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"Debo crear un sistema o permanecer
esclavizado por los de otros".

William Blake
Por
Vicente Fatone
El niño
William Blake escandalizaba a sus padres con los
relatos que del jardín o de la calle traía: acababa de
ver un coro de ángeles, una procesión de hadas. Con
los años fue poniendo más énfasis en la afirmación de
sus aventuras: no veía ángeles sino demonios y hasta
había entablado relaciones personales con algunos de
ellos. Ya anciano, reincidió diariamente; y en sus
últimos momentos, después de entonar cantos de dicha y
de alabanza, llamó a su esposa para advertirle: estos
cantos no son míos, no son míos.
Los aficionados a la psicología han resuelto muy
fácilmente este problema de William Blake: el poeta y
grabador inglés era un alucinado, pues la alucinación
consiste en una percepción sin objeto que la
determine. Pero William Blake era un artista, y sus
alucinaciones no consistieron en meras "percepciones
sin objetos": tenían un sentido. Y eso fue lo que
William Blake se empeñó en mostrar y demostrar. "No
miro con los ojos; miro a través de ellos",- decía-
escandalizando ahora a los académicos que rechazaban
sus versos y sus grabados. Era lógico, pues, que
William Blake prefiriese invocar el testimonio de los
niños quienes ven a las hadas y a los ángeles.
Una mañana, el Niño sentado en una nube le dijo:
"Canta tus cantos de perfecta dicha... El canto del
Cordero." Y Blake escribió sus "Cantos de inocencia"
para que todos los niños, al oírlos, se alegrasen. En
esos cantos la inocencia está representada por la
perfecta dicha que aún no ha envejecido lo suficiente
para tener nombre: la del recién nacido. Pero esa
dicha formula de pronto preguntas y reclama
respuestas. Nace la experiencia, y con ella los nuevos
cantos del poeta: "Tigre, ¿qué mano, qué ojo inmortal
formó tu tremenda simetría?" El tigre, el insecto, la
oruga; siempre motivos próximos a la dicha perfecta
del niño sin nombre; los pájaros del cielo y los
lirios del valle. Siempre la pequeña criatura que se
presentará más tarde en las formas del gusano,
provocando el asombro de Thel:
Art thou a Worm? Image of weakness, art thou but a
Worm?
I see thee like an infant wrapped in the Lilly´s leaf.
Is this a Worm? I see thee lay helpless and naked,
weeping,
And none to answer, none to cherish thee with mother´s
smiles.
* * *
William Blake hizo algo más que proyectar imágenes: se
proyectó él mismo, y fue a colocarse en los planos
irreales que eran los de sus imágenes. Se trasladó más
allá de las cosas, volviéndose súbitamente para
sorprenderlas como podían sorprenderlas los académicos
de fines del siglo XVIII. Pudo, así, ofrecer lo que
para todos era invisible. Su "Crucifixión" es el mejor
ejemplo de ello. Nadie había ido, hasta entonces, a
colocarse detrás de la Cruz. Desde allí no se ve a
Cristo: apenas si son visibles los brazos, pero se
descubre en cambio, en su mayor intensidad, el
símbolo: el dolor de María es más grande, y el
tribunal del mundo, mostrado en la contemplación de su
propio crimen, es más repulsivo. De la misma manera
sorprendió Blake al Ángel que removía la piedra del
Sepulcro, y a Jesús en la Ascensión, y a Thel que
interrogaba al gusano envuelto en hojas de lirios. Ni
el Ángel, ni Thel están "posando" para el artista: ni
Jesús ni María son figuras. Blake ha buscado en ellos
la "forma", esa forma que los viejos filósofos no
reconocían sino en la vida misma y nunca en el
simulacro. (La mano de la estatua - decía Aristóteles
- tiene la figura pero no la forma de nuestra mano.)
Esta preocupación de Blake se advierte,
definitivamente, en su visión del Nacimiento, donde
sentía la necesaria presencia del Espíritu Santo por
cuya obra y gracia había sido posible el misterio. El
Niño está suspendido en el aire junto al regazo de la
Virgen transida y envuelto en una luz que es la misma
del cielo.
El arte era, para Blake, un medio que permitía la
comunicación de los hombres con el paraíso, es decir
una plegaria. Sus "formas" se mueven en los dos
elementos más familiarizados con la altura: el viento
y el fuego. Del fuego se ha dicho que nadie, en
Europa, nunca ha conseguido pintarlo tan
"espléndidamente". El viento que invade las formas de
los hombres, que las curva, las concentra, las
humilla, tiene en sus dibujos el valor de un símbolo:
despoja a los hombres de toda soberbia; y la actitud
de quienes rezan es en los dibujos de Blake, la que la
plegaria cristiana exige: "Hágase tu voluntad."
William Blake afirmó que no se podía ser artista sin
ser cristiano. Y dio a entender que el mundo es
indigno de los artistas porque no sabe merecer a los
cristianos. En su inocencia no sospechó que es difícil
ser artista permanentemente; y se creyó
permanentemente cristiano. Lo fue por momentos; cuando
exigía "un Rey, un Dios, una Ley"; cuando vistió al
hombre desnudo y le dio de comer al hambriento, y aún
más cuando renunció a todo lo que manos generosas le
ofrecían, porque esas manos le obligaban a renunciar
al pan espiritual. Fue cristiano cuando se alejó del
mecenas Hayley, que le ahorraba todas las privaciones
imponiéndole la privación de su arte; cuando
comprendió que sólo una cosa era necesaria y que el
sacrificio de lo perecedero era la conquista de lo
imperecedero. En uno de esos momentos pudo decir:
- No necesito nada. "I am quite happy." ¡Completamente
feliz!
* * *
Se ha querido ver en su pensamiento y en su obra la
influencia de Swedenborg, el sabio que sin ser artista
ni santo se abandona súbitamente a la contemplación
alucinada. Pero Blake estuvo lejos de Swedenborg. A
pesar de sus alusiones a lo diabólico era un niño, y
la inocencia lo salvó como artista y como hombre. Se
dijo amigo del demonio, pero tuvo un solo amigo: su
esposa; y no pensaba en los espíritus infernales
cuando en sus últimos momentos, llamó a su Catherine y
le murmuró al oído: "Eres un ángel." Contra las
turbias concepciones de Swedenborg Blake fue claro y
preciso. Swedenborg tenía la soberbia de los
fundadores de sectas, de los ángeles caídos, porque
"creía que todos eran unos hipócritas y sólo él un
hombre religioso." La obra de Swedenborg nada valía,
porque "cualquier hombre con habilidad meramente
mecánica hubiera podido extraer de los libros de
Paracelso y de Böhme diez mil volúmenes iguales a los
suyos"; y de las obras de los grandes poetas- Dante,
Shakespeare- se podría extraer un número infinito.
Aunque hablase de los demonios, aunque se declarase
amigo de ellos, se sabía cerca de los ángeles y de los
artistas (de los cristianos, ya que artista y
cristiano eran, para él, sinónimos.)
William Blake no creyó tampoco en la realidad de sus
imágenes. Mejor: no las creyó suyas, y por eso las
creyó reales. Esas imágenes tenían realidad exterior,
concreta, independiente. Sostuvo, sí, que lo físico no
era la última realidad: que detrás de ella había otra,
preferible. Por eso no quería ver la luz, en la luz:
veía ángeles; y alguna vez, para mostrar esta realidad
a los incrédulos, pintó un arco iris que era una
teoría de querubines. Siempre inocente, fue Jacobino,
porque también en lo político miraba a través de sus
ojos: supuso que con la caída de los Luises
terminarían, para siempre, los leones y los lobos. Su
visión del mundo es la del Cordero: la del Niño que le
ordenó cantar sus "Songs of Innocence".
* * *
Se inició dibujando las tumbas de la abadía de
Westminster, y descubrió entonces dos realidades: la
Edad Media y Albión; pero esas dos realidades eran
vislumbres de otras más amplias: la Biblia y
Jerusalén. Alucinado pero artista, quiso construir un
nuevo pasado, recurriendo al mito, y así escribió sus
libros más "obscuros" y pintó sus cuadros más
"extraños". Para un artista, la construcción no puede
ser una actividad mecánica: construir es siempre
crear; lo contrario de la creación es precisamente el
procedimiento de quienes extraen el futuro partiendo
del presente: ése es el procedimiento de los sabios,
cuyos problemas parten de datos que implican o
condicionan ya la solución. La verdadera creación
tiene ya un modelo: Dios, que creó de la nada. Y Blake
quiso imitar a Dios, recrear el mundo. Para ello -
pues era partir de la nada - recurrió al mito y
revivió los días primeros en que el surgimiento de la
sombra humana hizo que la eternidad "fuese recorrida
por un alarido y suspendida por un ataque de
parálisis". Toda su obra se resolvió, al fin, en mitos
y en símbolos equívocos. Lo obscuro, lo extraño de
esos mitos y símbolos es en Blake también una forma de
humildad: la humildad ante el misterio. (*)
Vicente Fatone
(*) Fuente: Vicente Fatone, "William Blake", publicado
en La Nación del 1 / 01 / 1939 con el seudónimo de
Luis Vivot.
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