I.
El experimento:
-Estoy
contento de que hayas venido, Clarke; de hecho, muy
contento. No estaba seguro de que pudieras darte el
tiempo.
-Pude
hacer algunos arreglos por unos pocos días; las cosas
no están muy activas justamente ahora. Pero Raymond,
¿no tienes dudas? ¿Es absolutamente seguro?
Los
dos hombres paseaban lentamente por la terraza frente
a la casa del doctor Raymond. El sol oriental aún
colgaba sobre la línea montañosa, pero brillaba con
un pálido resplandor rojizo que no producía sombras,
y el aire estaba en calma; una dulce brisa vino desde
el bosque en la ladera, colina arriba, y con ella, por
intervalos, el suave y murmurante arrullo de las
palomas silvestres. Abajo, en el largo y hermoso
valle, el río serpenteaba entre las colinas
solitarias y, minetras el sol flotaba y se desvanecía
hacia el oeste, una suave bruma, de un blanco puro,
comenzó a emerger desde las colinas. El doctor
Raymond se volvió seriamente hacia su amigo:
-¿Seguro?
Por supuesto que lo es. La operación es en sí misma
una intervención perfectamente simple, cualquier
cirujano podría hacerla.
-¿Y
no hay peligro durante alguna otra etapa?
-Ninguno;
absolutamente ningún riesgo físico. Te doy mi
palabra. Siempre eres tan tímido, Clarke, siempre,
pero tú conoces mi historia. Me he dedicado a la
medicina trascendental durante los últimos veinte años.
He sido llamado farsante, charlatán e impostor, sin
embargo, todo el tiempo supe que me encontraba en el
camino correcto. Hace cinco años alcancé la meta, y
cada día desde entonces ha sido una preparación para
lo que haremos esta noche.
-Me
gustaría creer que todo eso es cierto -Clarke frunció
el entrecejo y miró dubitativamente al doctor
Raymond-. ¿Estás perfectamente seguro, Raymond, que
tu teoría no es una fantasmagoria -por cierto que una
visión espléndida, sin embargo, una mera visión
depués de todo?
El
Dr. Raymond detuvo su marcha y se volvió seriamente.
Era un hombre de mediana edad, macilento y delgado, de
complexión amarillo pálida, sim embargo, mientras le
respondía y enfrentaba a Clarke, un rubor asomó en
sus mejillas.
-Mira
a tu alrededor, Clarke. Puedes ver las montañas, las
colinas, como ondulación tras ondulación, puedes ver
los bosques y los huertos, los campos maduros de maíz,
y las praderas que se extienden hasta los lechos de caña
junto al río. Puedes verme aquí a tu lado, y oír mi
voz; mas te digo, que todas estas cosas -sí, desde la
estrella que acaba de brillar en el cielo hasta el
suelo sólido bajo tus pies- te digo, que todas son sólo
sueños y sombras; las sombras que ocultan a nuestros
ojos el verdadero mundo. Existe un mundo real, pero
trasciende este glamour y esta visión, y se encuentra
más allá de todo esto, tras un velo. No sé si
alguna vez algún ser humano ha corrido ese velo; sin
embargo, Clarke, sé que tú y yo lo veremos
levantarse esta misma noche, en los ojos de otra
persona. Quizá piìenses que todo esto es un
sinsentido extravagante; puede ser extraño, pero es
real, y los antiguos sabían lo que significaba
descorrer ese velo. Lo llamaban presenciar al dios
Pan.
Clarke
se estremeció; la bruma blanca que se juntaba sobre
el río estaba helada.
-Esto
es realmente asombroso-dijo-. Estamos parados al borde
de un mundo extraño, si lo que dices, Raymond, es
verdad. ¿Debo suponer que el cuchillo es
absolutamente necesario?
-Sí.
Una pequeña lesión en la sustancia gris, eso es
todo; un insignificante reordenamiento de ciertas células,
una alteración microscópica que escaparía a la
atención de noventa y nueve de cien especialistas.
Clarke, no quiero molestarte hablándote de mi oficio;
podría darte muchos detalles técnicos que sonarían
imponenetes, mas tú quedarías tan iluminado como estás
ahora. Sin embargo, supongo que habrás leido, por
casulidad, en las apartadas esquinas de tu periódico,
acerca de los inmensos pasos que se han dado
recientemente en la fisiología del cerebro. El otro día
divisé un párrafo de la teoría de Digby, y de los
descubrimientos de Browne Feber. ¡Teorías y
descubrimientos! Donde ellos se encuentran ahora yo ya
estuve hace quince años, y no necesito decirte que no
he estado inactivo durante los últimos quince años.
Bastará que te diga que, hace cinco años hice el
descubrimiento al que aludí cuando dije que hace diez
años había alcanzado la meta. Luego de años de
labor, luego de años de esfuerzo y de andar a tientas
en la oscuridad, luego de días y noches de
desilusiones y, algunas veces, de desesperación, en
los cuales, una que otra vez, temblaba y me ponía
helado ante el pensamiento de que quizá otros estaban
buscando lo que yo buscaba; pero por fin, depués de
tanto tiempo, una punzada de alegría estremeció mi
alma y supe que el largo viaje había llegado a su
fin. A través de lo que parecía y aún parece
suerte, por la sugerencia de un pensamiento fútil
desprendido de las líneas familiares y los caminos
que había recorrido cientos de veces, la verdad me
invadió, y ví, delineado en líneas de visión, un
mundo completo, una esfera desconocida; islas y
continentes, y grandes océanos, en los cuales barco
alguno ha navegado (según creo) desde que el hombre
alzó por primera vez su mirada y vislumbró el sol y
las estrellas del cielo, y la tranquila tierra debajo.
Pensarás que esto es sólo lenguaje alegórico,
Clarke, pero es tan difícil ser literal. Y, sin
embargo, no sé si acaso lo que estoy insinuando no
pueda ponerse en términos sencillos y aislados. Por
ejemplo, actualmente este mundo nuestro se encuentra
completamente conectado con cables y alambres de telégrafo;
y con algo menor que la velocidad del pensamiento,
cruzan como un relámpago desde el amanecer al
atardecer, desde norte a sur, a través de las
inundaciones y los desiertos. Supón que un eléctrico
de hoy se diera cuenta que él y sus colegas han
estado meramente jugando con guijarros, confundiéndolos
con las bases del mundo, supón que un hombre como aquél
vislumbrara el espacio infinito extendiéndose abierto
frente a la corriente, y las voces de los hombres
viajando a la velocidad del trueno hacia el sol y más
allá del sol, hacia los sistemás más alejados, y el
eco de la voz articulada de los hombres en el desolado
vacío que confina nuestro pensamiento. En relación a
las analogías, ésta es una muy buena analogía de lo
que he hecho; puedes entender ahora un poco de lo que
sentí aquí una tarde; una tarde de verano como ésta
y el valle luciendo como ahora. Yo me encontraba aquí
y, frente a mí, vi el abismo inefable e impensable
que se abre profundo entre dos mundos, el mundo de la
materia y el mundo del espíritu; vi el vacío y gran
abismo extenderse mortecino frente a mí, y, en aquel
instante, un puente de luz saltó desde la tierra
hacia la orilla desconocida, y el abismo fue unido.
Puedes mirar en el libro de Browne Faber, si lo
deseas, y te darás cuenta que hasta el día de hoy
los hombres de ciencia son incapaces de dar cuenta de
la presencia, o de especificar, las funciones de un
cierto grupo de neuronas del cerebro. Aquel grupo es,
así como era, tierra de nadie, sólo una pérdida de
espacio para poner teorías imaginativas. Yo no estoy
el la posición de Browne Faber ni de los
especialistas, yo estoy perfectamente enterado de las
posibles funciones de aquellos centros nerviosos en el
esquema de las cosas.Con un toque puedo hacerlas
entrar en juego, con un toque digo, puedo liberar la
corriente, con un toque puedo completar la comunicación
entre este mundo de los sentidos y... podremos
terminar la oración más tarde. Sí, el cuchillo es
necesario; mas imagina lo que ese cuchillo realizará.
Nivelará totalmente la sólida muralla de los
sentidos y, probablemente, por primera vez desde que
el hombre fue creado, un espíritu cotemplará un
mundo de espíritus. Clarke, ¡Mary verá al dios Pan!
-Pero,
¿recuerdas lo que me escribiste?. Pensé que era
requisito que ella... -susurró el resto al oído del
doctor.
-No,
para nada, para nada. Esas son tonterías. Te lo
aseguro. De hecho, es mejor como está; estoy
completamente seguro de eso.
-Considera
bien el asunto, Raymond. Es una gran responsabilidad.
Algo podría salir mal; serías un hombre miserable
por el resto de tus días.
-No,
no lo creo, aún si lo peor sucediera. Como sabes, yo
rescaté a Mary de la cuneta y de una muerte casi
segura, cuando era una niña; pienso que su vida es mía,
para usarla como estime conveniente. Vamos, se está
haciendo tarde, mejor entramos.
El
doctor Raymond encabezó la marcha hacia la casa, a
través del hall, y hacia abajo por un largo y oscuro
corredor. Sacó una llave de su bolsillo y abrió una
pesada puerta, y le indicó a Clarke la entrada a su
laboratorio. Éste había sido alguna vez una sala de
billar, iluminado por una cúpula de vidrio en el
centro del techo, donde aún brillaba una luz triste y
gris sobre la figura del doctor, mientras encendía
una lámpara de pesada pantalla y la ponía sobre una
mesa en el centro de la habitación.
Clarke
miró a su alrededor. Escasamente un pie del muro se
mantenía desnudo; por todos lados había estantes
atiborrados con botellas y frasquitos, de todas las
formas y colores, y a un extremo se encontraba un
pequeño librero estilo Chippendale. Raymond le apuntó:
-¿Ves
aquel pergamino de Osward Crollius? Él fue uno de los
primeros en mostrarme el camino, aunque pienso que él
mismo jamás lo encontrara. Éste es un extraño dicho
suyo: "En cada grano de trigo se esconde el alma
de una estrella"
No
habían muchos muebles en el laboratorio. La mesa en
el centro, en una esquina un mesón de piedra con un
desagüe, las dos butacas en las que Raymond y Clarke
estaban sentados; eso era todo, excepto una silla de
extraña apariencia en el extremo más alejado de la
habitación. Clarke la miro y alzó sus cejas:
-Sí,
ésa es la silla -dijo Raymond-. Debemos ponerla en
posición. Se levantó y empujó la silla hacia la
luz, y comenzó a elevarla y a bajarla, dejando el
asiento abajo, poniendo el respando en varios ángulos,
y ajustando la pisadera. Se veía bastante cómoda, y
Clarke pasó su mano sobre el terciopelo verde,
mientras el doctor manipulaba las palancas.
-Clarke,
ponte cómodo. Yo tengo un par de horas de trabajo
ante mí, tuve que dejar algunos asuntos para el
final.
Raymond
se dirirgió hacia el mesón de piedra, mientras
Clarke, melancólicamente, lo observaba inclinarse
sobre una hilera de frascos y encender la llama bajo
el crisol. El doctor tenía una pequeña lámpara de
mano, ensombrecida como la más grande, en una
saliente sobre su instrumental. Clarke, sentado en las
sombras, examinó la gran sala en penumbras, asombrándose
ante los grotescos efectos del contraste entre la luz
brillante y la oscuridad indefinida. Pronto tuvo
conciencia de un extraño olor en la habitación, al
comienzo la mera sugerencia de un olor, pero al
hacerse más definido se sorprendió de no evocar una
farmacia o un pabellón. Clarke se encontró a sí
mismo esforzándose inútilmente por analizar la
sensación y, poco conciente, comenzó a pensar en un
día, quince años atrás, que pasó vagando a través
de los bosques y paderas cercanas a su propio hogar.
Era un caluroso día de comienzos de agosto, el calor
había desdibujado con una suave bruma los contornos
de todas las cosas y de todas las distancias, y la
gente que obeservaba el termómetro hablaba de un
registro anormal, de una temeperatura que era casi
tropical. Extrañamente, aquel caluroso día de los
cincuentas emergió nuevamente en la imaginación de
Clarke; la sensación de encandilamiento por la luz
del sol que lo invadía todo, parecía anular las
sombras y las luces del laboratorio, y sintió
nuevamente el aire caliente golpeando en ráfagas
sobre su rostro, y vio el resplandor elevándose de la
turba, y oyó los millares de murmullos del verano.
-Espero
que el olor no te moleste, Clarke; no hay nada dañino
en él. Te pone un tanto soñoliento, eso es todo.
Clarke
oyó las palabras claramente, y se dio cuenta de que
Raymond se dirigía a él, sin embargo, no podía
salirse de ese letargo. Sólo podía pensar en la
caminata solitaria que había tomado, quince años atrás;
era la última visión que tenía desde que era niño
de los campos y bosques que había conocido, y ahora,
todo eso surgía en una luz brillante, como una
fotografía, ante él. Y por encima de todo llegó
hasta su nariz el aroma del verano, el olor mezclado
de las flores, de los bosques y de los lugares
templados en lo profundo de las verdes profundidades,
emanando producto del calor del sol; y el aroma de la
buena tierra, yaciendo con los brazos abiertos y los
labios sonrientes, abrumándolo todo. Sus fantasías
le hicieron vagar, como había vagado hace mucho
tiempo atrás, desde los campos hacia el bosque,
recorriendo un pequeño sendero entre la maleza
brillante de las hayas; mientras el hilo de agua que
goteaba desde la piedra caliza sonaba como una melodía
de ensueño. Sus pensamientos comenzaron a extraviarse
y a fundirse con otros pensamientos; la avenida de
hayas se transformó en un sendero entre las encinas,
y eventualmente, alguna parra trepaba de rama en rama,
confinando a los oscilantes zarcillos y se inclinaba a
causa de sus uvas púrpuras, y las escasas hojas
verdigrises del olivo silvestre contrastaban con las
oscuras sombras de la encina. Clarke, en los prufundos
pliegues del sueño, estaba conciente que el sendero
que partía de la casa de su padre lo había llevado
hacia un país desconocido. Repentinamente, mientras
reflexionaba sobre la extrañeza de todo esto, el
murmullo del verano fue reemplazado por un silencio
infinito que parecía cernirse sobre todas las cosas,
el bosque estaba en silencio. Y por un momento se
encontró cara a cara con una presencia, que no era
hombre ni bestia, ni vivo ni muerto, sino todas las
cosas a la vez, la forma de todas las cosas pero
desprovisto de forma. Y en ese momento, el sacramento
entre el cuerpo y el ama se disolvió y una voz pareció
gritar: "déjennos salir", y entonces vino
la oscuridad más oscura, de más allá de las
estrellas, la oscuridad de lo eterno.
Clarke
se despertó de un sobresalto y vio a Raymond
vertiendo unas cuantas gotas de un líquido oleoso en
un frasquito verde, tapándolo apretadamente.
-Estuviste
dormitando -le dijo-, el viaje debe haberte agotado.
Todo está listo. Iré por Mary; estaré de vuelta en
diez minutos.
Clarke
se reclinó en su butaca, reflexionando. Le parecía
como si solamente hubiera pasado de un sueño a otro.
Casi esperaba ver las paredes del laboratorio
derretirse y disolverse, y depertar en Londres,
estremeciéndose frente a sus propias ensoñaciones.
Pero finalmente la puerta se abrió y el doctor regresó.
Tras de él venía una joven de aproximadamente
diecisiete años, toda vestida de blanco. Era tan
hermosa que Clarke no se extrañó de lo que el doctor
le había escrito. Su rostro, cuello y brazos se habían
sonrojado, pero Raymond se mantenía inconmovible.
-Mary
-le dijo-, ha llegado el momento. Eres completamente
libre. ¿Estás dispuesta a confiarte enteramente a mí?
-Sí,
querido.
-¿Oíste
eso, Clarke? Tú eres mi testigo. Mary, aquí está la
silla. Es bastante simple. Sólo siéntate y recuéstate.
¿Estás lista?
-Si,
querido, completamente lista. Bésame antes de
comenzar.
El
doctor se inclinó y la besó benévolamente en los
labios.
-Ahora
cierra tus ojos -le dijo.
La
joven cerró sus párpados, como si estuviera cansada
y anhelara dormir, y Raymond puso el frasquito verde
bajo su nariz. Su rostro se puso blanco, más blanco
que su vestido; luchó suavemente, mas luego, con el
sentimiento de sumisión tan fuerte en su interior,
cruzó los brazos sobre su pecho, como una niña pequeña
a punto de decir sus oraciones. El brillo de la lámpara
cayó de lleno sobre ella, y Clarke observó los
cambios pasar rápidamente por su rosotro, como
cambian las colinas cuando las nubes del verano flotan
sobre el sol. Y luego allí estaba ella, totalmente
quieta y pálida, mientras el doctor levantaba uno de
sus párpados. Estaba completamente inconciente.
Raymond presionó con fuerza una de las palancas e
instantáneamente la silla se hundió hacia atrás.
Clarke osbervó cómo le cortaba el cabello, trazando
un círculo parecido a una tonsura. Raymond acercó la
lámpara y sacó de su maletín un pequeño y
brillante instrumento, Clarke se volteó estremeciéndose.
Al mirar nuevamente el doctor estaba vendando la
herida que había hecho.
-Despertará
en cinco minutos -Raymond se mantenía aún
perfectamente tranquilo-. No hay nada más que hacer,
sólo podemos esperar.
Los
minutos pasaban lentamente; podían oír el lento y
pesado tic tac de un antiguo reloj en el pasillo.
Clarke se sentía enfermo y débil; sus rodillas
temblaban, casi no podía mantenerse en pie.
Repentinamente,
mientras vigilaban, percibieron un largo suspiro y, de
súbito, el color perdido regresó a las mejillas de
la joven y sus ojos se abrieron. Clarke se amilanó
ante ellos. Brillaban con una luz impresionante,
mirando a la distancia, y un gran asombro se dibujó
en su rostro, y sus brazos se estiraron como para asir
lo invisible; sin embargo, en un instante el asombro
se disolvió y fue reemplazado por el más abominable
terror. Los músculos de su rostro se convulsionaron
horriblemente, temblando desde la cabeza a los pies;
su alma parecía estremecerse y luchar dentro de ese
hogar de carne. Fue una visión espantosa, y Clarke se
precipitó hacia adelante mientras ella caía al
suelo, temblando.
Tres
días despues Raymond condujo a Clarke junto al lecho
de Mary. Ella se encontraba completamente despierta,
moviendo su cabeza de lado a lado y gesticulando
inexpresivamente.
-Sí
-dijo el doctor, aun completamente sereno-, es una lástima,
se ha convertido en una idiota sin remedio. Sin
embargo, no se pudo evitar y, después de todo, ella
ha visto al Gran Dios Pan.
II.
Las Memorias del Señor Clarke:
Clarke,
el caballero elegido por el Dr. Raymond para
presenciar el extraño experimento del dios Pan, era
una persona en cuyo carácter la cautela y la
curiosidad estaban peculiarmente mezcladas. En sus
momentos de seriedad pensaba en lo inusual y lo excéntrico
con una abierta aversión, sin embargo, en lo profundo
de su corazón, exhibía una ingenua curiosidad
respecto a los elementos más esotéricos y recónditos
de la naturaleza humana. Esta última tendencia había
prevalecido cuando aceptó la invitación de Raymond
y, aunque su juicio siempre había repudiado las teorías
del doctor, considerándolas como las necedades más
extravagantes, secretamente abrazaba la creencia en la
fantasía, y se hubiera regocijado de ver confirmada
aquella creencia. Los horrores que presenció en aquel
espantoso laboratorio resultaron, hasta cierto punto,
terapéuticos; era conciente de estar involucrado en
un asunto no del todo honorable, y por muchos años
después, se aferró firmemente a lo trivial,
rechazando todas las oportunidades de investigación
ocultista. De hecho, sobre un principio homeopático,
por algún tiempo asisitió a las sesiones de
distinguidos médiums, esperando que los torpes trucos
de aquellos caballeros le llevaran a enemistarse con
cualquier tipo de misticismo, sin embargo, el remedio,
aunque cáustico, no era eficaz. Clarke sabía que aún
se consumía por lo invisible, y, poco a poco, la
antigua pasión comenzó a reafirmarse, al tiempo que
el rostro de Mary, estremeciéndose y convulsionado
con un desconocido terror, se desvanecía lentamente
en su memoria. Ocupado todo el día en labores tanto
serias como lucrativas, la tentación de relajarse por
la tarde era muy grande, especialmente durante los
meses de invierno, cuando el fuego echaba un cálido
fulgor sobre su cómodo departamento de soltero, y una
botella de algún vino escogido descansaba presto a la
mano. Una vez digerida la cena, haría una breve
pretensión de leer el periódico de la tarde, sin
embargo, el mero catálogo de noticias palidecía
pronto ante él, y Clarke se descubría echando
vistazos de cálido deseo en dirección de un antiguo
escritorio japonés, que se erguía a una agradable
distancia del hogar. Como un niño frente a un armario
atestado, por unos pocos minutos lo rondaba indeciso,
pero el placer siempre prevalecía, y Clarke terminaba
por acercar su silla, prender una vela y sentarse
frente al escritorio. Sus casilleros y cajones
rebosaban con documentos acerca de los más mórbidos
temas, y en su espacio cerrado, descansaba un gran
volumen manuscruito, en el cual, esmeradamente, había
introducido los tesoros de su colección. Clarke sentía
un magnífico desdén hacia la literatura publicada;
la historia más fantasmagórica dejaba de interesarle
si resultaba estar impresa; su único placer se
encontraba en la lectura, compilación y reorganización
de lo que él llamaba, sus "Memorias para probar
la Existencia del Diablo" y, entregado a esta
ocupación, la tarde parecía volar y la noche parecía
muy corta.
Durante
una velada en particular, una horrible noche de
diciembre oscurecida por la niebla y congelada con
escarcha, Clarke apuró su cena y, escasamente, se
dignó a observar su acostumbrado ritual de tomar el
periódico y dejarlo nuevamente a un lado. Se paseó
dos o tres veces por la habitación, abrió el
escritorio, se mantuvo estático por un momento, y se
sentó. Se reclinó, absorbido por una de esas ensoñaciones
de las que era objeto y, al fin, sacó su libro y lo
abrió en la última entrada. Allí habían tres o
cuatro páginas densamente cubiertas por la redonda y
ornada caligrafía de Clarke, y al principio, había
escrito lo siguiente, a mano y en una letra algo más
grande:
"Singular
narración relatada por mi Amigo, el Doctor Phillips.
Me ha asegurado que todos los hechos relatados aquí
son estricta y completamente Verdaderos, pero se niega
a entregar, ya sea los Apellidos de las Personas
Afectadas, o los Lugares donde estos Extraordinarios
Eventos sucedieron.
El
señor Clake comezó a leer, por décima vez, la
narración, dando un vistazo de vez en cuando a las
notas que había hecho a lápiz cuando su amigo lo
sugería. Una de sus gracias era enorgullecerse de una
cierta habilidad literaria; pensaba bien de su estilo,
y se esforzó en arreglar de forma dramática las
circunstancias. Leyó la siguiente historia:
"Las
personas involucradas en esta exposición son: Helen
V., quien, si aún está viva, debe ser una mujer de
veintitrés, Rachel M., ya fallecida, quien era un año
menor que la anterior, y Trevor W., un idiota, de 18 años.
Estas personas, durante el período de la historia,
habitaban en una villa en los límites de Gales, un
lugar de alguna importancia durante la época de
ocupación Romana, pero ahora un caserío disperso de
no más de quinientas almas. Se empalma sobre terreno
elevado, aproximadamente a seis millas del mar, y se
encuentra protegida por un extenso y pintoresco
bosque.
"Hace
unos once años atrás, Helen V. llegó a la aldea
bajo circunstancias peculiares. Era sabido que, siendo
huérfana, fue adoptada en su infancia por un pariente
lejano, quien la crió en su hogar hasta que cumplió
los doce años. Sin embargo, pensando que sería mejor
para la niña tener compañeros de juegos de su misma
edad, publicó en varios periódicos locales avisos
buscando un buen hogar para una niña de doce en una cómoda
hacienda. Este aviso fue contestado por el señor R.,
un granjero acomodado, de la adea antes mencionada.
Siendo sus referencias satisfactorias, el caballero
envió a su hija adoptiva con el señor R. La joven
portaba una carta, en la cual se estipulaba que la niña
debería tener una habitación para ella sola y
afirmaba que sus cuidadores no necesitaban preocuparse
por el tema de su educación, pues ella estaba lo
suficientemente educada para la posición que ocuparía
en la vida. De hecho, el señor R. fue dado a entender
que debía permitir a la niña encontrar sus propias
actividades y pasar el tiempo como ella deseara.
Puntualmente, el Sr. R. la recibió en la estación más
cercana, a siete millas de su casa, y al parecer no
advirtió nada fuera de lo común acerca de la niña,
excepto que se mostraba reservada reapecto a su
antigua vida y a su padre adoptivo. Sin embargo, ella
era diferente a la gente del pueblo; su piel era de un
oliva pálido y claro, y sus rasgos eran bien
marcados, en cierto modo, tenía un tipo extranjero.
Al parecer, se acostumbró fácilmente a la vida de la
granja, y se convirtió en la favorita de los niños,
quienes algunas veces la acompañaban en sus
vagabundeos por el bosque, ya que éste era su
pasatiempo favorito. El Señor R. relata que conocía
los vagabundeos solitarios de la joven, salía
inmediatamente depués del desayuno, y no retornaba
hasta depués del atardecer, y que, sintiendose
intranquilo de que una jovencita se encontrara sola
fuera de la casa por tantas horas, se comunicó con su
padre adoptivo, quién respondió, en una breve nota,
que Helen debía hacer lo que eligiera. En el
invierno, cuando los caminos del bosque son
intransitables, pasaba la mayor parte del tiempo en su
dormitorio, donde dormía sola, de acuerdo a las
instrucciones de su pariente. Fue durante una de estas
expediciones al bosque cuando sucedió el primero de
los singulares incidentes con los cuales la niña está
conectada, siendo aproximadamente un año después de
su llegada al pueblo. El invierno anterior había sido
extraordinariamente severo, la nieve se había
acumuldo hasta grandes profundidades, y la escarcha se
había mantenido por un período sin precedente, y el
verano siguiente fue igual de notable por su calor
excesivo. Durante uno de los días más calurosos de
dicho verano, Helen V. abandonó la casa para dar uno
de sus largos paseos por el bosque, llevando con ella,
como era usual, algo de pan y carne para almorzar. Fue
vista por algunos hombres en los campos dirigiéndose
hacia la antigua Calzada Romana, un verde sendero que
recorre la parte más alta del bosque. Se
sorprendieron al observar que la niña se había
quitado el sombrero, a pesar de que el calor del sol
era casi tropical. Mientras pasaba, un obrero de
nombre Joseph W. trabajaba en el bosque cerca de la
Calzada Romana. A las doce de día su hijo Trevor le
llevó al hombre su comida de pan y queso. Después de
la merienda, el chico, de aproximadamente siete años
en aquella época, dejó a su padre en el trabajo para
buscar flores en el bosque, y el hombre, que podía
escucharlo gritar con deteleite ante sus
descubrimientos, no se sintió intranquilo. Sin
embargo, repentinamente, se horrorizó al escuchar los
gritos más espantosos, evidentemente producto de un
gran terror, que procedían de la dirección en que su
hijo había ido. Rápidamente dejó sus herramientas y
corrió para ver qué había sucedido. Siguiendo su
pista por el sonido, encontró al pequeño niño
corriendo precipitadamente, y se encontraba, era
evidente, terriblemente asustado. Al preguntarle, el
hombré se enteró que el niño, luego de recoger un
ramillete de flores se sintió cansado y se acostó en
el pasto quedándose dormido. Fue súbitamente
despertado, como relató, por un ruido peculiar, una
especie de canto -así lo llamó- y, atisbando a través
de las ramas, vio a Helen V. jugando en el pasto con
un "extraño hombre desnudo", a quien fue
incapaz de describir con más detalle. Dijo haberse
sentido terriblemente asustado y que corrió alejándose
y llamando a su padre. Joseph W. se dirigió al lugar
indicado por su hijo, y encontró a Helen V. sentada
en el pasto en el centro de un claro, o de un espacio
abierto dejado por los quemadores de carbón.
Irritadamente la culpó de haber asustado a su pequeño
hijo, pero ella negó completamente la acusación y se
rió de la historia del niño sobre un "hombre
extraño", historia a la cual él mismo no le
atribuía mucho crédito. Joseph W. llegó a la
conclusión de que el niño había despertado con un súbito
temor, como a veces les sucede a los niños, mas
Trevor persistía en su historia, y continúo en aquel
evidente estrés hasta que finalmente su padre lo llevó
a casa, esperando que su madre fuese capaz de
consolarlo. Sin embargo, por varias semanas el niño
les dio a sus padres muchas preocupaciones: sus
maneras se tornaron nerviosas y extrañas, negándose
a abandonar la cabaña solo, y alarmando
constantemente a la familia al despertar gritando: ¡El
hombre del bosque! ¡Padre! ¡Padre!"
Con
el transcurso del tiempo, sin embargo, la impresión
pareció desgastarse y, cerca de tres meses después,
acompañó a su padre a la casa de un caballero del
vecindario para el cual Joseph W. ocasionalmente
trabajaba. El hombre fue conducido al estudio y el
pequeño niño fue dejado sentado en la recepción.
Pero pocos minutos después, mientras el caballero
daba sus instrucciones a W., los dos fueron espantados
por un grito desgarrador y el sonido de una caída.
Precipitándose fuera descubrieron al chico sin
sentido sobre el suelo, su cara desfigurada por el
terror. Inmediatamente llamaron al doctor, quien luego
de examaminarlo declaró que el niño había sufrido
una especie de ataque, producto de un shock
inesperado. El niño fue llevado a uno de los
dormitorios, y luego de un tiempo recuperó la
conciencia, pero solo para pasar a un estado, descrito
por el médico, como histeria violenta. El doctor le
suministró un sedante fuerte, y en el curso de dos
horas, le declaro capaz de caminar a casa. Pero al
pasar por la recepción, los paroxismos de terror
retornaron, con más violencia. El padre notó que el
niño apuntaba hacia algún objeto y oyó el antiguo
grito, "¡El hombre del bosque!", y mirando
hacia la dirección señalada vio una cabeza de piedra
de apariencia grotesca, que había sido edificada en
la pared sobre una de las puertas. Al parecer,
recientemente el dueño de la casa había hecho
algunas alteraciones en sus establecimientos, y
mientras cavaba en las fundaciones de algunas
dependencias el hombre encontró una curiosa cabeza,
evidentemente del período Romano, la que había sido
dispuesta en la manera descrita. Los arqueólogos más
experimentados del distrito habían declarado que la
cabeza era la de un fauno o de un sátiro. (El doctor
Phillips me cuenta que él ha visto la cabeza en
cuestión, y me asegura que nunca ha percibido una
manifestación tan vívida de intensa maldad).
Pero
cualquiera haya sido la causa, este segundo golpe
pareció demasiado severo para el joven Trevor, y
actualmente sufre de una debilidad del intelecto, que
ofrece escasa esperanza de recuperación. El asunto,
en aquel tiempo, causó una gran de sensación, y
Helen fue detenidamente interrogada por el señor R.,
pero sin resultados, pues ella negaba resueltamente
que habia asustado o molestado a Trevor de alguna
forma.
El
segundo suceso con el que el nombre de la niña está
conectado tuvo lugar hace aproximadamente seis años,
y es de un carácter aún más extraordinario.
A
comienzos del verano de 1882, Helen trabó una
amistad, de características peculiarmente íntimas,
con Rachel M., la hija de un próspero granjero de la
vecindad. Esta joven, un año menor que Helen, era
considerada por la mayoría como la más linda de las
dos, a pesar de que los rasgos de Helen se habían
suavizado en gran medida mientras crecía. Las dos niñas,
que estaban juntas cada vez que fuera posible, exhibían
un singular contraste, la una con su clara y olivácea
piel, casi de apariencia italiana, y la otra con el
proverbial rojo y blanco de nuestros distritos
rurales. Debe mencionarse, que los pagos que señor R.
hacía para la mantención de Helen, eran conocidos en
la villa por su excesiva generosidad, y era de impresión
general que algún día ella heredaría de su pariente
una gran suma de dinero. De esta forma, los padres de
Rachel no se oponían a la amistad de su hija con la
joven, e incluso fomentaban la intimidad, aunque ahora
se arrepienten amargamente de haberlo hecho. Helen aún
conservaba su extraordinaria inclinación por el
bosque y, en varias ocasiones Rachel la acompañaba.
Ambas amigas salían temprano por la mañana y se
quedaban en el bosque hasta el crepúsculo. Una o dos
veces después de aquellas excursiones la señora M.
notó algo peculiar en el comportamiento de su hija;
se la veía ida y lánguida, como ha sido expresado,
"diferente a sí misma", sin embargo, estas
peculiaridades le parecieron demasiado insignificantes
como para ser comentadas. Mas una tarde, luego del
retorno de Rachel al hogar, su madre oyó un ruido que
sonaba como un llanto reprimido en la habitación de
la joven, y al entrar la encontró tirada sobre su
cama, medio desnuda, evidentemente presa de una gran
angustia. Tan pronto como vio a su madre exclamó:
"Ah, madre, madre, ¿por qué me permitiste ir al
bosque con Helen?". La señora M. se sorprendió
frente a tan extraña pregunta, y procedió a indagar.
Rachel le relató una extravagante historia. Contó
que..."
Clarke
cerró el libro con un estruendo y volvió su silla
hacia el fuego. La tarde en que su amigo se encontraba
sentado en esa misma silla, narrando su historia,
Clarke lo había interrumpido en un punto algo
posterior a este, cortando sus palabras en un
paroxismo de horror. "¡Dios mío! -exclamó-
Piensa, piensa en lo que estás diciendo. Es demasiado
increíble, demasiado monstruoso; cosas como esas no
pueden suceder en este modesto mundo, donde los
hombres y mujeres viven y mueren, y luchan, y
conquistan, o quizá caen bajo el dolor y el
arrepentimiento, y sufren de extrañas suertes por
varios años; pero no esto, Phillips, no cosas como
estas. Debe haber alguna explicación, alguna salida
de este terror. Porque, hombre, si tal situación
fuera posible, nuestra tierra sería una
pesadilla."
Sin
embargo, Phillips había contado su historia hasta el
final, concluyendo:
"Su
huída permanece hasta hoy como un misterio; se
desvaneció a plena luz del sol; la vieron caminado
por una pradera y, pocos minutos después, ya no
estaba allí".
Clarke
trató de imaginarse el asunto una vez más, sentado
junto al fuego, y su mente nuevamente se estremeció y
retrocedió, consternada ante la visión de tales
horribles e innombrables elementos, entronados como
estaban, triunfantes en la carne humana. Ante él se
extendía la oscura visión de la verde calzada en el
bosque, como su amigo la había descrito; vio las
hojas oscilantes y las temblorosas sombras sobre el
pasto, vio la luz del sol y las flores, y, en la
distancia, ambas figuras se acercaban hacia él. Una
era Rachel, ¿y la otra?
Clarke
ha tratado de no creer en ello, sin embargo, al final
del relato, como está escrito en su libro, puso la
siguiente inscripción:
ET
DIABOLUS INCARNATE EST. ET HOMO FACTUS EST.
III.
Ciudad de Resurrecciones:
-¡Dios
mío, Herbert! ¿Es esto posible?
-Sí,
mi nombre es Herbert. Creo que conozco su cara también,
pero no recuerdo su nombre. Mi memoria está
estropeada.
-¿No
recuerdas a Villiers de Wadham?
-Así
es, así es. Ruego me disculpes Villiers, nunca pensé
que le estaba mendigando a un antiguo amigo de
universidad. Buenas noches.
-Mi
querido amigo, esta prisa es innecesaria. Mis
habitaciones están cerca de aquí, pero no iremos allí
inmediatamente. ¿Qué te parece si caminamos un poco
por Shaftesbury Avenue? Pero Herbert, ¿cómo en
nombre del cielo llegaste a esta situación?
-Es
una larga historia, Villiers, y extraña también,
pero puedes escucharla si así lo deseas.
-Vamos,
entonces. Toma mi brazo, no luces muy fuerte.
La
dispar pareja se movió lentamente por la calle
Rupert; el uno en sucios y funestos andrajos, y el
otro, ataviado en el uniforme reglamentario de un
hombre de ciudad, ordenado, lustroso y
distinguidamente acomodado. Villiers había salido de
su restaurant luego de una excelente cena de muchos
platos, asistido por un congraciador frasco de
Chianti. Mas, en aquel marco mental que casi era crónico
en él, se había demorado junto a la puerta,
atisbando alrededor en la mortecina luz de la calle,
en busca de aquellos misteriosos incidentes y personas
que abundan en las calles de Londres a cada hora.
Villiers se enorgullecía de sí mismo por ser un hábil
explorador de aquellos oscuros laberintos y desvíos
de la vida londinense, y en esta improductiva ocupación
desplegaba una asiduidad que era digna de actividades
más serias. De esta forma, se encontraba junto al
poste de luz examinado a los transeúntes con una
abierta curiosidad y con la seriedad sólo conocida
por el comensal sistemático, cuando, habiendo recién
enunciado en su mente la siguiente fórmula:
"Londres ha sido llamada la ciudad de los
encuentros; pero es más que eso, es la ciudad de las
Resurrecciones", sus reflexiones fueron súbitamente
interrumpidas por un lastimero gemido junto a él, y
un lamentable pedido de limosna. Miró a su alrededor
con enojo, y con un súbito impacto se vio confrontado
con la prueba encarnada de sus pomposas fantasías.
Allí, a su lado, la cara alterada y desfigurada por
la pobreza y desgracia, el cuerpo escasamente cubierto
por unos grasientos y mal traidos andrajos, se
encontraba su antiguo amigo Charles Herbert, quién se
había matriculado el mismo día que él, con el cual
había sido feliz y sagaz por doce revueltos períodos
académicos. Ocupaciones diferentes y diversos
intereses habían interrumpido la amistad, y hacía
seis años que Villiers no veía a Herbert; y ahora lo
encontraba, a esa ruina de hombre, con dolor y
desaliento, mezclado con una cierta curiosidad
respecto a qué espantosa cadena de circunstacias lo
habrían arrastrado a tan triste situación. Villiers
sintió junto con la compasión, todo el deleite del
aficionado a los misterios, y se felicitó por sus
pausadas especulaciones fuera del restaurant.
Caminaron
en silencio por algún tiempo, y más de algún transeúnte
miró sorprendido aquel insólito espectáculo de un
hombre bien vestido con un indiscutible mendigo
aferrado a su brazo. Villiers, dándose cuenta de
esto, dirigió los pasos hacia una oscura calle en el
Soho. Aquí repitió su pregunta:
-¿Cómo
diablos sucedió, Herbert? Siempre creí que asumirías
una gran posición en Dorsetshire. ¿Acaso tu padre te
desheredó? ¿Seguramente no?
-No,
Villiers; obtuve toda la propiedad cuando mi pobre
padre murió, falleció un año después que dejé
Oxford. Fue un buen padre para mí, y lamenté su
muerte sinceramente. Pero tú sabes cómo son los
jovenes; pocos meses después me vine a la ciudad y
entré en sociedad. Tuve, por supuesto, presentaciones
excelentes, y logré divertirme mucho de una forma
sana. Jugaba un poco ciertamente, pero nunca a grandes
riesgos, y las pocas apuestas que hice en las carreras
me dieron dinero -sólo unos cuantos peniques, tú
sabes-, pero suficiente para pagar los puros y
aquellos placeres insignificantes. Fue durante mi
segunda temporada que la marea cambió. ¿Por supuesto
supiste que me casé?
-No,
nunca escuché nada sobre eso.
-Si,
me casé Villiers. Conocí a una joven, una muchacha
de la más maravillosa y extraña belleza en la casa
de ciertas personas que conocía. No podría decirte
su edad; nunca la supe. Hasta donde puedo imaginarme,
debo pensar que tendría cerca de diecinueve cuando
trabamos conocimiento. Mis amigos la habían conocido
en Florencia; les había contadoque era huérfana,
hija de padre Inglés y madre Italiana, y los cautivó
tal como me cautivó a mí. La primera vez que la vi
fue durante una velada nocturna. Yo estaba junto a la
puerta, conversando con un amigo cuando de repente,
sobe el murmullo y barullo de la conversación, escuché
una voz que pareció estremecer mi corazón. Estaba
cantando una canción italiana. Me la presentaron esa
tarde, y a los tres meses me casé con Helen.
Villiers, esa mujer, si es que puedo llamarla mujer,
pervirtió mi alma. En la noche de bodas me encontré
sentado en su habitación de hotel, escuchándola.
Ella estaba sentada sobre la cama, mientras yo la
escuchaba hablar con su hermosa voz. Habló de cosas
que aún ahora no me atrevería a susurrar en la noche
más oscura, aunque estuviera en medio del desierto.
Villiers, puedes creer que conoces la vida, y Londres,
y lo que sucede día y noche en esta horrorosa ciudad;
podrás haber escuchado las palabras de los más
viles, pero te digo, que no puedes concebir lo que yo
sé, ni siquiera en tus sueños más fantásticos y
repugnantes podrías imaginar una pálida sombra de lo
que yo he oído... y visto. Sí, visto. He visto lo
increíble, horrores tales que incluso yo mismo
algunas veces me detengo en medio de la calle, y me
pregunto si es posible que un hombre sea testigo de
tales cosas y sobreviva. En un año, Villiers, era un
hombre arruinado, en cuerpo y alma... en cuerpo y
alma.
-Pero,
Herbert, ¿tu propiedad? Tenías tierras en Dorset.
-
La vendí; los campos y los bosques, la querida y
antigua casa... todo.
-
¿Y el dinero?
-Se
lo llevó todo.
-¿Y
luego te dejó?
-Si;
desapareció una noche. No sé adónde fue, pero estoy
seguro de que si la viera otra vez eso me mataría. El
resto de mi historia no interesa; sórdida miseria,
eso es todo. Quizá pienses que he exagerado y he
hablado para causar efecto, Villiers; pero no te he
contado ni la mitad. Podría contarte ciertas cosas
que te convencerían, pero nunca más tendrías un día
feliz. Pasarías el resto de tu vida como yo, un
hombre maldito, un hombre que ha visto el infierno.
Villiers
llevó al desafortunado a sus habitaciones, y le dio
alimento. Herbert logró comer un poco, y escasamente
tocó el vaso de vino dispuesto ante él. Se sentó
taciturno junto al fuego, y pareció aliviado cuando
Villiers lo despidió con un pequeño presente en
dinero.
-A
propósito, Herbert -dijo Villiers, mientras se
separaban en la puerta-, ¿cuál era el nombre de tu
esposa? Creo que dijiste Helen. ¿Helen cuánto?
-El
nombre por el que pasaba cuando la conocí era Helen
Vaughan, pero cuál sería su verdadero nombre, no
podría decirlo. No creo que tuviera algún nombre. Sólo
los seres humanos tienen nombres, Villiers, no podría
decirte nada más. Adiós. Sí, no dejaré de llamar
si necesito algo en lo que puedas ayudarme. Buenas
noches.
El
hombre salió a la amarga noche, y Villiers regresó
junto al fuego. Había algo acerca de Herbert que lo
impactó inexpresadamente; no sus pobres andrajos ni
las marcas que la pobreza había impreso en su rostro,
sino más bien un terror indefinido que colgaba de él
como una niebla. Había reconocido que él mismo no
estaba desprovisto de culpa; la mujer, había
declarado, lo había pervertido en cuerpo y alma, y
Villiers sintió que este hombre, alguna vez su amigo,
había actuado en escenas de una maldad que está más
allá del poder de las palabras. Su histroria no
necesitaba de confirmación, él mismo era la prueba
encarnada de ella. Villiers meditó con curisidad
acerca de la historia que había oído, y se preguntó
si había oído tanto el principio como el final de
ella. No -pensó-, ciertamente no el final,
probablemente sólo el comienzo. Un caso como este es
como un nido de cajas Chinas; abres una tras otra y
descubres un exótico artificio en cada caja.
Seguramene el pobre Herbert no es más que una de las
cajas exteriores; hay algunas más extrañas que le
siguen.
Villiers
no pudo desligar su mente de Herbert y su historia, la
que pareció más desenfrenada a medida que pasaba la
noche. El fuego parecía arder débilmente, y el frío
aire de la mañana se filtraba dentro de la habitación;
Villiers se levantó dando una mirada sobre su hombro
y, estremeciéndose ligeramente, se fue a la cama.
Unos
días después encontró a uno de sus conocidos en su
club, se llamaba Austin y era famoso por su íntimo
conocimento de la vida londinense, tanto en sus fases
tenebrosas como luminosas. Villiers, aún repleto de
su encuentro en el Soho y sus consecuencias, pensó
que quizá Austin podría echarle algo de luz a la
historia de Herbert, y así, luego de un poco de
charla informal, lanzó la pregunta:
-¿Por
casualidad sabes algo de un hombre llamado Herbert
-Charles Herbert?
Austin
se volteó seriamente y miró a Villiers con asombro.
-¿Charles
Herbert? ¿No estabas en la ciudad hace tres años?
No; ¿entonces no oíste acerca del caso de Paul
Street? Causó gran sensación en aquel tiempo.
-¿Cuál
fue el caso?
-Bueno,
un caballero, un hombre de muy buena posición fue
hallado muerto, tiesamente muerto, en el terreno de
cierta casa en Paul Street, lejos de Tottenham Court
Road. Por supuesto que la policía no hizo el
descubrimiento; si te pasas despierto toda la noche y
tienes luz en tu ventana, el policía llamará a tu
puerta, sin embargo, si sucede que yaces muerto en el
patio de alguien, te dejan solo. En este caso, como en
muchos otros, la alarma fue dada por una suerte de
vagabundo; no me refiero a un vago común, o a un hargán
de alguna taberna, sino a un caballero, cuyo negocio o
placer, o ambos, lo convirtieron en un espectador de
Londres a las cinco de la mañana. Este individuo
estaba, como dijo, "yendo a casa", no se
supo desde dónde ni hacia dónde, y tuvo la ocasión
de pasar por Paul Street entre las cuatro y las cinco
a.m. Algo captó su mirada en el número 20; bastante
absurdamente dijo, que la casa tenía la fisonomía más
desagradable que había visto, pero que de todas
formas había mirado. Se sorprendió bastante al ver a
un hombre yaciendo sobre las piedras, sus extremidades
completamente agazapadas, y su rostro vuelto hacia
arriba. A nuestro caballero el rostro le pareció
extrañamente espectral y, de esta forma, partió
corriendo en busca del policía más cercano. Al
comienzo, el alguacil se inclinaba a tratar el caso
ligeramente, sospechando una borrachera común; sin
embargo, se dirigió al lugar y, luego de mirar el
rostro del hombre, cambió su tono, bastante rápidamente.
El madrugador, quien había recogido este
"gusanito", fue enviado en busca del doctor,
mientras el policía golpeaba y llamaba a la puerta de
la casa, hasta que una desaliñada sirvienta, luciendo
más que un poco dormida, abrió la puerta. El
alguacil le señaló el contenido del terreno a la
sirvienta, quien gritó lo suficientemente fuerte para
despertar a toda la calle, mas no sabía nada acerca
del hombre; nunca lo había visto en la casa, etcétera.
Mientras tanto, el descubridor original había
regresado con el médico, y lo siguiente fue ingresar
al área. La reja estaba abierta, por lo que el
cuarteto completo bajó pesadamente las escaleras. El
doctor escasamente necesitó un momento de inspección;
dijo que el pobre tipo había estado muerto por varias
horas. Entonces fue cuando el caso se puso
interesante. El muerto no había sido asaltado, y en
uno de sus bolsillos estaban sus papeles identificándolo
como...bueno, como un hombre de buena familia y
medios, un favorito de la sociedad, un enemigo de
nadie, hasta donde se puede saber. No te digo su
nombre, Villiers, porque nada tiene que ver con la
historia, además no es nada bueno desentrañar estos
asuntos de los muertos cuando no hay familiares vivos.
El siguiente punto curioso fue que el médico no pudo
acordar cómo encontró su muerte. Habían algunos
ligeros moretones en los hombros, pero eran tan tenues
que parecía como si hubiese sido empujado rudamente
fuera por la puerta de la cocina, y no arrojado por
sobre la reja desde la calle o, más aún, arrastrado
escaleras abajo. Sin embargo, no había absolutamente
ninguna otra marca de violencia en él, por cierto
ninguna que diera cuenta de su muerte; y cuando
hicieron la autopsia, no habían rastros de veneno, de
ningún tipo. La policía, obviamente, quería saber
todo acerca de las personas del número 20 de Paul
Street, y aquí nuevamente, como he escuchado de
fuentes privadas, surgieron uno o dos puntos muy
curiosos. Al parecer los ocupantes de la casa eran el
señor y la señora Charles Herbert; se decía que él
era un terrateniente, lo que impactó a la gente pues
Paul Street no era exactamente un lugar en el cual
buscar a la burguesía hacendada. En cuanto a la señora
Herbert, nadie parecía saber quién o qué era y,
entre nosotros, imagino que los que se sumergieron
tras la historia, se encontraron en aguas más bien
extrañas. Por supuesto que ambos negaron saber algo
acerca del fallecido y, por falta de evidencia en
contra de ellos, fueron dejados en libertad. Sin
embargo, algunas cosas muy extrañas salieron respecto
a ellos. A pesar de que eran entre las cinco y las
seis de la mañana cuando el muerto fue removido, un
gran gentío se reunió, y varios de los vecinos
corrieron a ver qué estaba sucediendo. Eran bastante
desatados en sus cometarios, en todo caso, y de estos
apareció que el número 20 tenía muy mala fama en
Paul Street. Los detectives trataron de rastrear estos
rumores hacia algún fundamento sólido de los hechos,
pero no pudieron agarrarse de nada. La gente negaba
con su cabeza y elevaban sus cejas pues los Herberts
les parecían más bien "raros", "mejor
no ser visto entrando a su casa", y etcétera.
Pero no había nada tangible. Las autoridades estaban
moralmente convencidas que el hombre había encontrado
su muerte, de alguna u otra forma, en la casa y que
había sido arrojado fuera por la puerta de la cocina,
pero no podían probarlo, y la ausencia de indicios de
violencia o envenenamiento los dejó impotentes. Un
caso singular, ¿no es cierto?. Pero curiosamente, hay
algo más que no te he dicho. Resulta que conozco a
uno de los médicos que fue consultado acerca de la
causa de muerte, y algún tiempo después de la
investigación me lo encontré, y le pregunte acerca
del tema. "¿Realmente quieres decirme -le dije-,
que te viste desconcertado con el caso, y que
realmente no sabes de qué murió aquel hombre?"
"Discúlpame -respondió- conozco perfectamente
bien la causa de la muerte. Blank murió de miedo, de
un verdadero y espantoso terror; nunca durante el
curso de mi práctica he visto rasgos tan
terriblemente desfigurados, y le he visto las caras a
un sinnúmero de muertos". El doctor era
usualmente un tipo bastante sereno, pero un cierta
intensidad en sus modos me impresionó, sin embargo,
no pude sonsacarle nada más. Supongo que Hacienda no
encontró la manera de procesar a los Herberts por
asustar a un hombre hasta matarlo; de cualquier forma,
nada se hizo, y el caso se retiró de la mente de los
hombres. ¿Por casualidad, sabes tú algo sobre
Herbert?
-Bueno
-contestó Villiers-, era un antiguo amigo de
universidad.
-No
me digas. ¿Viste alguna vez a su esposa?
-No,
nunca. Perdí de vista a Herbert por muchos años.
-Es
extraño, ¿verdad?, separarse de un hombre en la
puerta de la universidad o en Paddington, no saber
nada de él por años, y luego, encontrarlo asomando
su cabeza en tan extraño lugar. Pero a mí me hubiera
gustado ver a la señora Herbert; se dicen cosas
extraordinarias acerca de ella.
-¿Qué
clase de cosas?
-Bueno,
casi no sé cómo contártelo. Todos los que la vieron
en la corte policial dijeron que era, al mismo tiempo,
la mujer más hermosa y la más repulsiva, sobre la
que hayan fijado sus ojos. Hablé con un hombre que la
había visto, y te lo aseguro, realmente se estremecía
mientras trataba de describirme a la mujer, mas no podía
decir por qué. Parece que ella era una especie de
enigma; y yo creo que si aquel muerto hubiera podido
contar cuentos, habría narrado unos
extraordinariamente raros. Y nuevamente nos
encontramos frente a otro acertijo, ¿que podría
haber querido el señor Blank (lo llamaremos así, si
no te molesta) en una casa tan extravagante como la
del número 20?. Es un caso del todo extraño, ¿no lo
crees?.
-Realmente
lo es, Austin; un caso extraordinario. Nunca pensé,
al preguntarte por mi antiguo amigo que me encontraría
frente a tan extraño metal. Bueno, debo irme, buen día.
Villiers
se alejó, pensando en su propia idea ingeniosa de las
cajas Chinas; aqui había un artificio exótico, de
hecho.
IV.
El Descubrimiento en Paul Street:
Pocos
meses después del encuentro entre Villiers y Herbert,
el señor Clarke se encontraba, como era usual,
sentado junto al hogar después de la cena, cuidando
resueltamente que sus fantasías no erraran en dirección
a su escritorio. Por más de una semana había logrado
mantenerse lejos de sus "Memorias",
abrigando esperanzas de una completa auto-reformación;
sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no podía
acallar el interés y la extraña curiosidad que el
caso que había escrito, excitaba en él. Le había
expuesto el caso, o más bien un resumen de él , en
forma de supuesto, a un amigo científico, quien meneó
su cabeza pensando que Clarke se estaba volviendo excéntrico,
y durante esta noche en especial, Clarke se esforzaba
en racionalizar la historia, cuando un repentino golpe
a la puerta lo sacó de sus meditaciones
-El
señor Villiers le busca, señor.
-¡Dios
mío!. Villiers, es muy amable de tu parte venir a
visitarme, no te había visto en muchos meses, debo
pensar que cerca de un año. Entra, entra. ¿Cómo estás,
Villiers? ¿Necesitas algún consejo sobre
inversiones?
-No,
gracias, creo que todo lo que tengo en ese sentido está
completamente a salvo. No, Clarke, vine más bien a
consultarte sobre una materia realmente curiosa de la
cual me enteré no hace mucho. Me temo que puedas
encontrarla del todo abusurda cuando te la cuente. A
veces yo mismo lo hago, y por esa razón decidí
recurrir a tí, pues sé que eres un hombre pragmático.
El
seños Villiers ignoraba las "Memorias para
probar la existencia del Diablo".
-Bueno,
Villiers, estaré feliz de darte mi consejo, si mi
habilidad lo permite. ¿Cuál es la naturaleza del
caso?
-Es
un asunto del todo extraordinario. Tú me conoces,
siempre mantengo los ojos abiertos en las calles, y
durante mi vida me he encontrado con tipos relamente
extraños, y casos extraños también, pero creo que
éste, los sobrepasa a todos. Hace cerca de tres meses
venía saliendo de un restaurant una desagradable
noche de invierno; había consumido una cena
importante y una buena botella de Chianti, y me detuve
un momento en la acera, pensando acerca del misterio
que hay alrededor de las calles de Londres y de los
visitantes que las recorren. Una botella de vino rojo
da alas a estas fantasías, Clarke, y me atrevo a
decir que debo haber pasado a través de una página
pero fui interrumpido por un mendigo que había
aprarecido trás de mí, y hacía las peticiones
usuales. Pos supuesto mire a mi alrededor y este
mendigo resultó ser lo que quedaba de un viejo amigo
mío, un hombre llamado Herbert. Le pregunté cómo
había llegado a tan miserable pasar, y me lo dijo.
Caminamos por una de aquellas largas y oscuras calles
del Soho, y allí escuché su historia. Dijo que se
había casado con una mujer hermosa, algunos años más
joven que él y, según dijo, lo había pervertido en
cuerpo y alma. No entró en detalles; dijo que no se
atrevía, que lo que había visto y oído lo acechaba
día y noche, y al mirar en su rostro supe que decía
la verdad. Había algo respecto al hombre que me hacía
estremecer. No sé por qué, pero estaba allí. Le di
algo de dinero y lo despedí, y te aseguro que cuando
se fue jadeé al respirar. Su presencia parecía
congelar la sangre.
-
Yo creo que el pobre tipo contrajo un matrimonio
imprudente, y, en ingles llano, se fue por las malas.
-Bueno,
esucha esto -Villiers le contó a Clarke la historia
que había oído de Austin-. Ya ves -finalizó- casi
no hay duda de que este señor Blank, quienquiera que
haya sido, muriera de un verdadero terror; presenció
algo tan espantoso, tan terrible, que le arrebató la
vida. Y lo que vio, seguramente lo vio en aquella
casa, la cual, de una u otra forma, tiene una mala
reputación en el vecindario. Tuve curiosidad de ir y
ver el lugar por mí mismo. Es una calle del tipo
deprimente; las casa son sufucientemente antiguas para
ser despreciables y terribles, pero no lo
suficientemente viejas para ser extravagantes. Hasta
donde pude observar, la mayoría de ellas eran
hospedajes, amobladas y no amobladas, y casi cada casa
tenía tres campanillas en su puerta. Aquí y allá,
los primeros pisos habían sido transformados en
negocios de la clase más corriente; es una calle lúgubre,
en todos los sentidos. Encontré que el número 20
estaba en alquiler, y fui donde el agente y obtuve la
llave. Por supuesto que no hubiera escuchado nada de
los Herberts en ese cuarto, pero le pregunté al
hombre, directamente, hace cuánto habían dejado la
casa y si habían habido otros inquilinos mientras
tanto. Me miro extrañamente por un minuto, y me dijo
que los Herberts la habían abandonado inmediatamente
depués de lo enojoso, como lo llamaba, y desde
entonces la casa ha permanecido vacía.
Villiers
se detuvo por un momento.
-Siempre
me he sentido atraído por entrar a las casa vacías,
hay una suerte de fascinación en los desolados
cuartos vacíos, con los clavos en las paredes, y el
polvo acumulado sobre los afeízares de las ventanas.
Pero no gocé entrando al número 20 de Paul Street.
Difícilmente había puesto un pie dentro del pasaje,
cuando noté un extraño y pesasdo sentimiento en el
aire de la casa. Por supuesto que todas las casas vacías
son sofocantes, y otras cosas, pero esto era algo
totalmente diferente; no te lo puedo describir, pero
parecía cortar la respiración. Fui a la habitación
delantera y a la trasera, y a las cocinas escaleras
abajo; todas estaban suficientemente sucias y
polovorientas, como esperarías, mas había algo extraño
en todas ellas. No podría definirlo, sólo se que me
sentí raro. Sin embargo, una de las habitaciones del
primer piso era la peor. Era una habitación más bien
grande, y alguna vez el papel mural debió haber sido
alegre, pero cuando yo la vi, la pintura, el papel, y
todo eran de lo más lúgubre. Y la habitación estaba
llena de horror; sentí rechinar mis dientes al poner
la mano sobre la puerta, y cuando entré, pensé que
iba a desmayarme. Sin embargo, me dominé y me situé
junto a la pared del fondo, preguntándome qué
diablos podría haber en esa habitación que hacía
temblar mis extremidades y hacía latir mi corazón
como si estuviera en la hora de la muerte. En una
esquina había un montón de períodicos esparcidos
por el suelo; comencé a mirarlos. Eran periódicos de
hace tres o cuatro años, algunos de ellos medio
rasgados y algunos arrugados, como si hubieran sido
usados para embalar. Di vuelta toda la pila, y entre
ellos encontré un curioso dibujo -te lo mostraré
inmediatamente. Pero no pude quedarme en la habitación,
sentía que me aplastaba. Agradecí haber salido de
allí al aire abierto, sano y salvo. La gente me
miraba mientras caminaba por la calle, y un hombre
dijo que estaba borracho. Me tambaleaba de un lado a
otro de la acera, y lo más que pude hacer fue llegar
donde el agente con la llave e irme a casa. Estuve en
cama por una semana, sufriendo de lo que mi doctor
diagnosticó como impacto nervioso y agotamiento. Uno
de esos días estaba leyendo el períodico y me topé
por casualidad con el siguiente titular: "Murió
de hambre". Era lo usual, un hospedaje típico en
Marleybone, una puerta cerrada durante varios días, y
un hombre muerto en su silla cuando forzaron la
puerta."El fallecido -decía el párrafo- era
conocido como Charles Herbert, y se cree que alguna
vez fue un próspero hacendado. Su nombre fue familiar
para el público tres años atrás en conexión con la
misteriosa muerte en Paul Street, Tottenham Court
Road, siendo el difunto el inquilino de la casa número
20, en cuyo terreno fue encontrado muerto un caballero
de buena posición, bajo circunstancias no
desprovistas de sospechas". Un trágico final, ¿verdad?.
Pero después de todo, si lo que me contó era verdad,
y estoy seguro que lo era, la vida de aquel hombre era
una completa tragedia, y una tragedia de la suerte más
extraña que la que pusieron en las tablillas.
-Y
esa es la historia, ¿no es cierto?
-Sí,
esa es la historia.
-Bueno,
Villiers, realmente no sé que decir al respecto. No
hay duda que existen circunstancias en el caso que
parecen peculiares, el descubrimiento de un muerto en
el terreno de la casa de Herbert, por ejemplo, y la
extraordinaria opinión del médico respecto a la
causa de la muerte; sin embargo, despues de todo, es
posible que todos esos hechos puedan ser explicados de
una forma directa. En relación a tus propias
sensaciones cuando visitaste la casa, sugiero que
pudieron deberse a una imaginación vívida; debes
haber estado meditando, en un estado semiconciente,
sobre lo que habías escuchado. No veo exactamente qué
más podría decirse o hacerse al respecto;
evidentemente crees que hay un misterio de algún
tipo, pero Herbert está muerto; ¿dónde propones
buscar?.
-Propongo
buscar a la mujer; la mujer con la que se casó. Ella
es un misterio.
Los
dos hombres estaban en silencio junto al fuego; Clarke
se felicitaba por haber mantenido el personaje de
abogado del lugar común, y Villiers se envolvía en
sus oscuras fantasías.
-Creo
que fumaré un cigarrillo -dijo finalmente, y pasó su
mano por el bolsillo palpando la cajetilla de
cigarros.
-¡Ah!
-dijo, sobresaltándose ligeramente-. Había olvidado
que tenía algo que mostrarte. ¿Recuerdas que te dije
que había encontrado un curioso bosquejo entre el
montón de períodicos viejos en la casa de Paul
Street?. Aquí está.
Villiers
sacó un pequeño paquete de su bolsillo. Estaba
cubierto con un papel marrón, y asegurado con un
cordel, y los nudos ofrecían problemas. A pesar de sí
mismo, Clarke sintió curiosidad; se inclinó en su
silla mientras Villiers deshacía con esfuerzo el
cordel, y desenvolvía la cubierta exterior. Dentro
había una segunda envoltura de papel que Villiers sacó,
y sin una palabra, le alcanzó el pequeño pedazo de
papel a Clarke.
Hubo
un silencio mortal en la habitación durante cinco
minutos. Los dos hombres estaban tan quietos que podían
oír el sonido del anticuado reloj que se encotraba
afuera en el hall, y en la mente de uno de ellos, la
lenta monotonía del sonido despertó una memoria
lejana. Miraba intensamente el boceto a tinta y lápiz
de la cabeza de la mujer; era evidente que había sido
dibujado con gran ciudado y por un verdadero artista,
ya que el alma de la mujer asomaba por sus ojos, y los
labios se abrían en una extraña sonrisa. Clarke
observaba inmóvil el rostro; le trajo a la memoria
una tarde de verano, hace mucho tiempo; nuevamente
presenció el largo y hermoso valle, el río
serpenteando entre las colinas, las praderas y los
maizales, el pálido sol rojizo, y la blanca y fría
bruma elevándose del agua. Escuchó una voz hablándole
a traves de las oleadas de años, diciendo:
"Clarke, ¡Mary verá al Dios Pan!" , y
luego se encontraba en la siniestra habitación junto
al doctor, escuchando el pesado tic tac del reloj,
esperando y observando, observando la figura que se
encontraba tendida en la silla verde bajo la lámpara.
Mary se levantó, él miró en sus ojos y su corazón
se enfrío en su interior.
-¿Quién
es esta mujer? -dijo finalmente. Su voz era seca y
rasposa.
-Es
la mujer con la que Herbert se casó.
Clarke
miró nuevamente el boceto; no era Mary después de
todo. Indudablemente era el rostro de Mary, pero había
algo más, algo que no había visto en los rasgos de
Mary cuando entró al laboratorio vestida de blanco
con el doctor, tampoco en su horrible despertar, ni
cuando yacía gesticulando en la cama. Fuera lo que
fuera, la mirada que venía de aquellos ojos, la
sonrisa en los labois llenos, o la expresión del
rostro entero, hizo estremecer a Clarke en lo más recóndito
de su alma, y reflexió de manera inconciente sobre
las palabras del doctor Phillips: "el
presentimiento de maladad más vívido que he
visto". Mecánicamente volteó el papel en su
mano y miró la parte de atrás.
-¡Dios
mío, Clarke! ¿Que sucede? Estás pálido como la
muerte.
Villiers
saltó violentamente de su silla, mientras Clarke se
reclinaba con un quejido, dejando caer el papel de sus
manos.
-No
me siento muy bien, Villiers, soy objeto de estos
ataques. Sírveme un poco de vino; gracias, esto
servirá. Me sentié mejor en unos minutos.
Villiers
recogió el caído boceto y lo volteó como Clarke había
hecho.
-¿Viste
eso? -dijo-. Así fue como la identifiqué como el
retrato de la esposa de Herbert, o debo decir su
viuda. ¿Cómo te sientes ahora?
-Mejor,
gracias, fue sólo un mareo pasajero. No creo que te
entienda claramente. ¿Qué dijiste que te permitió
identificar la imagen?
-Esta
palabra -Helen- estaba escrita atrás. ¿No te dije
que su nombre era Helen? Sí, Helen Vaughan.
Clarke
lanzó un gemido; no había ninguna sombra de duda.
-Ahora
- dijo Villiers-, ¿no estas de acuerdo que en la
historia que te he contado esta noche, y el papel que
esta mujer juega en ella, hay algunos puntos muy extraños?
-
Sí, Villiers -musitó Clarke-, realmente es una
historia extraña; una extraña historia, realmente.
Debes darme tiempo para reflexionar sobre ella, y quizá
pueda ayudarte y quizá no. ¿Te retiras ahora? Bueno,
buenas noches Villiers, buenas noches. Ven a visitarme
en el transcurso de una semana.
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