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LOS
AMADOS MUERTOS
H.
P. LOVECRAFT & C. M. EDDY
Es
media noche. Antes del alba darán conmigo y me
encerrarán en una celda negra, donde languideceré
interminablemente, mientras insaciables deseos roen
mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin
uno con los muertos que amo.
Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi
pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada
por los siglos implacables; mi única luz es la de las
estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo
ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi
alrededor, como sepulcrales centinelas guardando
descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas
yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en
descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el
enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero
chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de
una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el
nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda
tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo.
Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un
silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo
espantoso.
De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en
alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que
se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma
escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada
sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido
corazón con júbilo delirante... ¡Porque la
presencia de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona
apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido,
enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido
ensimismamiento, fui relegado por los muchachos
saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban
de aguafiestas y "vieja" porque no me
interesaban los rudos juegos infantiles que ellos
practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor
para participar en ellos, de haberlo deseado.
Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su
cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus
imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento
letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me
comparaban con mis padres agitando la cabeza con
ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos
de los más supersticiosos me señalaban abiertamente
como un niño cambiado por otro, mientras que otros,
que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la
atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca
de un tataratío que había sido quemado en la hoguera
por nigromante.
De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores
oportunidades para encontrar amistades, quizás
hubiera superado esta temprana tendencia al
aislamiento.
Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más
sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de
alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba
mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis
actividades y me sumía en una inexplicable
insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí
a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un
suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad
era señalada por la longevidad de sus habitantes.
Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan
conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que
el pueblo entero acudiría en masa para rendir el
debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba
la próxima ceremonia con interés ni siquiera
latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de
mi inercia habitual sólo representaba para mí una
promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo
ante las presiones de mis padres, y tratando de
hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud
poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada
fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la
voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto,
recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de
tales ocasiones.
Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con
sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de
fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por
parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi
normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi
momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre,
la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía
el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte.
Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de
arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al
contrario, me pareció que el abuelo estaba
inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me
sentí sacudido por algún extraño y discordante
sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me
envolvió que apenas puedo determinar su llegada.
Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso,
me parece que debe haberse originado con mi primer
vistazo a la escena del funeral, estrechando
silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una
funesta y maligna influencia que parecía provenir del
cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación.
Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática
y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis
ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del
difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi
corazón dio un repentino salto de júbilo impío
batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca,
como tratando de librarse de las acotadas paredes de
mi caja torácica.
Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me
envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal
me devolvió a la actividad. Había llegado con pies
de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé
de él con vitalidad recién descubierta.
Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico
inundado de místicas influencias vivificantes. Era
como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico
elixir... alguna abominable poción preparada con las
blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La
población estaba tan volcada en la ceremonia que el
radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para
todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la
quincena siguiente, los chismosos locales encontraron
nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi
alterado comportamiento. Al final de la quincena, no
obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder
efectividad. En uno o dos días había vuelto por
completo a mi languidez anterior, aunque no era total
y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una
total ausencia del deseo de superar la inactividad;
ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban.
De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre,
y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más
propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la
verdadera causa de mi reanimación, me hubieran
rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras
mi corto periodo de alegría, me habría aislado para
siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años
en penitente soledad.
Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí
que, a pesar de la proverbial longevidad de mis
conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron
la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en
un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan
genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente
sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese
casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis.
De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez
latió con velocidad galopante enviando la sangre
caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor.
Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción,
sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más
horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara
mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el
alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía
saturar el aire de la estancia oscurecida.
Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles
cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era
como el delirio provocado por las drogas y que pronto
pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder
maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de
lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya
enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña
maldición satánica, la muerte era la fuerza motora
de mi vida, que había una singularidad en mi
constitución que sólo respondía a la espantosa
presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más
tarde, frenético por la bestial intoxicación de la
que la totalidad de mi existencia dependía, me
entrevisté con el único enterrador de Fenham y le
pedí que me admitiera como aprendiz.
El golpe causado por la muerte de mi madre había
afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber
sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de
mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente.
En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un
momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de
imaginar que sería el objeto de mi primera lección
práctica!.
También el murió bruscamente, por culpa de alguna
afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi
octogenario patrón trató por todos los medios de
disuadirme de realizar la inconcebible tarea de
embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor
entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que
aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser
capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados
pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión
mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel
cuerpo sin vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un
amor más grande - con mucho - que el que más hubiera
sentido hacia él cuando estaba vivo.
Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído
bastantes bienes mundanos como para ser lo
suficientemente independiente. Como su único
heredero, me encontré en una especie de paradójica
situación. Mi temprana juventud había sido un
fracaso total en cuento a prepararme para el contacto
con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham,
con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para
mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes
anulaba el único motivo que me había hecho buscar
empleo.
La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil
de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una
ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de
aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve
problemas para lograr una buena colocación como
asistente de la Gresham Corporation, una empresa que
mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad.
Incluso logré que me permitieran dormir en los
establecimientos... porque ya la proximidad de la
muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.
Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era
demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y
pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.
Cada cadáver nuevo traído al establecimiento
significaba una promesa cumplida de impío regocijo,
de irreverentes gratificaciones, una vuelta al
arrebatador tumulto de las arterias que transformaba
mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada
satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar
los días que no traían muertos en los que
refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de
los abismos inferiores para que dieran rápida y
segura muerte a los residentes de la ciudad.
Llegaron entonces las noches en que una sigilosa
figura se deslizaba subrepticiamente por las
tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como
boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se
oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva
figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba
esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada
en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de
merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a
su clientela ávida de sensación los detalles de un
crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso
morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo
de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y
extravagantes.
Con todo, yo sentía una suprema sensación de
seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría
que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte
presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos -
abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar
a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba
cada crimen con astucia demoníaca, variando el método
de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de
un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de
cada incursión nocturna era una extática hora de
placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado
por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más
tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso
de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese
doble t postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo
escaso y delicioso!
Durante las largas noches en que buscaba el refugio de
mi santuario, era incitado por aquel silencio de
mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de
prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los
muertos que me daban vida!
Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano
de lo habitual... llegó para encontrarme tendido
sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso,
¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y
desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de
entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó
de mis salaces sueños.
Educada pero firmemente, me indicó que debía irme,
que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un
largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio
exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado
profundamente afectada por la funesta atmósfera del
lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos
que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui
suficientemente juicioso como para ver que el
responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi
potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que
invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis
actos.
Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en
un lugar por miedo a que algún acto abierto
descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de
ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos
de cadáveres, rondé cementerios, hasta un
crematorio... cualquier sitio que me brindara la
oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto
anhelaba.
Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los
primeros en alistarme y uno de los últimos en volver,
cuatro años de infernal osario ensangrentado...
nauseabundo légamo de trincheras anegadas de
lluvia...mortales explosiones de histéricas
granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes
frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales
humaredas de gases venenosos... grotescos restos de
cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de
trascendente satisfacción.
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver
a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más
tarde, me encontré recorriendo los familiares y
apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas
granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que
los años habían deparado un retroceso igual en la
propia ciudad. Apenas había un puñado de casas
ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo
considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido
por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos
terrenos de detrás, todo era una muda confirmación
de las historias que había obtenido con ciertas
indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho
disoluto que arrastraba una mísera existencia con las
faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía
hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que
compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que
envolvía los ambientes de mi juventud había
desaparecido totalmente; así, acuciado por algún
temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.
Aquí, también los años habían traído cambios,
aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis
recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de
su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente
busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo
que aún existía, pero con nombre desconocido y un
"Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la
epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham,
mientras que los muchachos estaban en ultramar.
Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo.
Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto
recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto
de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me
aseguró la inmediata recolocación.
Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches
escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable
deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a
un lado la precaución, lanzándome a otra serie de
condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla
dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes,
comparándolos con las rojas semanas de horror que habían
pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía
lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados
pliegues...¡nada!
Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta
ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos
entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba
suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me
aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a
proseguir.
Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose
progresivamente insensible a cualquier otra influencia
que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos
anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas
escapadas, pequeños detalles de vital importancia
para identificarme. De cierta forma, en algún lugar,
dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás...
no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí
lo suficiente como para volver la marea de sospechas
en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así
era incapaz de contener la imperiosa demanda de más
muerte para acelerar mi enervado espíritu.
Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato
de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz
sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una
ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un
ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el
bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía
abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la
ventana con una silla, agradeciendo al destino haber
elegido uno de los distritos más pobres como morada.
Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras
vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta.
Huí saltando inseguras vallas, a través de
mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas
destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas.
Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se
alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos
60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham.
Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente
a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza
por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos
troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se
extendían como brazos grotescos tratando de
estorbarme con su burlón abrazo.
Los diablos de las funestas deidades a quienes había
ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado
mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una semana más tarde, macilento, empapado y
demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y
medio de Fenham. Había eludido por fin a mis
perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de
que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota
la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras
la primera y frenética noche, no había oído sonido
de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos
entre la maleza. Quizás habían decidido que mi
cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había
desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.
El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la
sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero,
con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi
famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo
encontraba en la proximidad de los muertos. Las
ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos.
No podía engañarme demasiado con el pensamiento de
que tal deseo era un simple capricho de la imaginación.
Sabía que era parte integral de la vida misma, que
sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní
todas mis restantes energías para aplicarme en la
tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del
peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a
explorar contorneando las protectoras sombras como un
fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña
sensación de ser guiado por algún invisible acólito
de Satanás.
Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó
durante un instante al encontrarme ante mi domicilio
natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su
lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las
podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa.
Un momento más tarde había alzado una de las
destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar.
Escuché durante un instante, con los sentidos alerta
y los músculos listos para la acción. El silencio me
recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares
estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos
indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis
sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis
anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba.
Como una pantera, me acerqué a la tendida forma
sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el
niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar.
Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su
garganta...
Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una
renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos
cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que
la brillante luz del día invadió mi escondrijo que
visualicé las inevitables consecuencias de la
temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos
debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de
los policías rurales seguramente relacionaría la
tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además,
por primera vez había sido lo bastante descuidado
como para dejar alguna prueba tangible de identidad...
las huellas dactilares en las gargantas de mis
recientes víctimas. Durante todo el día temblé
preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de
una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes
imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la
oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en
los bosques de más allá. Antes del alba tuve el
primer indicio definido de la renovada persecución...
el distante ladrido de los sabuesos.
Me apresuré a través de la larga noche, pero durante
la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza
menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la
persistente llamada de la perturbadora maldición y
supe que me derrumbaría de no volver a experimentar
la exótica intoxicación que sólo llegaba en la
proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en
un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea
recta, la medianoche me encontraría en el cementerio
donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi
única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta
meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a
los demonios que dominaban mi destino, me volví
encaminando mis pasos en la dirección de mi último
baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde
que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una
eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una
espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este
descuidado paraje es como incienso para mi doliente
alma!
Los primeros reflejos del alba clarean en el
horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el
todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de
minutos que me encuentren y me aparten para siempre
del resto del mundo, ¡para perder mis días en
anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con
los muertos que amo!
¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta!
Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho
mejor - que los interminables meses de indescriptible
miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que
algún alma pueda quizás entender por qué hice lo
que hice.
¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi
bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja
ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz
de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca
izquierda y la liberación está asegurada... cálida,
la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las
carcomidas y decrépitas lápidas... hordas
fantasmales se apiñan sobre las tumbas en
descomposición... dedos espectrales me llaman por señas...
etéreos fragmentos de melodías no escritas en
celestial crescendo... distantes estrellas danzan
embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un
millar de diminutos martillos baten espantosas
disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico
cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus
desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras
lenguas de invisible llama estampan la marca del
Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir...
más...
(1) un río de fuego, uno de los cinco que existen en
el Hades
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