V.
La carta de advertencia:
-¿Sabes
Austin -dijo Villiers, mientras ambos amigos paseaban
serenamente a lo largo de Picadilly una agradable
mañana de mayo- sabes que estoy convencido que lo que
me contaste acerca de Paul Street y de los Herberts es
un mero episodio de una historia extraordinaria?
Además, debo cofesarte que cuando te pregunté por
Herbert hace unos meses atrás, recién me lo había
encontrado.
-¿Lo
habías visto? ¿Dónde?
-Me
pidió limosna una noche en la calle. Se encontraba en
la condición más lamentable, pero reconocí al
hombre y lo tuve contándome su historia, o por lo
menos un esbozo de ella. En resumen, llegó a lo
siguiente: había sido arruinado por su mujer.
-¿De
qué forma?
-No
me lo dijo; sólo dijo que ella lo había destruido,
en cuerpo y alma. El hombre está muerto ahora.
-¿Y
que fue de su mujer?
-Ah,
eso es lo que me gustaría saber, y pretendo
encontrarla tarde o temprano. Conozco a un hombre
llamado Clarke, un tipo seco, de hecho, un hombre de
negocios, pero suficientemente despierto. Tú
comprendes a lo que me refiero, no despierto en el
mero sentido comercial de la palabra, sino que un
hombre que realmente sabe algo acerca del hombre y la
vida. Bueno, le expuse el caso y realmente se
impresionó. Dijo que necesitaba ser considerado y me
pidió que volviera en el transcurso de una semana.
Pocos días después, recibí esta extraordinaria
carta.
Austin
tomó el sobre, extrajo la carta y leyó con
curiosidad. Decía lo siguiente:
"MI
QUERIDO VILLIERS, he pensado en el caso sobre el cual
me consultaste la otra noche, y mi consejo es el
siguiente. Arroja el retrato al fuego, borra la
historia de tu mente. Nunca le dediques otro
pensamiento, Villiers, o te arrepentirás. Pensarás,
sin duda, que poseo alguna información secreta, y
hasta cierto punto ese es el caso. Pero sólo conozco
un poco; sólo soy como un viajero que ha atisbado
sobre el abismo y se ha retirado con horror. Lo que
sé, es suficientemente extraño y terrible, sin
embargo, más allá de mi conocimiento hay
profundidades y horrores aún más espantosos, más
increíbles que cualquier cuento narrado una noche de
invierno junto al fuego. He resuelto no explorar ni un
ápice más allá, y nada conmoverá tal resolución,
y si valoras tu felicidad tomarás la misma
determinación.
Ven
a verme de todos modos; pero hablaremos de temas más
alegres que éste.
Austin
dobló metódicamente la carta, y se la devolvió a
Villiers.
-Ciertamente
es una carta particular -dijo- ¿a qué se refiere el
hombre con el retrato?
-¡Oh!
Había olvidado mencionar que estuve en Paul Street e
hice un descubrimiento.
Villiers
relató su historia como lo había hecho con Clarke,
miestras Austin escuchaba en silencio. Parecía
intrigado.
-¡Qué
curioso que experimentaras una sensación tan
desagradable en aquella habitación! -dijo
finalmente-. Difícilmente creo que haya sido una mera
cuestión de la imaginación; en resumen, un
sentimiento de repulsión.
-No.
Era más físico que mental. Era como si en cada
inhalación, respirara alguna emanación mortífera,
que parecía penetrar en cada nervio, hueso y tendón
de mi cuerpo. Me sentí tironeado de pies a cabeza,
mis ojos comenzaron a oscurecerse, fue como la entrada
a la muerte.
-Sí,
sí, realmente muy extraño. Como ves, tu amigo
confesó que hay una historia muy oscura conectada con
esta mujer. ¿Percibiste alguna emoción particular en
él cuando le relatabas tu experiencia?
-Sí.
Se puso muy débil, pero me aseguró que no era más
que un ataque pasajero de los cuales era objeto.
-¿Le
creíste?
-En
el momento lo hice, pero ahora no. Escuchó lo que yo
tenía que decir con bastante indiferencia, hasta que
le mostré el retrato. Entonces fue cuando el ataque
del que hablo le sobrevino. Te aseguro que lucía
cadavérico.
-Entonces
debe haber visto a la mujer alguna vez. Sin embargo,
puede haber otra explicación; puede haber sido el
nombre y no el rostro, el que le era familiar. ¿Qué
crees tú?
-No
podría decírtelo. Hasta donde creo, fue luego de
voltear el retrato en su mano que casí se cae de la
silla. El nombre, como sabes, estaba escrito en la
parte de atrás.
-¡Correcto!
Después de todo, es imposible llegar a una
conclusión en un caso como este. Odio el melodrama, y
nada me choca más que la trivialidad y el tedio de
las historias comerciales de fantasmas; pero
Villiers,realmente parece que hay algo muy extraño en
en fondo de todo esto.
Sin
darse cuenta, los dos hombres habían doblado por
Ashley Street, dirigiéndose al norte de Picadilly.
Era una calle larga, y más bien sombría, mas aquí y
allá, un gusto más brillante había iluminado las
oscuras casas con flores, y cortinas alegres, y una
agradable pintura en las puertas. Villiers observaba
al tiempo que Austín terminaba de hablar, y miró una
de aquellas casas; de cada alféizar colgaban
geranios, rojos y blancos y cada ventana estaba
cubierta con cortinas de color narciso.
-Se
ve alegre, ¿no te parece? -dijo.
-Sí,
y el interior es aún más alegre. Una de las casas
más agradables de la temporada, así he oído. Yo
mismo no he estado allí, pero he conocido a varios
hombres que sí lo han hecho, y me cuentan que es
notablemente jovial.
-
¿De quién es la casa?
-De
una tal señorita Beaumont.
-¿Y
quién es ella?
-No
sabría decirte. He escuchado que viene de Sud
América, pero después de todo, quién es ella es de
poca importancia. Es una mujer muy rica, no cabe duda
de ello, y algunas de las personas más distinguidas
se han asociado con ella. He escuchado que posee un
claret espléndido, un vino verdaderamente
maravilloso, que debe haberle costado una suma
fabulosa. Lord Argentine me estaba contando al
respecto; estuvo allí la tarde del domingo pasado. Me
ha asegurado que nunca había probado un vino como ese
y, como sabes, Argentine es un experto. A propósito,
eso me recuerda, debe ser una mujer del tipo singular,
esta señora Beaumont. Argentine le preguntó acerca
de la antiguedad del vino y, ¿qué crees que le
respondió?. "Al rededor de unos mil años,
creo". Lord Argentine pensó que lo estaba
engañando, tú sabes, pero cuando se río ella le
dijo que hablaba totalmente en serio y le ofreció
mostrarle la jarra. Por supuesto que luego de eso no
pudo decir nada más; pero me parece algo anticuado
para una bebida, ¿no te parece? Bueno, ya llegamos a
mis habitaciones. ¿Quieres pasar?
-Gracias,
creo que lo haré. No he visto la tienda de
curiosidades hace un buen tiempo.
Era
una habitación ricamente amoblada, aunque
extravagantemente, donde cada jarrón, armario y mesa,
y cada alfombra, jarra y ornamento parecían ser una
cosa aparte, preservando cada una su propia
individualidad.
-¿Algo
fresco últimamente? -dijo Villiers luego de un rato.
-No;
creo que no. ¿Ya viste esos cántaros extraños, no
es cierto? Me lo imaginaba. No creo haberme topado con
nada durante las últimas semanas.
Austin
examinó la pieza de aparador en aparador, de estante
a estante, en busca de alguna nueva rareza.
Finalmente, sus ojos se posaron sobre un extraño
cofre, agradable y exquisitamente tallado, que se
encontraba en una oscura esquina del cuarto.
-Ah
-dijo- lo estaba olvidando, tengo algo que mostrarte.
Austin abrió el cofre, extrajo un grueso volumen
empastado, lo dejó sobre la mesa, y retomó el
cigarro que había dejado a un lado.
-Villiers,
¿conociste a Arthur Meyrick, el pintor?
-Algo.
Lo vi una o dos veces en la casa de un amigo mío.
¿Qué ha sido de él? No he escuchado la mención de
su nombre por algún tiempo.
-Murió.
-¡Díos
mío! Tan joven, ¿verdad?
-Si,
tenía sólo treinta cuando murió.
-¿De
qué falleció?
-No
lo sé. Era un íntimo amigo mío, y un tipo realmente
bueno. Acostumbraba a venir y hablar conmigo durante
horas, era uno de los mejores conversadores que he
conocido. Incluso podía hablar de la pintura, y eso
es más de lo que se puede decir de la mayoría de los
pintores. Hace aproximadamente dieciocho meses
comenzó a sentirse estresado, y en parte siguiendo mi
consejo, se embarcó en una especie de expedición
errante, sin un final ni un objetivo muy definidos. Me
parece que Nueva York sería uno de sus primeros
puertos, pero nunca supe de él. Hace tres meses
recibí este libro, acompañado de una cortés nota de
un doctor inglés trabajando en Buenos Aires,
afirmando que había atendido al fallecido señor
Meyrick durante su enfermedad, y que el difunto había
expresado el intenso deseo de que el paquete sellado
debía serme enviado luego de su muerte. Eso era todo.
-¿Y
no escribiste para pedir nuevos pormenores?
-He
pensado en hacerlo. ¿Tú me aconsejarías escribirle
al doctor?
-Ciertamente.
¿Y el libro?
-Estaba
sellado cuando lo recibí. No creo que el doctor lo
haya mirado.
-¿No
es algo muy extraño? ¿Era Meyrick un coleccionista?
-No,
no lo creo, difícilmente un coleccionista. Dime,
¿qué es lo que piensas de estas vasijas Ainu?
-Son
singulares, pero me gustan. Pero, ¿no me vas a
mostrar el legado del pobre Meyrick?
-Si.
Sí, por cierto. Lo que sucede es que es un objeto
bastante peculiar y no se lo he mostrado a nedie. Si
yo fuera tú, no diría nada al respecto. Aqui está.
Villiers
cogió el libro y lo abrió a azar.
-No
es un volumen impreso, entonces -dijo.
-No.
Es una colección de dibujos en blanco y negro hechos
por mi pobre amigo Meyrick.
Villiers
dio vuelta la primera página, estaba en blanco; la
segunda llevaba una pequeña inscripción que decía:
"Silet
per diem universus, nec sine horror secretus est;
lucet mocturnis ignibus, chorus Aeipanum undique
personatur: audiuntur et cantus tibiarum, et tinnitus
cymbalorum per oram maritimam".
En
la tercera página había un diseño que sobresaltó a
Villiers y miró imediatamente a Austin; éste miraba
abstraidamente por la ventana. Villiers volteó
página tras página, absorto, a pesar de sí mismo,
en las epantosas Noches de Walpurgis de la maldad, una
maldad extraña y monstrousa, que el artista había
plasmado en duro blanco y negro. Las figuras de
Faunos, Sátiros y Aegipos bailaban frente a sus ojos,
la oscuridad de la espesura, la danza en las cumbres,
las escenas de costas solitarias, en verdes viñedos,
en lugares desiertos y rocosos, pasaron fente a él:
un mundo frente al cual el alma humana se retrae y se
estremece. Villiers pasó rápidamente las páginas
restantes; había visto suficiente, mas el dibujo de
la última págna captó su mirada, cuando casi
cerraba el libro.
-¡Austin!
-Bueno,
¿qué sucede?
-¿Sabes
quién es?
Era
el rostro de una mujer, sola en la página blanca.
-¿Que
si la conozco? No, por supuesto que no.
-Yo
sí.
-¿Quién
es?
-Es
la señora Herbert.
-¿Estás
seguro?
-Estoy
perfectamente seguro de ello. ¡Pobre Meyrick! Es un
capítulo más en su historia.
-¿Qué
te parecen los diseños?
-Son
terribles. Sella el libro nuevamente, Austin. Si yo
fuera tú, lo quemaría; debe ser una horrible
compañía aún estando en un cofre.
-Sí,
son unos dibujos singulares. Pero me pregunto, ¿qué
conexión había entre Meyrick y la señora Herbert, o
qué vínculo había entre ella y estos diseños?
-¿Quién
podría decirlo? Es posible que este asunto termine
aquí, y nunca sepamos, sin embargo, en mi opinión,
esta Helen Vaughan o señora Herbert, es sólo el
principio. Volverá a Londres, Austin; pierde cuidado,
ella regresará, y entonces sabremos más acerca de
ella. Dudo que sean noticias muy agradables.
VI.
Los Suicidios:
Lord
Argentine era un gran favorito en la sociedad
londinense. A los veinte años había sido un hombre
pobre, adornado por el apellido de una ilustre
familia, sin embargo, forzado a ganarse el sustento
como fuera, y ni el más especulativo de los
prestamistas le hubiera confiado 5 peniques sobre la
eventualidad de que alguna vez cambiara su nombre por
un título y su pobreza por una gran fortuna. Su padre
había estado lo suficientemente cerca de la fuente de
las cosas buenas como para asegurar a uno de los
miembros vivos de la familia, pero el hijo, aún si
hubiera tomado los votos, no hubiera obtenido más que
eso, además, no tenía vocación para la orden
eclasiástia. De esta forma, enfrentó al mundo con
una armadura no mejor que la toga de bachiler y el
ánimo de un joven nieto del hijo, equipamiento con el
cual se las ingeniaba de alguna forma para hacer de
esa una batalla bastante tolerable. A los veinticinco
el serñor Charles Aubernon era aún un hombre de
luchas y contiendas contra el mundo, sin embargo, de
los siete que se encontraban antes que él en los
lugares más altos de su familia, sólo quedaban tres.
Estos tres,aunque "bien vivos", no eran a
prueba de la lanza Zulu ni de la fiebre tifoidea, por
lo que, una mañana, Aubernon despertó siendo Lord
Argentine, un hombre de treinta años que había
enfrentado las dificultades de la existencia, y las
había conquistado. La situación lo divertía
inmensamente, y resolvió que la riqueza sería tan
agradable para él como lo había sido siempre la
pobreza. Luego de algunas consideraciones, Argentine
llegó a la conclusión de que la cena, mirada como
una de las bellas artes, era quizá la ocupación más
entretenida abierta a la humanidad arruinada, de esta
forma, sus cenas se hicieron famosas en Londres, y una
invitación para su mesa era algo codiciosamente
deseado. Luego de diez años de señoría y cenas,
Argentine aún rehusaba a cansarse y siguió
disfrutando de la vida , y, como una suerte de
infección, era reconocido como causa de alegría para
los demás, en suma, como la mejor de las compañías.
De este modo, su repentina y trágica muerte causó
una extensa y profunda sensación. La gente
difícilmente lo creía, aún teniendo el períodico
frente a sus ojos y el grito de "Misteriosa
muerte de un noble" resonando por las calles. Mas
allí estaba el párrafo: "Lord Argentine fue
hallado muerto esta mañana por su asistente bajo
circunstancias intranquilizantes. Se ha afirmado que
no hay duda de que su señoría se habría suicidado,
aunque no se ha encontrado un motivo para el acto. El
fallecido caballero era ampliamente conocido en
sociedad, y muy querido por sus joviales maneras y su
regia hospitalidad. Ha sido sucedido por..." etc,
etc.
Lentamente
los detalles salieron a la luz, pero el caso era aún
un misterio. El testigo principal del interrogatorio
era el ayudante del difunto, quien afirmó que la
noche anterior a la muerte Lord Argentine había
cenado con una señora de buena posición, cuyo nombre
fue suprimido por los períodicos. Lord Argentine
había regresado aproximadamente a las once y había
informado a su hombre que no requeriría de sus
servicios hasta la mañana siguiente. Un poco más
tarde, el sirviente tuvo la oportunidad de pasar por
el hall y asombrarse al ver a su amo saliendo
tranquilamente por la puerta principal. Se había
cambiado la tenida de noche y vestía un abrigo
Norfolk, unos bombachos, y un sombrero bajo color
marrón. El ayudante no tenía ninguna razón para
suponer que Lord Argentine lo había visto, y aunque
su amo rara vez se quedaba hasta tarde, jamas pensó
en lo que ocurriría a la mañana siguiente al llamar
a su puerta un cuarto para las nueve, como era usual.
No recibió respuesta, y luego de golpear una o dos
veces, entró a la habitación y vio el cuerpo de Lord
Argentine inclinado en ángulo desde los pies de la
cama. Descubrió que su amo había atado firmemente
una cuerda a uno de los postes cortos de la cama, y
luego hizo un nudo corredizo y se lo deslizó al redor
del cuello, el pobre hombre debe haberse dejado caer
resueltamente, para morir lentamente estrangulado.
Vestía el delgado traje con el que el sirviente lo
había visto salir, y el doctor que fue llamado
declaró que la su vida se había extinguido hacía
más de cuatro horas. Todos los papeles, cartas, y
demases, estaban en perfecto orden, y no se descubrió
nada que apuntara remotamente a algún escandalo,
fuera grande o pequeño. Hasta aquí llegaba la
evidencia; nada más pudo ser descubierto. Varias
personas se encontraban presentes en la cena a la que
Lord Argentine había asistido, y a todas ellas les
pareció que se encontraba de un humor afable, como
siempre. Sin embargo, el asistente afirmó que su amo
le había parecido algo agitado al llegar a casa, mas
la alteracióm era a su manera muy tenue, de hecho,
dificilmente perceptible. Buscar más pistas parecía
inútil, y la sugerencia de que Lord Argentine había
sufrido de un repentino ataque de manía suicida
aguda, fue ampliamente aceptado.
Sin
embargo, resultó de otra manera, cuando dentro de las
tres semanas siguientes, otros tres caballeros, uno de
ellos un noble, y dos hombres más de buena posición
y abundantes medios, perecieron atrozmente en casi la
misma forma. Lord Swanleigh fue encontrado una mañana
en su vestidor, colgando de un gancho fijado a la
pared, y el señor Collier-Stuart y el señor Herries
habían elegido morir como Lord Argentine. Ninguno de
los casos tenía explicación; uno cuantos hechos
conocidos: un hombre vivo en la tarde y un cadáver
con el rostro hinchado y amoratado, en la mañana. La
policía se vio obligada a decalrarse impotente para
arrestar o explicar los sórdidos asesinaos de
Whitechapel; sin embargo, ante los horribles suicidios
de Picadilly y Mayfair se encontraban atónitos,
porque ni siquiera la sola ferocidad que había
servido como explicación de los crímenes del East
End, podía servir en el West. Todos estos hombres que
habían resuelto morir una muerte tormentosa y
vergonzosa eran ricos, prósperos y, según las
apariencias, enamorados del mundo, y ni siquiera la
investigación más detallada pudo descubrir en alguno
de los casos alguna sombra de un motivo latente.
Había horror en el ire, y los hombres se miraban unos
a otros al encontrarse, cada uno preguntándose si el
otro sería la víctima de la quinta tragedia sin
nombre. Los periodistas revisaban en vano sus apuntes
en busca de material con el cual mezclar artículos
anteriores.Y el períodico matutino era abierto en
más de algún hogar con un sentimiento de terror;
nadie sabía cuándo o dónde atacaría el próximo
golpe.
Poco
tiempo después del último de estos terribles
sucesos, Austin fue a visitar al señor Villiers.
Sentía curiosidad por saber si Villiers había tenido
éxito en descubrir alguna pista fresca de la señora
Herbert, ya fuera a través de Clarke o de otra
fuente, y a penas se hubo sentado hizo la pregunta.
-No
-dijo Villiers-, le escribí a Clarke pero sigue
inexorable, y he tratado por otros canales sin
resultados. No he podido saber qué ha sido de Helen
Vaughan después de dejar Paul Street, pienso que
deber haberse ido al extranjero. Pero para serte
franco Austin, no le he prestado mucha atención al
tema durante las últimas semanas; conocía
íntimamemnte al pobre Herries, y su terrible muerte
ha sido un gran golpe para mí, un gran golpe.
-Lo
creo -contestó Austin solemnemente-, tú sabes que
Argentine era amigo mío. Si recuerdo correctamente,
estuvimos hablando de él ese día que viniste a mis
habitaciones.
-Sí;
era en relación a aquella casa en Ashley Street, la
casa de la señora Beaumont. Dijiste algo acerca de
Argentine cenando allá.
-De
hecho. Seguramente sabrás que fue allí donde
Argentine cenó la noche antes... antes de su muerte.
-No,
no había escuchado eso.
-Oh,
si; el nombre fue excluído de los períodicos para
ahorrarle molestias a la señora Beaumont. Argenitne
era un gran favorito suyo, y se comentaba que ella se
encontraba en un terrible estado.
Una
curiosa expresión asomó en el rostro de Villliers;
parecía indeciso acerca de hablar o no. Austin
comenzó nuevamente.
-Nunca
experimenté tal sentimiento de horror como cuando
leí el informe de la muerte de Argentine. En el
momento no lo comprendí, y tampoco ahora. Lo conocía
bien, y mi entendimiento se ve completamente superado
al pregutnarme por qué posible causa él -o
cualquiera de los otros- podría haber resuelto morir
a sangre fría, de aquella espantosa manera. Tú sabes
cómo los hombres murmuran sobre cada personaje de
Londres, y te aseguro que cualquier escándalo
enterrado o esqueleto escondido habría aparecido en
un caso como este; pero nada por el estilo ha
sucedido. Y respecto a la teoría de manía, bueno,
eso está muy bien para la improvisación del forense,
pero todos sabemos que es una tontería. La manía
suicida no es una pequeña infección.
Austin
se hundíó en un oscuro silencio. Villiers también
estaba en silencio, observando a su amigo. La
expresión de indecisión aún se movía por su
rostro; parecía sopesar sus pensamientos en una
balanza, y las consideraciones que estaba tomando lo
mantenían en silencio. Austin trató de quitarse de
encima las memorias de tragedias tan imposibles y
confusas como el laberinto de Dédalo, y comenzó a
hablar con voz indiferente de sucesos más agradables
y de las aventuras de la temporada.
-Esa
señora Beaumont -dijo- de la cual hablábamos, es un
gran éxito; ha tomado Londres casi por asalto. La
conocí la otra noche en Fulham; realmente es una
mujer extraordinaria.
-¿Conociste
a la señora Beaumont?
-Sí;
estaba rodeada por un verdadero séquito. Supongo que
podría decirse que es muy atractiva, sin embargo, hay
algo en su rostro que no me agradó. Sus rasgos son
exquisitos, pero la expresión es extraña. Y durante
todo el tiempo que la estuve observando, y luego,
cuando me dirigía a casa, tuve la curiosa sensación
de que me era familiar, de alguna u otra forma.
-La
debes haber visto en la calle.
-No,
estoy seguro que nunca había visto a la mujer; eso es
lo que lo hace misterioso. Y según creo, nunca he
visto a nadie como ella; lo que sentí fue como un
recuerdo lejano y velado, vago pero persistente. La
única sensación con la que puedo compararlo es ese
extraño sentimiento que se tiene a veces en los
sueños, cuando las ciudades fantásticas, las tierras
maravillosas y los personajes fantasmales nos parecen
familiares y habituales.
Villiers
asintió y echó un vistazo sin dirección al rededor
de la habitación, posiblemente en busca de algo sobre
lo que continuar la conversación. Sus ojos se posaron
en un antiguo cofre situado debajo de un escudo
gótico, parecido en cierta forma a aquél en que el
artista había escondido su extraño legado.
-¿Le
escribiste al doctor acerca del pobre Meyrick?
-preguntó.
-Sí,
le escribí pidiéndole todos los pormenores respecto
a su enfermedad y su muerte. No espero recibir
respuesta durante otras tres semanas o un mes. Pensé
que también debería indagar si Meyrick conocía a
alguna mujer inglesa apellidada Herbert, y si ese era
el caso, si el doctor podía entregarme información
sobre ella. Sin embargo, es muy posible que Meyrick se
halla encontrado con ella en Nueva York, o México, o
San Franciasco. No tengo idea del alcance o dirección
de sus viajes.
-Sí,
y es muy posible que esta mujer tenga más de un
nombre.
-Exactamente.
Hubiera deseado pensar en pedirte el retrato de ella
que posees. Podría haberlo incluido en mi carta al
doctor Matthews.
-Podrías
haberlo hecho; nunca se me había ocurrido. Debemos
enviarlo ahora.¡Escucha! ¿Qué están gritando esos
niños?
Mientras
los dos hombres conversaban, un ruido confuso de
gritos había aumentado gradualmente en intesidad. El
ruido se elevaba desde la parte este y cobraba fuerzas
en Picadilly, acercándose más y más, como un
torrente de sonido; agitando las calles usualmente
tranquilas, y haciendo de cada ventana el marco para
una cara, curiosa o excitada. Los gritos y las voces
reverberaban a lo largo de la silenciosa calle donde
vivía Villiers, haciéndose más claras a medida que
avanzaban, y mientras Villiers hablaba, la respuesta
subió desde la acera:
"¡Los
Horrores del West End; otro espantoso suicidio;
informe completo!"
Austin
se se precipitó escaleras abajo y compró un
periódico, y le leyó a Villiers, mientras el
alboroto en la calle se elevaba y decaía. La ventana
estaba abierta y el aire parecía estar lleno de ruido
y terror.
"Otro
caballero ha caído víctima de la terrible epidemia
de suicidios que, durante el último mes, ha
prevalicido en West End. El señor Sydney Crashaw, de
Stoke House, Fulhan y King's Pomeroy, Devon, fue
hallado muerto a la una de esta tarde, luego de una
prolongada búsqueda, colgado a la rama de un árbol
en su jardín. El difunto caballero cenó anoche en el
Club Carlton y su salud y humor se veían como
siempre. Abandonó el club cerca de las diez y, algo
más tarde fue visto caminando sin prisa por St. James
Street. Luego de esto, se le pierde el rastro a sus
movimientos. Apenas encontrado el cuerpo se llamó al
médico, pero era evidente que la vida se había
extinguido hace tiempo. Hasta donde se sabe, el señor
Crashaw no tenía ningún tipo de problema o ansiedad.
Este doloroso suicidio, como se recordará, es el
quinto de su clase en el último mes. Las autoridades
de Scotland Yard son incapaces de sugerir alguna
explicación para estos terribles sucesos."
Austin
dejó el periódico con un mudo horror.
-Dejaré
Londres mañana -declaró-, esta es una ciudad de
pesadilla. ¡Qué espantoso es esto, Villiers!
El
señor Villiers estaba sentado junto a la ventana,
tranquilamente mirando a la calle. Había escuchado
atentamente al informe del períodico, y la huella de
indecisión había desaparecido de su rostro.
-Espera,
Austin -replicó- he decidido mencionarte un asunto
que sucedió anoche. ¿Creo que se afirmaba que
Crashaw había sido visto con vida en St. James
Street, poco después de las diez?
-Sí,
eso creo. Miraré nuevamente. Si, estás en lo cierto.
-Correcto.
Entonces, me encuentro en la posición de contradecir
completamente el relato. Crashaw fue visto después de
eso; de hecho, considerablemente más tarde.
-¿Cómo
lo sabes?
-Porque
por casualidad vi a Crashaw, cerca de las dos de esta
madrugada.
-¿Viste
a Crashaw? ¿Tú, Villiers?
-Sí,
lo vi claramente, de hecho, nos separaban tan sólo
unos pocos pasos.
-¿Dónde,
en nombre del cielo, lo viste?
-No
lejos de aquí. Lo ví en Ashley Street. Precisamente
cuando salía de una casa.
-¿Reconociste
cuál era la casa?
-Sí.
Era la de la señora Beaumont.
-¡Villiers!
Piensa en lo que estás diciendo; debe haber algún
error. ¿Cómo podría Crashaw haber estado en casa de
la señora Beaumont a las dos de la mañana? Seguro,
seguro debes haber estado soñando, Villiers; siempre
has sido algo fantaseoso.
-No;
estaba completamente despierto.Incluso si hubiera
estado soñando, como tú dices, lo que ví me hubiera
despertado efectivamente.
-¿Lo
que viste? ¿Qué viste? ¿Había algo extraño en
Crashaw? Pero no lo puedo creer, es imposible.
-Bueno,
si lo deseas te contaré lo que vi, o si te place, lo
que creo haber visto. Puedes juzgar por tí mismo.
-Muy
bien, Villiers.
El
ruido y el clamor de la calle se habían extinguido,
aunque algunos sonidos de gritos aún llegaban
repentinamente desde la distancia, y el apagado y
pesado silencio se parecía a la calma que sigue al
terremoto o a la tormenta. Villiers dio la espalda a
la ventana y comenzó a hablar.
-Anoche
yo estaba en una casa cerca de Regent's Park y al
dejarla, me asaltó la idea de caminar a casa en vez
de tomar un cabriolé. Era una noche lo
suficientemente clara y agradable, y luego de unos
minutos ya tenía las calles para mí solo. Es
curioso, Austin, estar solo en Londres de noche, las
lámparas alargándose en perspectiva, y el silencio
sin vida, y quizá de repente, la acometida y
estruendo de un coche sobre las piedras y los cascos
de los caballos echando chispas. Caminaba
vigorosamenete pues me sentía algo cansado de estar
fuera en la noche, y cuando los relojes daban las dos,
doblé por Ashley Street, la que, como sabes, está en
mi camino. Estaba más tranquila que nunca y eran
pocas las lámparas; en resumen, lucía tan oscura y
tenebrosa como un bosque en invierno. Había recorrido
casi la mitad de la calle cuando oí el sonido de una
puerta cerrándose suavemente y, como es natural,
miré para ver quién andaba allí como yo, a tales
horas. Por casualidad hay una lámpara cerca de la
casa en cuestión y vi a un hombre en el portal.
Recién había cerrado la puerta y su cara estaba
hacia mí, inmediatamente reconocí a Crashaw. Nunca
lo conocí tanto como para hablarle, sin embargo, lo
había visto frecuentemente, por lo que estoy seguro
que no confundí a mi hombre. Le miré a la cara por
un momento, y entonces -debo decir la verdad-
emprendí una buena carrera y seguí corriendo hasta
que estaba en mi propia puerta.
-¿Por
qué?
-¿Por
qué? Porque verle la cara a ese hombre me congeló la
sangre. Nunca habría imaginado que una combinación
de pasiones como aquella podría haber fulgurado en
los ojos de ningún hombre. Casi me desmayé al mirar.
Sabía que había atisbado en los ojos de un alma
perdida, Austin. El exterior de ese hombre
permanecía, pero todo el infierno estaba detro de
él. Una lasciva furiosa y un odio que era como el
fuego, más la pérdida de toda esperanza y la
completa oscuridad de la desesperación parecían dar
alaridos a la noche, aunque su boca estaba cerrada.
Estoy seguro que no me vio; no veía nada de lo que
tú o yo podemos ver, sin embargo, lo que prensenciaba
espero que jamás lo veamos. No sé cuándo murió;
supongo que dentro de una hora, o quizá dos, pero
cuando pasé por Ashley Street y oí la puerta
cerrándose, el hombre ya no pertenecía a este mundo.
Lo que ví fue la cara de un demonio.
Hubo
un intervalo de silencio en la habitación cuando
Villiers terminó de hablar. La luz estaba menguando y
todo el tumulto de una hora atrás se había acallado
por completo. Austin había inclinado su cabeza al
final del relato, y las manos cubrian sus ojos.
-¿Qué
puede significar todo esto? -dijo finalmente.
-Quién
sabe, Austin, quién sabe. Este es un asunto oscuro,
pero creo que será mejor que quede entre nosotros por
ahora, sea como sea. Veré si puedo saber algo acerca
de esa casa a través de algunos canales privados de
información, y si me encuentro con algo, te lo haré
saber.
VII.
Encuentros en el Soho:
Tres
semanas más tarde Austin recibió una nota de
Villiers, pidiéndole que lo visitara aquella noche o
la siguiente. Eligió la fecha más cercana. Encontró
a Villiers sentado, como era usual, junto a la
ventana, aparentemente perdido en meditaciones en el
adormecedor tráfico de las calles. A su lado había
una mesa de bambú, un objeto fantásico, enriquecido
con oropel y exóticas escenas pintadas, y sobre ella
había una pila de papeles arreglados y rotulados tan
pulcramente como cualquier cosa en la oficina del
señor Clarke.
-Bueno,
Villiers, ¿has hecho algunos descubrimientos durante
las últimas tres semanas?
-Eso
creo: aquí tengo uno o dos apuntes que me impactaron
por su singularidad, y hay un informe sobre el cual
quisiera llamar tu atención.
-¿Y
estos documentos se relacionan con la señora
Beaumont? ¿Era realmente Crashw a quien viste esa
noche en la puerta de la casa de Ashley Street?
-En
relación a ese asunto mi creencia se mantiene
inalterada, sin embargo, ninguna de mis indagaciones
ni sus resultados tiene alguna especial relación con
Crashaw. Pese a eso, mis inventigaciones han tenido un
extraño resultado. ¡He descubierto quién es la
señora Beaumont!
-¿A
qué te refieres con quién es ella?
-Me
refiero a que tú y yo la conocemos mejor bajo otro
nombre.
-¿Cuál
es ese nombre?
-Herbert.
-¡Herbert!
-Austin repitió esta palabra aturdido por la
sorpresa.
-Sí,
la señora Herbert de Paul Street, o Helen Vaughan,
cuyas anteriores aventuras desconocía. Tuviste razón
al reconocer la expresión de su rostro; al llegar a
casa observa el rostro del libro de horrores de
Meyrick, y conoceras la fuente de tus recuerdos.
-¿Tienes
pruebas de esto?
-Sí,
la mejor de las pruebas. He visto a la señora
Beaumont, ¿o debo decir la señora Herbert?
-¿Dónde
la viste?
-En
un lugar donde difícilmente esperarías ver a una
dama que vive en Ashley Street, Picadilly. La vi
entrando a una casa en una de las calles más
despreciables y de peor reputación del Soho. De
hecho, yo había concertado una cita, aunque no con
ella, y ella estaba precisamente allí, en el mismo
lugar y al mismo tiempo.
-Todo
esto parece muy sorprendente, pero no puedo llamarlo
increíble. Debes recordar Villliers, que yo he visto
a esta mujer en la corriente aventura de la sociedad
londinense, conversando y riéndose, sorbiendo su
café en un salón común y corriente, con gente
común y corriente. Pero tú sabes lo que dices.
-Lo
sé; no me he permitido ser guiado por conjeturas ni
fantasías. No era con la intención de descubrir a
Helen Vaughan que buscaba a la señora Beaumont en las
oscuras aguas de la vida londinense, sin embargo, ese
ha sido el resultado.
-Debes
haber estado en lugares extraños, Villiers.
-Sí,
he estado en lugares bastante extraños. Como sabes,
hubiera sido inútil dirigirme a Ashley Street y
haberle pedido a la señora Beaumont que me hiciera un
corto esbozo de su historia pasada. No; asumiendo que,
como tuve que asumir, sus antecedentes no eran de los
más limpios, era bastante seguro que en algún
período pasado debió haberse movido en círculos no
tan refinado como los actuales. Si ves lodo en la
superficie del arroyo, puede estar seguro que alguna
vez estuvo en el fondo. Y yo fui hacia el fondo.
Siempre me he sido aficionado a sumergime en la Calle
Extraña por placer, y me di cuenta que mi
conocimiento de la localidad y sus habitantes me era
muy útil. Tal vez sea innecesario mencionar que mis
amigos jamás habían escuchado el apellido Beaumont,
y como yo jamás había visto a la dama y no podía
dar su descripción, tuve que ponerme a trabajar de
una manera indirecta. La gente del lugar me conoce;
eventualmente he podido prestarles algún servicio,
asi que no pusieron ninguna dificultad en darme su
información; estaban concientes que yo no tenía
ninguna comunicación directa o indirecta con Scotland
Yard. Sin embargo, tuve que eliminar una buena
cantidad de líneas antes de obtener lo que quería, y
cuando pesqué el pez no pensé ni por un momento que
ese era mi pez. Sin embargo escuché lo que me decían
desde un constitucional aprecio por la información
inútil, y me encontré en posesión de una historia
muy curiosa, aunque como imaginé, no la historia que
buscaba. Resultó ser lo siguiente.. Arpoximadamente
cinco o seis años atrás, una mujer de apellido
Raymond apareció repentinamente en el barrio al que
me refiero. Me la describieron como una mujer bastante
joven, probablemente de no más de diecisiete o
dieciocho, muy atractiva, y luciendo como sui vienera
del campo. Me equivocaría si dijera que ella
encontró su nivel entrando a este barrio en
particular, o asociándose con esta gente, pues por lo
que me contaron, pensaría que la peor pocilga de
Londres es demasiado buena para ella. La persona de la
cual obtuve la información, no un gran puritano como
puedes suponer, se estremeció y se puso pálido al
contarme acerca de las infamias sin nombre de las que
se le acusaba. Después de vivir allí por un año, o
quzá un poco más, desapareció tan repentinamente
como había llegado, y no supieron nada de ella hasta
la época del caso de Paul Street. Al principio venía
a su guarida ocasionalmente, luego con más frecuencia
y finalemente, se estabeció allí como antes, y
premaneció por seis u ocho meses. No tiene sentido
que entre en detalles acerca de la vida que la mujer
llevaba; si quieres detalles puedes mirar en el legado
de Meyrick. Aquellos diseños salieron de su
imaginacón. Ella desapareció nuevamente, y nadie del
lugar la vio hasta hace unos pocos meses atrás. Mi
informante me contó que había tomado algunas
habitaciones en una casa que me indicó, y que tenía
el hábito de visitarlas una o dos veces a la semana,
siempre a las diez de la mañana. Esperaba que
realizara una de esas visitas cierto día de la semana
pasada, y de acuerdo a ello logré estar vigilando,
acompañado de mi cicerone un cuarto para las diez, y
la hora y la dama llegaron con igual puntualidad. Mi
amigo y yo nos encontrabamos bajo un pasaje abovedado,
algo retirado de la calle, sin embargo, ella nos vio y
me dirigió una mirada que me tomará tiempo olvidar.
Aquella mirada fue suficiente para mí; sabía que la
señora Raymond era la señora Herbert; mientras que
la señora Beaumont se había ido completamente de mi
cabeza. Entró a la casa, y vigilé hasta las cuatro
de la tarde, cuando salió, y luego la seguí. Fue una
larga cacería, y tuve que mantener gran cuidado de
mantenerme a lo lejos, en un segundo plano, pero sin
perder de vista a la mujer. Me llevó por el Strand,
luego hacia Westminster, para continuar por St Jame's
Street, y a lo largo de Picadilly. Me sentí de lo
más extraño cuando la vi doblar por Ashley Street;
la idea de que la señora Herbert era la señora
Beaumont vino a mi mente, pero parecía demasiado
imposible para ser verdad. Esperé en la esquina, sin
perderla de vista en ningún momento, poniendo
especial cuidado en identificar la casa en la que se
había detenido. Era la casa de las cortinas alegres,
la casa de las flores, la casa de la cual Crashaw
salió la noche en que se colgó en su jardín. Casi
me estaba yendo con mi descubrimiento, cuando vi que
un carruaje vacío viró y se detuvo frente a la casa,
llegué a la conclusión que la señora Herbert
tomaría un paseo, y tenía razón. Allí, de
casualidad, me enconré con un hombre que conocía, y
estuvimos conversando a poca distancia del camino por
donde pasaría el carruje, que se encontraba a mis
espaldas. No habíamos estado allí ni diez minutos
cuando mi amigo se quitó el sombrero, di un vistazo a
mi alrededor y allí vi a la dama a la que había
estado siguiendo todo el día. "¿Quién es
ella?" -le pregunté. Y su respuesta fue:
"La señora Beaumont; vive en Ashley
Street". Después de eso no cabía ninguna duda.
No sé si ella me vio, pero creo que no lo hizo.
Inmediatamente regresé a casa y, considerándolo,
pensé que tenía un caso suficientemente bueno como
para presentarme donde Clarke.
-¿Por
qué donde Clarke?
-Porque
estoy seguro de que Clarke conoce hechos acerca de
esta mujer, hechos de los que yo no sé nada.
-Bueno,
¿qué pasó entonces?
El
señor Villiers se reclinó en su butaca y miró a
Asutin reflexivamente un momento antes de contestar su
pregunta:
-Mi
idea era que Clake y yo deberíamos visitar a la
señora Beaumont.
-¿Jamás
irías a una casa como esa? No, no, Villiers, no
puedes hacerlo. Además, considera qué resultado...
-Pronto
te lo diré. Pero iba decirte que mi información no
terminaba aquí; sino que fue completada de una forma
extraordinaria.
Mira
este lindo paquetito manuscrito; está compaginado,
como ves, y tuve que perdonar la atenta coquetería de
una banda de cinta roja. ¿Cierto que tiene un aire
casi legal? Desliza tus ojos por él, Austin. Es la
relación de las diversiones que la señora Beaumont
prodigaba a sus invitados favoritos. El hombre que
escribió esto escapó con vida, pero pienso que no
vivirá muchos años. Los doctores le han dicho que
debe haber sufrido algún severo impacto nervioso.
Austín
cogió el manuscrito pero nunca lo leyó. Al abrir sus
elegantes páginas al azar, su mirada fue atrapada por
una palabra y una frase que le seguían; y,
angustiado, con los labios pálidos y un sudor frío
corriendo como agua por sus sienes, arrojó los
papeles al suelo.
-Llévatelo,
Villiers, nunca menciones esto nuevamente. ¿Estás
hecho de piedra, hombre? Porque ni el temor ni el
horror de la misma muerte, ni los pensamientos del
hombre que se encuentra en el aire punzate de la
mañana sobre la oscura plataforma, condenado,
escuchando el tañido de las campanas, esperando que
el severo rayo retumbe, no son nada comparados con
esto. No lo leeré; y jamás podre conciliar el
sueño.
-Muy
bien, puedo imaginarlme lo que viste. Sí, es lo
suficientemente horrible; pero después de todo es una
vieja historia, un antiguo misterio representado en
nuestros días, en las oscuras calles de Londres en
vez de entre los viñedos y los jardines de olivos.
Ambos sabemos lo que le ocurre a aquellos que llegan a
conocer al Gran Dios Pan, y aquellos que son prudentes
saben que todos los símbolos son símbolo de algo, no
de nada. De hecho, fue bajo un símbolo exquisito que
los hombres velaron, hace mucho tiempo, su
conocimiento de las fuerzas más terribles y más
secretas, fuerzas que se encuentran en el corazón de
todas las cosas; fuerzas ante las cuales el alma de
los hombres se marchita y muere, y se enegrece, como
sus cuerpos al electrocutarse. Tales fuerzas no pueden
ser nombradas, no se puede hablar de ellas, no pueden
ser imaginadas excepto bajo un velo y un símbolo, un
símbolo que a la mayoría nos parece una imagen
exótica y poética , mientras para otros es un
disparate. De todos modos, tú y yo hemos conocido
algo del terror que debe habitar en el secreto lugar
de la vida, manifestado en carne humana; aquello que
no tiene forma tomando para sí una forma. Oh, Austin,
¿cómo eso puede puede existir? ¿Cómo es que la
misma luz del sol no se oscurece frente a esta cosa ni
la sólida tierra se derrite y hierve bajo tal carga?
Villiers
se movía de un lado a otro por la habitación, y las
gotas de sudor resaltaban en su frente. Austin se
mantuvo en silencio por un rato, sin embargo, Villiers
lo vio realizando un signo sobre su pecho.
-Nuevamente
te digo, Villiers, ¿no serás capaz de entrar en una
casa como esa? Jamás saldrías de ella con vida.
-Sí,
Austin. Saldré con vida... y Clarke conmigo.
-¿A
qué te refieres? No puedes, no te atreverías...
-Espera
un momento. Esta mañana el aire estaba muy fresco y
agradable; soplaba una brisa, incluso por esta calle
deprimente, pensé entonces en dar un paseo. Picadilly
se extendía clara frente a mí, el sol destellaba
sobre los carruajes y sobre las hojas temblorosas del
parque. Era una mañana alegre, los hombres y las
mujeres miraban hacia el cielo y sonreían mientras se
dirigían a su trabajo o a sus placeres, y el viento
soplata tan despreocupadamente como lo hace sobre las
praderas y el aromático tojo. Pero de una u otra
manera me alejé del bullicio y del alborozo, me
descubrí caminando lentamente a lo largo de una
tranquila y oscura calle, donde parecía no existir la
luz del sol ni el aire, y donde los pocos peatones
vagabundeaban al caminar, y merodeaban indecisos por
las esquinas y las arcadas. Seguí caminando, sin
saber realmente hacia dónde me dirigía o qué estaba
haciendo allí, mas me sentía empujado, como a veces
uno se siente, a explorar aún más allá, con la vaga
idea de alcanzar alguna meta desconocida. De esta
forma avancé por la calle, notando el movimiento en
la lechería, y sorprendido por la incongruente mezcla
de pipas de un penique, tabaco negro, dulces, y
canciones cómicas, que aquí y allá se empujaban
unas a otras en el reducido espacio de una sola
ventana. Creo que un escalofrío que me recorrió
repentinmente fue lo que en un principio me indicó
que había encontrado lo que quería. Miré desde la
acera y me detuve frente a un polvoriento negocio
sobre el cual la inscripción se había borrado, donde
los ladrillos de doscientos años se habían tiznado,
donde las ventanas habían acumulado el polvo de los
innumerables inviernos. Vi lo que necesitaba; sin
embargo, creo que pasaron cinco minutos antes de que
me calmara y pudiera entrar y pedir con una voz
tranquila y un rostro impasible. Creo que aún así
hubo un ligero temblor en mis palabras, pues el viejo
que salió de la recepción, tambaleándose lentamente
entre su mercancía, me observó de un manera extraña
al envolverme el paquete. Le pagué lo que pedía, y
me mantuve inclinado sobre el mostrador con un
extraño rechazo a tomar mi mercadería e irme. Le
pregunté por el negocio y me entré que las ventas no
estaban buenas y que los beneficios habían bajado
deprimentemente; que la calle no era la misma que
antes de que el tráfico fuera desviado, pero eso
había sido hace cuarenta años, "justo antes que
mi padre muriera" -dijo. Finalmente me alejé y
caminé solemnemente; era realmente una calle lúgubre
y estuve feliz de volver a bullicio y al
ruido.¿Quisieras ver mi adquisición?
Austín
no dijo nada, pero asintió suavemente con su cabeza;
aún se veía pálido y enfermo. Villiers abrió uno
de los cajones de la mesa de bambú y le enxeño a
Austin un largo rollo e cuerda, nueva y resistente; y
en un extremo había un nudo corredizo.
-Es
la mejor cuerda de cáñamo -dijo Villiers-, tal como
las que se hacían antes, según me dijo el hombre. Ni
una sola pulgada de yuta de punta a cabo.
Austin
apretó los dientes y miró a Villiers, palideciéndo
cada vez más.
-No
deberías hacerlo -murmuró finalmente. ¡Por Dios! No
te ensuciarías las manos con sangre -exclamó con una
repentina vehemencia-, ¿no hablas en serio, Villiers,
eso te convertiría en un verdugo?
-No.
Ofreceré la opción, dejaré a Helen Vaughan sola con
esta soga por quince minutos en una habitación
cerrada. Si cuando entre la cosa no está hecha,
llamaré al policía más cercano. Eso es todo.
-Debo
irme. No puedo quedarme ni un minuto más, no puedo
soportar esto. Buenas noches.
-Buenas
noches, Austin.
La
puerta se cerró, pero se abrió nuevamente en un
momento. Austin estaba en la entrada, pálido y
cadavérico.
-Se
me estaba olvidando -dijo-, que yo también tengo algo
que contarte. Recibí una carta del doctor Hardon
desde Buenos Aires. Me dice que él atendió a Meytick
durante los tres meses anteriores a su muerte.
-¿Y
menciona qué se lo llevó a la tumba en la flor de su
vida? ¿No fue la fiebre?
-No,
no fue la fiebre. De acuerdo al doctor, fue un colapso
total del sistema, probablemente causado por algún
shock severo. Pero asegura que el paciente no le
mencionó nada, por lo que se encontraba en cierta
desventaja para tratar el caso.
-¿Hay
algo más?
-Sí,
el doctor Harding concluye su carta diciendo:
"Creo que esta es toda la información que puedo
darle acerca de su pobre amigo. No estuvo mucho tiempo
en Buenos Aires, y casi no conocía a nadie, a
excepción de una persona que no ostentaba el mejor de
los carácteres, y que desde entonces se ha
marchado... una tal señora Vaughan.
VIII.
Los Fragmentos:
[Hoja
de un manuscrito, cubierta con anotaciones hechas a
lápiz, encontrada entre los papeles del conocido
médico, doctor Robert Matheson, de Ashley Street,
Picadilly, quien murió repentinamente de un ataque de
apoplejía, a comienzos de 1892. Las notas se
enontraban en latín, muy abreviadas y, evidentemente
escritas con gran prisa. El manuscrito fue descifrado
con gran dificultad y algunas palabras han evadido,
hasta ahora, todos los esfuerzos de los expertos
contratados. La fecha, XXV de julio de 1888, está
escrita en el costado superior derecho del manuscrito.
Lo siguiente es la traducción del manuscrito del
doctor Matheson]
No
sé si acaso la ciencia se vería beneficiada por la
publicación de estas notas, en caso de que pudieran
ser publicadas, mas lo dudo. Pero ciertamente, nunca
tomaría la responsabilidad de publicar o divulgar
ninguna palabra de lo que aquí escribo, no sólo en
consideración del juramento que presté libremente a
aquellas dos personas que estuvieron presentes, sino
además porque los detalles son demasiado abominables.
Probablemente, luego de una consideración madura y
luego de sopesar el bien y el mal, destruiré este
texto, o por lo menos se lo entregaré sellado a mi
amigo D, confiando en su discresión, para usarlo o
quemarlo, como él estime apropiado.
Como
era apropiado, hice todo lo que mis conocimientos me
sugería para estar seguro de que no me encontraba
delirando. Pasmado en el comienzo difícilmente podía
pensar, pero en poco tiempo estuve seguro que mi pulso
era estable y regular, y que yo me encontraba en mis
cabales. Después de eso fijé tranquilamente mis ojos
en lo que estaba frente a mí.
A
pesar que dentro de mí surgieron el horror y la
náusea, y un hedor de podredumbre sofocó mi
respiración, me mantuve firme. Fui entonces
privilegiado o maldito, no me atrevo a decir cuál de
las dos, de ver aquello que se encontraba sobre la
cama, yaciendo negro como la tinta, transformándose
frente a mis ojos. La piel, la carne, los músculos,
los huesos y la firme estructura del cuerpo humano que
yo había creído invariable y permanente como el
diamante, comenzó a derretirse y disolverse.
Sé
que el cuerpo puede ser dividido en sus elementos por
agentes externos, pero me hubiera negado a creer lo
que vi. Porque allí había alguna fuerza interna, de
la cual nada sé, que causaba la disolucuión y el
cambio.
Aquí
también se econtraba todo el trabajoa través del
cual fue creado el hombre, recreado frente a mis ojos
Vi aquella forma oscilando de sexo a sexo,
dividiéndose a sí mismo de sí mismo, y luego
nuevamente reunido. Luego vi el cuerpo descender hacia
las bestias desde donde ascendió, y aquello que
estaba en las alturas bajar a las profundidades,
incluso hasta el abismo de todo ser. El principio de
la vida, que crea al organismo, se mantuvo siempre
mientras la forma exterior cambiaba.
La
luz del cuarto se había transformado en oscuridad, no
la oscuridad de la noche donde los objetos se perciben
difusamente, pues yo podía ver claramente y sin
dificultad. Sin embargo, era la negación de la luz;
los objetos se presentaban a mi visión, si puedo
decirlo de esta manera, sin ninguna mediación, de tal
manera que si hubiera habido un prisma en la
habitación no hubiera visto ningún color
representado sobre él.
Miré
y al final no vi nada más que una sustancia
gelatinosa. Luego ascendió nuevamente el
escalafón... [aqui el manuscrito se hace ilegible]
... por un momento vi un Forma, perfilada frente a mí
en la oscuridad , la cual no describiré en detalle.
Sin embargo, el símbolo de esta forma puede ser vista
en antiguas esculturas y en las pinturas que
sobrevivieron a la lava, demasiado obsenas para ser
nombradas... como una horrible e indescriptible
figura, ni hombre ni bestia, fue cambiando hasta tomar
forma humana, cuando finalmente llegó la muerte.
Yo,
que presencié todas estas cosas, no sin el gran
horror y aversión de mi alma, escribo aquí mi
nombre, declarando que todo lo que puse en este papel
es verdad.
ROBERT
METHESON, Med. Dr.
***
...Raymond,
este es el relato de lo que se y he visto. La carga
era demasiado pesada para llevarla yo solo y, sin
embargo, no podía contárselo a nadie más que a tí.
Villiers, quien se encontraba conmigo en el final no
sabe nada de aquel terrible secreto del bosque, de
cómo aquello que ambos vimos perecer sobre la verde y
suve hierba, entre las flores del varano, mitad en la
luz mitad en penumbra, sosteniendo la mano de la joven
Rachel, llamó y convocó a aquellos compañeros que
adoptaron la forma de sólidas figuras sobre la tierra
que pisamos, convocó al terror que nosotros sólo
podemos insinuar, aquel que sólo podemos nombrar bajo
una figura. No le contaré a Villiers de esto, ni
tampoco acerca de aquel parecido que me impactó como
un golpe en el corazón al ver el retrato, que colmó
en el final la copa del terror. No me atrevo a adivina
qué puede siginificar esto. Estoy seguro de que lo
que vi perecer no era Mary, sin embargo, en la última
agonía fueron los ojos de Mary los que me miraron. No
sé si existe alguien que pueda mostrarme el último
eslabón de la cadena de este horrible misterio, pero
si hay alguien que puede hacerlo, ese eres tú,
Raymond. Y si conoces el secreto, depende de tí si lo
revelas o no, como prefieras.
Te
escribo esta carta inmediatamente al regresar a la
ciudad. He estado en el campo durante los últimos
día; posiblemente seas capaz de adivinar dónde.
Mientras en Londres el terror y asombro estaban en su
punto máximo -pues la señora Beaumont, como te
había contado, era conocida en sociedad-, le escribí
a mi amigo el doctor Phillips, dándole un breve
resumen, más bien una insinuación, de lo que había
sucedido, y pidiéndole que me revelara el nombre de
la aldea donde sucedieron los eventos que me había
relatado. Me dio el nombre, pues como dijo sin el
menor titubeo, los padres de Rachel habían fallecido,
y el resto de la familia se habían marchado donde un
pariente en el estado de Washington, seis meses
atrás. Me dijo que los padres habían muerto,
indudablemente, debido al dolor y el espanto causados
por la terrible muerte de la hija, y por aquello que
había acontecido antes de esa muerte. La misma tarde
del día que recibí la carta de Phillips, ya me
encontraba en Caermaen Y bajo las desmoronadas
murallas romanas, blancas por los inviernos de
diecisiete siglos, miré hacia la pradera donde alguna
vez se irguió el templo al "Dios de los
Abismos", y ví una casa brillando en la luz del
sol. Era la casa donde Helen había vivido. Me quedé
en Caermaen por varios días. La gente del lugar,
descubrí, poco sabían y aún menos habían
adivinado. Aquellos con los que hablé sobre la
materia parecían asombrarse de que un anticuario (asi
fue como me presenté) se preocupara por la tragedia
del pueblo, sobre la cual me dieron una versión muy
trivial y, como puedes imaginarte, no les revelé nada
de lo que yo sabía. Pasé la mayoría del tiempo en
el gran bosque que se eleva justo sobre la aldea,
escalando la ladera, y se descuelga hacia el río en
el valle; otro hermoso y extenso valle, Raymond, como
aquel que observamos una noche, yendo de un lado a
otro frente a tu casa. Por varias horas me extraviaba
en el laberíntico bosque, ahora virando hacia la
derecha y ahora hacia la izquiera, caminando
lentamente a lo largo de pasadizos de maleza,
sombríos y helados, incluso bajo el sol del mediodía
y deteniéndome bajo los inmensos robles. Yaciendo en
la hierba rala de algún claro donde el suave y dulce
aroma de las rosas silvestres me era traído por el
viento, mezclado con el fuerte perfume del saúco,
cuyos aromas mezclados se parecen al hedor que hay en
la habitación de un muerto, un vaho de incienso y
podredumbre. Estuve en los confines del bosque,
observando toda la pompa y desfile de las dedaleras,
elevándose entre los helechos y brillando rojizas en
el pronunciado atardecer, y más allá de ellas,
hacía la espesura de la maleza abigarrada, donde los
manantiales bullen desde la roca, regando los juncos,
húmedos y nocivos. Sin embargo, durante todos mis
vagabundeos, evité una parte del bosque; no fue sino
hasta ayer que ascendí hasta la cima de la colina, y
me paré sobre la antigua calzada romana que se abre
paso a través de la cresta más alta del bosque. Por
aquí habían caminado ellas, Helen y Rachel, a lo
largo de esta tranquila calzada, sobre el pavimento de
hierba verde, encerrada a ambos lados por bancos de
tierra roja y protegida por los elevados setos de
hayas. Y por aquí seguí sus pasos, una y otra vez
mirando a través de los espacios entre las ramas,
viendo a un lado el alcane del bosque, extendiéndose
lejos hacia la derecha y hacia la izquierda, y
sumergiéndose en el valle. Y, más allá, el oceáno
amarillo, y la tierra allende del mar. Al otro lado se
encontraba el valle y el río, y colina tras colina
como onda tras onda, y el bosque, y la pradera, y los
maizales, las brillantes casa blancas, la gran pared
montañosa, y los lejanos picos azules en el norte.
Hasta que finalmente llegué al lugar. La huella
ascendía por una suave pendiene y se ensanchaba hacia
el espacio abierto, rodeada por una espesa muralla de
maleza, y se estrechaba nuevamente, para perderse en
la distancia y en la tenue y azulosa niebla de
verano.Y en este agradable claro estival Rachel le
entregó y le dejó algo a una joven, quién sabe
qué. No me quedé allí por mucho tiempo.
En
un pequeño pueblo cercano a Caermaen hay un museo,
que contiene la mayor parte de los vestigios romanos
que se han encontrado durante todas las épocas en los
alrededores. El día siguiente a mi llegada a Caermaen
me dirigí al pueblo en cuestión, y aproveché la
oportunidad de inspecconar el museo. Luego de haber
visto la mayor parte de las esculturas en piedra, los
baules, anillos, monedas y fragmentos de pavimento
teselado que contiene el lugar, fui llevado ante un
pequeño pilar rectangular de piedra blanca, el cual
había sido recientemente decubierto en el bosque
sobre el cual he estado hablando y, como me enteré
indagando, en aquel espacio abierto donde la calzada
romana se ensancha. A un lado del pilar había una
inscripción, de la cual tomé nota. Alguna de las
letran han sido borradas, sin embargo pienso que no
cabe duda sobre las otras que puedo proveer. La
inscripción es la siguiente:
DEVOMNODENTi
FLAvIVSSENILISPOSSvit PROPTERNVPtias quaSVIDITSVBVMra
"Al
gran dios Nodens (el Gran Dios de las Profundidades o
de los Abismos), Flavius Senilis ha erguido este pilar
en consideración del matrimonio que presenció bajo
esta sombra"
El
guardia del museo me informó que los anticuarios
locales se encontraban muy intrigados, no por la inscripción, o por alguna dificultad en traducirla,
sino por la circunstancia o rito al que se alude.
***
...
Y ahora, mi querido Clarke, acerca de lo que me
cuentas sobre Helen Vaughan, a quien me dices que
viste morir bajo ciscunstancias de lo más y del más
increíble horror. Me sentí interesado por tu relato,
sin embargo, de lo que me contaste yo ya sabía, si no
todo, una buena parte. Comprendo el extraño parecido
que notaste entre el retrato y el rostro mismo; tú
viste a la madre de Helen. Recuerdas aquella tranquila
noche de verano, hace muchos años atras, cuando te
hablé del mundo más allá de las sombras y del dios
Pan. Recuerdas a Mary. Ella era la madre de Helen
Vaughan, quien nació nueve meses depués de aquella
noche.
Mary
jamás recobró la razón. Todo el tiempo yació en
cama, como tú la viste, y pocos días después del
parto murió. Tengo la idea de que justo al final me
reconoció; me encontraba junto a su cama cuando la
antigua mirada asomó en sus ojos por un segundo, y
luego se estremeció y gimió, y estaba muerta. Hice
un funesto trabajo aquella noche en que estuviste
presente; forcé la entrada a la casa de la vida, sin
saber o sin importarme lo que sucedería al entrar
allí. Te recuerdo en ese momento diciéndome, solemne
y correctamente también, que, en cierto sentido,
había arruinado la razón de un ser humano a causa de
un ridículo experimento basado en una teoría
absurda. Hiciste bien en culparme, sin embargo, mi
teoría no era del todo absurda. Lo que dije que Mary
vería, lo vio, pero olvidé que ningún ojo humano
puede presenciar tal visión sin impunidad. Y, como
recién mencioné, olvidé que cuando la casa de la
vida es echada abajo de esa manera, puede entrar
aquello para lo cual no poseemos un nombre, y la carne
puede convertirse en un velo de horror que uno no se
atrevería a expresar. Jugué con energías que no
comprendía, tu viste el resultado de ello. Helen
Vaughan hizo bien al atarse la cuerda al rededor de su
cuello y morir, a pesar de que la muerte fue horrible.
La cara amoratada, la obsena forma sobre la cama,
cambiando y disolviéndose frente a tus ojos, de mujer
a hombre, de hombre a bestia, de bestia a algo peor
que las bestias, todos estos extraños horrores que
presenciaste, no me sorprenden en lo absoluto. Aquello
frente a lo que el doctor que mandaron a buscar vio y
frente a lo que se estremeció, yo ya lo había
conocido hace tiempo; supe lo que había hecho desde
que la niña nació, y cuando escasamente tenía cino
años la sorprendí, no una vez ni dos, sino muchas
veces, con un compañero de juegos.....tú puedes
adivinar de qué tipo. Para mí era una constante, un
horror encarnado, y luego de unos pocos años sentí
que no podía soportarlo más, por lo que mandé a
Helen lejos. Ahora sabes qué asustó al niño en el
bosque. El resto de esta espantosa historia, y todo lo
demás que me has contado que tu amigó descubrió, me
las he ingeniado para conocerlo, de tiempo en tiempo,
hasta casi el último capítulo. Y Helen ahora está
con sus compañeros...