mortis ordeno sus pensamientos y decidió que dado el inesperado regalo de sangre fresca a domicilio, bien podía quedarse una noche sin levantarse y volver a sumergirse en la nada totalmente satisfecho y sonriente cerro nuevamente sus brillantes ojos.

FIN


Por Barnabas
alfayaram666@yahoo.es 

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  ® 2008

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